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El futuro de Rajoy

Antonio Domínguez Rey
sábado 11 de agosto de 2012, 21:34h
Le ha tocado bailar con la más fea, la crisis. Ya afecta al fondo histórico de España, pues está descomponiendo su imagen por capítulos. Diríase que la economía mundial, especialmente la europea, se ha confabulado sobre ella minando el presente de su historia. Las raíces, por tanto, del futuro. El aplauso casi mundial de la Transición queda en pura filfa. Vendemos más humo que carbón, hierro y leña.

Saben que hay un vacío de Estado inmenso. Y atacan donde duele y a otros aprovecha. El trasfondo económico, el oro acumulado con mucho esfuerzo, sacrificio y esperanza, con un pie dentro, la emigración, y otro fuera de Europa. Dejan al país confiscado por décadas. Se vendieron sus bienes por un plato de lentejas políticas y ahora solo queda ofrecer la sombra del futuro, hipotecada hasta los nietos de quienes ahora mismo copulen.

Gran parte del país creyó que, con el cambio, y ante el espectáculo de una política basada en vaciar las arcas con rendimiento monetario de partido, próximos y sindicatos, se produciría una reacción en cadena y se regeneraría el tejido bioeconómico de España. Fallaron las previsiones, lo cual invalida el argumento social del valor financiero de la política por sí mismo. Una política, claro, menuda, afarolada. Cada cual, de los presidentes, nacionales y autonómicos, con luz tibia y espectro menguante. Expertos en manejo de caudales prestados, hipotecas.

El vacío generado tras la dictadura franquista engulle cualquier asignación y presupuesto de Estado. La ruptura que entonces se soslayó, tal vez el mejor acierto de la Transición, amenaza ahora los entresijos. Fue tal el dispendio de valores civiles, el brebaje a bordo de un buque endeudado, que, con el mareo de la chanza, ya no nos regimos. Bandeamos, al pairo. Dependemos de vientos fortuitos y del arrastre. Pretendemos, no obstante, repetir la experiencia, acostumbrados, como estábamos, a un viaje de crucero por saldo.

El presidente Rajoy habla casi siempre en futuro o con el futuro en lontananza. El horizonte se dispersa, sin embargo. La mayoría de la población le otorgó su confianza esperando otra realidad inmediata. Debe ejercer ese testimonio. Cueste lo que cueste. Aunque le vaya en ello el cargo antes de cumplir el tiempo legal de mandato. Otro peligro de nuestra democracia es la carencia de alternativa en los dos principales partidos de gobierno. Ello requiere preparar a alguien, mientras, para sustituirle, si las circunstancias lo exigen. Y para ello precisa de un albacea que genere una imagen contraria a la que el peso del ejercicio presidencial le produce. Alguien que reanime la conciencia ciudadana y sepa ver, antes que el relumbre del dinero, la raíz ética que lo funda, pues su valor metálico depende de la confianza mutua y del progreso espiritual de los individuos, antes también que de la gente. Si es posible, alguien que llegue a la raíz de ese fondo. Y una persona de tales condiciones no es solo asunto de imagen mediática.

La crisis devora, como las revoluciones, a sus representantes. Al carecer de una población dinámica, emprendedora, segura de sus criterios, la sucesión de cabezas en la representación del poder funciona con equilibrio inestable que alarga el período de espera. La confianza del presidente en el Capital español y su idea del Estado como empresa no le favorece si recordamos cómo se han regido, no hace mucho tiempo, unos y otros, banqueros, industriales, intercesores, busca recompensas, y en sus propias filas de partido. Prefirieron mano de obra espuria antes que propia, cualificada, y con el único objetivo de incrementar, a toda prisa, una tasa alta de rendimiento y provecho de las ayudas recibidas. Ningún país de Europa funciona proporcionalmente con los márgenes de ganancia y fraude que aquí campean, desde el sueldo más bajo a los blindajes de escándalo en empresas, bancos, agencias estatales, intermediarios. Entre otras razones, porque los Estados no lo permiten. Y aunque en todas partes cuecen habas, indigestan, eso sí, cuando el cocinero hace trampa.

