La cultura, un poco más huérfana: adiós a Gore Vidal
jueves 09 de agosto de 2012, 20:55h
Gore Vidal, candidato eterno al Nobel de Literatura y autodenominado “novelista tramposo”, ha abandonado el gran teatro del mundo en su domicilio de Hollywood Hills, tras 86 “giras” anuales por la vida, debido a las complicaciones ocasionadas por una neumonía. No acabaron con él sus enemigos, que eran muchos, sino una simple y letal inflamación de pulmones.
El autor de Myra Breckinridge, Hollywwod, Washington D.C. o Palimpsesto, entre otras muchas obras o guiones cinematográficos, como el de Ben-Hur o De repente, el último verano, y algunas piezas teatrales –Visit to a Small Planet, que interpretó Jerry Lewis en el cine; Romulus o Weekend–, nos definió a los hombres como “mamíferos bípedos colmados de agua de mar roja (como recordatorio de nuestro origen oceánico)”. Vidal poseía el agudo y observador estilo de los mejores narradores contemporáneos estadounidenses. Su vida fue siempre un asomarse desde la cumbre, acompañado de los Kennedy, Eleanor Roosevelt, los duques de Windsor, Tennessee Williams, Truman Capote, Paul Newman y Joanne Woodward, Orson Welles, Christopher Isherwood, Jack Kerouac, Jane y Paul Bowles, George Santayana, Norman Mailer, Leonard Bernstein o Anaïs Nin. De sus múltiples charlas con ellos aprendió que la enseñanza había arruinado a más novelistas que la bebida.
Símbolo viviente de la libertad, quiso ser como Thomas Mann, pues a medida que se iba adentrando más y más en la vejez, quería convertirlo todo en literatura; fascinado por las grandes arquitecturas y por el antiguo Imperio Romano, Vidal valoraba el pasado –el suyo propio y el del mundo– y mostraba un enorme interés por la civilización occidental semejante al de Thornton Wilder. Este adicto a la ópera y a la música barroca –que escuchaba a gran volumen–, se había instalado en Los Ángeles en 2003 después de residir un largo periodo de su vida en Ravello, Italia. Este destacado miembro de la élite intelectual, heredero a la vez de la Ilustración y de los malditos, también se sintió tentado por la política: fue candidato del Partido Demócrata a la Cámara de Representantes por Nueva York en 1960 y trabajó para John F. Kennedy en el Comité Asesor de las Artes para la Presidencia, entre 1961 y 1963, porque, en sus propias palabras, “contra lo que dice la leyenda, uno carece de rentas patrimoniales”. Finalmente, abandonó la carrera política tras romper con los Kennedy porque “el escritor está siempre tratando de decir exactamente lo que quiere decir y el político está siempre tratando de evitar lo que quiere decir”.
Qué duda cabe: Vidal fue uno de los intelectuales más inteligentes, analíticos y críticos con la sociedad actual y su sistema cultural, político y mediático, junto con Susan Sontang, Umberto Eco, Tom Wolfe, Noam Chomsky, Harold Bloom, Jacques Derrida o Roland Barthes. Uno de sus grandes amigos fue Orson Welles. Preocupado por todo lo humano y por la cultura, consideraba el texto artístico como “un acto que intenta retener el pasado y el presente, un acto contra la muerte”, definición que coincide de lleno con la de otro de los últimos renacentistas actuales, Maximilian Schell, recogida en su reciente autobiografía: Vuelo al otro lado de valles oscuros. En este sentido, más allá del salvavidas de la cultura, para Vidal el intelectual “se mira al espejo en busca de la muerte para ver qué incursiones ha hecho la Parca desde la última mirada”.
