El rescate de los noruegos
miércoles 08 de agosto de 2012, 20:19h
Mientras en Alemania parecen seguir empeñados en boicotear cualquier tipo de ayuda que no se llame rescate y que, por lo tanto, no llegue acompañada de drásticas medidas y condiciones impuestas únicamente por los rescatadores, en Noruega ya hay algunas familias que se han lanzado al rescate individual de quienes peor lo están pasando en nuestro país. Especialmente, de los más vulnerables: los niños. Igual que hace años empezamos a hacer aquí con niños de países subdesarrollados, a los que se apadrinaba para ayudar a su subsistencia y su educación, en Noruega cada vez más personas han decidido apadrinar niños españoles, esos cuyos progenitores se encuentran en paro, cargados de deudas, bajo la amenaza de perder el techo que les cobija y, en definitiva, con graves dificultades para ofrecer a sus hijos un presente digno o, al menos, sin notables penurias o carencias.
Algunos ya hablan de “moda”, en un tono que suena peligrosamente despectivo, pero, en este caso, bendita moda la de aquellos que deciden cargar a sus propios gastos mensuales lo que necesitan para subsistir en una casa situada a miles de kilómetros de la suya. ¿O no? Todo empezó hace aproximadamente un año, cuando, a raíz de las manifestaciones y las acampadas del 15 M, muchos medios de comunicación internacionales enfocaron su atención en lo que estaba ocurriendo en España. Desde el epicentro de la Puerta del Sol, las noticias se fueron extendiendo por todo el mundo. Un periodista noruego, Hege Moe Eriksen, realizó un reportaje que incidía en lo más terrible de la situación de algunas familias, poniendo rostro y nombre a una de ellas, la de Azucena, mientras se producía el desahucio por falta de pago del piso en el que había vivido durante dos décadas. El reportaje emitido por una cadena pública de televisión de aquel país removió el instinto solidario de algunos noruegos y, en concreto, hubo una primera familia que no se limitó a sentirse conmovida: llamó a la cadena de televisión que acababa de emitir el duro reportaje con la intención de contactar con Azucena, para ayudar a su familia económicamente.
Desde entonces, no han dejado de mandar mensualmente 400 euros a esta familia madrileña y, además, su ejemplo fue la chispa que encendió en su país una solidaridad bien entendida y, aún mejor, ejecutada. Así, ya hay más niños, aparte de Desiree, la hija pequeña de Azucena, que agradecen la inesperada generosidad de unos extraños. Una generosidad que, por desgracia, aquí no han encontrado, seguramente, es verdad, porque quienes mejor podrían y querrían ayudarles, es decir, los parientes y amigos, no disponen de medios para colaborar en su sustento. A lo mejor, ya no tienen ni para ellos mismos. Porque los estudios dicen que las cosas no están aún peor para algunas personas gracias al tejido familiar que funciona en España, pero ¿qué ocurre cuando quienes ayudan pasan, de repente, a la situación de tener que ser ayudados?
Después de muchos años en los que los españoles hemos apadrinado, y seguimos apadrinando, a niños de remotos lugares del mundo que, probablemente, jamás lleguemos a visitar, ahora nos dividimos entre quienes piensan que la acción de estos noruegos es digna de respeto y tendría que ser agradecida públicamente, y aquellos que, muy al contrario, pretenden ver en este individual pero tangible rescate una moda pasajera, propia de esnobs. En realidad, poco importa lo que pensemos los demás, lo que cuenta es lo que piensan y sienten quienes reciben esas ayudas a fondo perdido, sin intereses ni contraprestaciones. Seguro que ellos lo tienen tremendamente claro.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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