Otro de los problemas acuciantes de España es convencer al Capital de que los usos y costumbres de mercado y comercio son muy diferentes allende los Pirineos. Dependen de la racionalización teórica, del proyecto estudiado, del diseño más conveniente, de una ejecución planificada e inspeccionada, del rendimiento social y su distribución cualificada. No basta subir la contribución ni reducir sueldos si los precios no se proporcionan y el equilibrio se rentabiliza socialmente. Y ni esto serviría si luego, al ir al médico, consultar a un abogado, abrir una cuenta corriente, llamar al fontanero, tenemos que pagar visita por la trastienda en hora extra o, aparte, cada tema de consulta, o interpretar, con técnicos economistas, pagando de nuevo, la letra pequeña y mediana del contrato. La generación de confianza social no se produce de hoy a mañana. Depende de una remoción profunda de las personas.

Nos movemos políticamente entre dos esquemas inservibles. Uno que entiende el Estado como caja común de distribución según padrinazgo político y hasta que los fondos suspiren en cada legislatura. Otro que lo reduce para ahorrar e invertir luego con presión de mayor alcance. Unos y otros olvidan que, desde hace más de treinta años, somos deudos y subsidiarios. Nos queda el señorío de la sombra de cuanto fuimos: “Miré los muros de la patria mía,/ si un tiempo fuertes, ya desmoronados…”, decía Quevedo en situación disímil increíblemente semejante.

Recuerde el presidente Rajoy, y avive la oposición su memoria, que el dinero actualmente ansiado de Europa viene a ser, cifra arriba, céntimo abajo, el que Felipe González recibía, a raudales, primero de Willy Brand, y luego de otros mandatarios, no solo alemanes. ¿Repetimos la historia? ¿Qué vendemos a cambio? Más futuro, sin duda. ¿Y qué horizonte nos queda?

Europa quiere asegurarse de que España no será un problema y escollo de inquietud permanente. La diferencia, por ello, y en este caso, es que la hipoteca concedida estará más controlada. El desarrollo futuro vendrá, si viene, con ritmo de mercado europeo, no de chanza y bullicio de pescador a voto revuelto. La lluvia de dinero esperado supondrá, debe suponerlo, un giro real de la economía, la producción, sus exigencias, y, sobre todo, la cualificación de agentes e instituciones sociales, por supuesto políticas. Si no es así, el futuro se nubla.

Los partidos lo saben y los de la oposición, sobre todo los escorados, bullen y estropician para vedar lo que va a requerir una reconversión seria y no fraudulenta.

El presidente Rajoy debe ejercer la mayoría otorgada con sentido de Estado, no de partido, por más que este pudiera revolverse y encararse en su contra. No cabe, en estos momentos, pensar en votos futuros. Si hay que irse, hacerlo con el deber cumplido y la cabeza alta. Los votos vendrán de quienes sepan ver entre la niebla la claridad que ilumina el trabajo oscuro, pero bien hecho.

Insistimos. España necesita un revuelco de instituciones y representantes, especialmente autonómicos. Las Autonomías han desilusionado al país entero. Su creación múltiple fue un disimulo para obviar el problema del noreste español, especialmente lingüístico. Démosle al Estado lo que lo constituye y a cada lengua lo que le pertenece. Tienen raíz común, no diferenciada, incluido el vasco, al menos en gran parte. Quienes observan entre visillos la escena y tienen algo que ofrecer, aportar, tienen obligación ética de salir al foro público e imponer su personalidad allí donde ejerzan, cumplan ministerio, funciones públicas o privadas. Nos va en ello el futuro inmediato. Necesitamos una regeneración cultural, crítica, ilustrada y científica, ilusionada con nuestra historia e integración europea. Es imposible pertenecer a Europa sin una cultura representativa en todos los órdenes sociales. Sin categoría de estamentos, ni nos escuchan, a no ser para indicarnos el camino, si queremos seguir la ruta emprendida.

El presidente debe encauzar esta regeneración otorgando competencias a quienes creen en ella y pueden cambiar la imagen nacional e internacional de España. El hecho de pensar en este revuelco con el nombre de “marca”, habla por sí solo. Lo primero que intuirán quienes tal invento oigan, será que los marcados somos nosotros. Con el hierro de las reses. Y en descampado.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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