El académico Harold Bloom se desmarcó de la crítica silente o atacante –“a la gente les gusta recrearnos de acuerdo con los clichés al uso”, decía el gran escritor– y escribió admirativo sobre Gore Vidal que su independencia y sentido crítico fueron precisamente un impedimento para que la academia lo aceptara. Efectivamente, el autor de Burr se refirió a la crítica y a la academia como “los comentaristas de cháchara libresca” y “los escritorzuelos de la Academia”. Pero para Bloom, según recoge en Writer Against the Grain, fue nada menos que “el creador de una mitología norteamericana”: “Vidal es un novelista profesionalmente norteamericano e histórico, ahora totalmente maduro, que ha encontrado su sujeto más verdadero: nuestra historia política nacional, conocida con precisión en aquellos años en que nuestras historias políticas y militares eran una, una sola cosa y una cosa sólo: el firme deseo de Abraham Lincoln de mantener los estados unidos. Precisamente Lincoln, junto con la variada trilogía de Juliano el Apóstata, Myra Breckinridge y Burr, demuestran que el logro de su narrativa es subestimado infinitamente por la crítica académica anglosajona, una injusticia a la que ha dado satisfacción con largueza a través de sus ataques contra la academia en su faceta de ensayista y en las intensidades sórdidas de Duluth”.
Sus opiniones críticas en el ámbito de los medios de comunicación fueron emblemáticas. Vidal intervino en 1961 en el foro de la Federal Communications Commission, en Nueva York, aportando su visión sobre lo que él consideraba por entonces “el problema fundamental de la televisión: los programadores de las cadenas y su falta de cultura”. Su propuesta fue retransmitida en directo por la cadena WNYC, una agrupación de emisoras públicas de carácter nacional conocidas por su programación informativa y cultural y que sigue aglutinando la mayor audiencia radiofónica de los Estados Unidos. Medio siglo después del comentario de Vidal, seguimos arrastrando el mismo problema. En 1981, Vidal, que había trabajado en el séptimo arte, ofreció su apoyo y su voz, con todo lo que eso suponía, a los guionistas y escritores que se manifestaron en huelga frente a las oficinas de los propietarios y directivos de los estudios de la Twentieth Century Fox, que los estaban maltratando económica y profesionalmente. Para Vidal, el séptimo arte estaba por encima de las mezquindades de los grandes productores y así lo hizo saber.
Interesado por todo lo que oliera a vanguardia, Gore Vidal conversó con William Burroughs y Allen Ginsberg para preparar El libro de Jack (1978), coordinado por Barry Gifford y Lawrence Lee, el resultado de aquellos míticos coloquios sobre Jack Kerouac y la literatura beat, a los que se unió Gary Snyder. En ellos se fijaron los factores de la bohemia y el liberalismo como esperanza para una ruptura en los trillados caminos literarios de la novela estadounidense, frente una sociedad y un lector incapaces de acercarse a lo novedoso.
Gore Vidal fue un humanista polémico y sincero, al que ponía fuera de sí la injusticia, que jamás necesitó dar explicaciones a nadie… salvo a sí mismo y que estaba convencido de que lo que opinaran de él los demás carecía por completo de importancia, al contrario de lo que él opinaba con franqueza sobre el mundo y la sociedad. Criado en la casa de Atreo –como a él le gustaba decir en referencia al mito griego–, Vidal se vio forzado a convertirse en alguien tan formidable como aquellos con quienes estaba obligado a contender. No fue un cortesano, sino un crítico que tuvo al alcance de la mano una fulgurante carrera como candidato al Congreso y que rechazó, “algo que la mayoría de los que consideran que el poder es apasionante encuentran difícil de entender”, se consideraba un ser desesperadamente literario y sólo escribía libros que le gustaría leer. “Las palabras significan lo que significan”, afirma en sus conversaciones con Robert J. Stanton, contra los cínicos y los mentirosos. Y a eso, en mi tierra, se le llama ser auténtico y cada vez van quedando menos de esos prohombres que gustan o disgustan intensamente. A algunos nos suele suceder lo primero: que tratamos, admirativamente, de aprender de ellos. Descanse en paz Gore Vidal en el cementerio de Rock Creek, en Washington, junto a los restos de su último y gran amor: “Habíamos sido demasiado felices y los dioses no pueden soportar la dicha de los mortales”.