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La chica de Olmedo

sábado 11 de agosto de 2012, 21:50h
Tras largo tiempo embotado en esta ciudad contaminada, ruidosa, acelerada y agotadora que es Madrid, partimos en autocar, mi mujer mi hija y yo, con un nutrido grupo hacia Olmedo, en la provincia de Valladolid, una de las ciudades mudéjares por excelencia. Caminando, con el paraguas y esa sensación de lo desconocido y lo nuevo llegamos hasta su Plaza Mayor. Pero por la tarde y nada más comer nos acercó el autocar hasta una Villa Romana cuyas excavaciones arqueológicas la habían puesto al descubierto casi intacta. Yo aunque estaba muy, pero que muy cansado, sin embargo fue allí donde estalló la bomba. Entramos todos en una sala de proyección y al salir de ver el filme explicativo me senté derrengado en una la sala de espera en el hall mientras los otros del grupo seguían pateando y corriendo todo el itinerario. Ya por la mañana visitando la ciudad pude notar como se iban calentando mis fibras internas, las más espirituales y creativas. No obstante breves momentos antes de atravesar el hall una chica rubia, de ojos azules y cuerpo esbelto nos hizo dos o tres fotos de grupo con una maquinita digital.

Al caer – repito– derrengado en una de las butacas de una sala de cristal y líneas blancas, purísimas, esa misma muchacha se me acercó para ofrecerme ir con ella a un paraje exterior muy silencioso, al ver que no me movía ni un milímetro me ofreció dos periódicos que le pedí “El norte de Castilla” y el “ABC” para que me entretuviera, pero aquel “ángel” cuando me disponía a leer me interrumpía y me hacía siempre una pregunta y después otra…. Me interpelaba. Yo la miraba estupefacto pues era demasiado hermosa, demasiado espiritual e inquietante como para preocuparse por un viejo como yo. Tenía una sonrisa como la Gioconda.

Me habló de sus padres fallecidos con dos meses de diferencia cuando ella estaba embarazada de su hijita, también de una extraña frase que un día le dijo la niña relacionada con la muerte, yo afirmé que se trataba de una profecía; pero “la chica de Olmedo” proseguía lenta y tenazmente con sus preguntas, cada vez más profundas, de forma que esas preguntas y respuestas veladas iban desnudando nuestras almas, algo más íntimo aún que nuestros propios cuerpos. Le hablé entonces de mi escritura, de mi último libro y de mis memorias publicadas, de Miguel Delibes, de qué sería de ella pasados treinta años, de mi soledad interior, de lo mal que lo pasé en mi último y reciente cumpleaños, de como recordaba la felicidad perdida de aquella época que, como una banda dorada, abrazaba a los padres y a los hijos cuando éramos jóvenes todos a la vez.

“¿Quieres ver los restos arqueológicos, el mosaico famoso?”. Al comprobar mi cansancio y desorientación dijo: “Ven yo te acompañaré”… Y fue entonces, no antes, cuando nos dijimos nuestros nombres. Cuando ella dijo el suyo, añadió “lo vas a olvidar", yo con mi malísima memoria de siempre pero con una seguridad aplastante la respondí “nunca lo olvidaré”.

Salimos a una especie de terraza desde donde se veía todo el horizonte verde y plano de Castilla, ella, mi guía extendió el brazo y dijo. “¿Ves esa hondonada?, ahí los romanos tenían una laguna”.

En ese momento empezó a toser y yo entré en un gigantesco hangar cubierto parecido a un plató de la “Twenty Century Fox” lleno de excavaciones y mosaicos romanos de belleza inefable. Tenía que reconocer que ella era muy inteligente o para ser más exactos de rara precisión. Sobre una especie de mesita en el aire garrapateé mis teléfonos y se los di al salir del hangar.

Dos o tres señoras entraron en ese instante en la sala sentándose a mi lado, “la chica de Olmedo” se quedó cortada, no obstante sobreponiéndome a mí mismo como una ola gigante continué con la conversación como si no estuvieran; las señoras estaban asustadas, yo, por decir algo, añadí que no me gustaban las conversaciones convencionales; ellas al enterarse que era escritor comenzaron preguntarme mi nombre, mis teléfonos, mis señas, títulos de mis obras, sentí por unos momentos la embriaguez de la fama, esa materia turbia y engañosa, halagadora y peligrosísima. Miré hacia la chica, estaba pálida como la cera sentada frente a su ordenador.

Estaba lívida. Lo demás ocurrió a una velocidad vertiginosa, en cosa de segundos. Nos llamaron al autocar, me crucé con otra excursionista con la que había hablado de los ángeles, quería decirme algo pero a pesar de mi lentitud ( comenzaba el Párkinson ) sobrevolé a toda aquella masa de gente y besé en las mejillas a mi guía, la chica de Olmedo. Según salía, precipitadamente, alguien puso entre mis manos un pequeño regalo, no la ví pero sé que era de ella.

Ya en el autobús, volviendo a través del páramo verde e iluminado por un sol oblicuo sentí un dolor terrible en mi corazón. La vida, esta vida, me resultaba insoportable, pedí a Dios que me sacara de una vez por todas de este mundo. El dolor siempre es terrible pero la felicidad es más dolorosa aún cuando se pierde.

Gruesos cúmulos enormes y blancos flotaban sobre el cielo, Olmedo y sus excavaciones iban quedando atrás.
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