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Amarillismo científico

José María Herrera
sábado 19 de abril de 2008, 21:16h
Nunca he creído que Ciencia y realidad hicieran tan buena pareja como dicen. Es verdad que han tenido sus buenos momentos, idilios tropicales bajo el sol del progreso, pero era previsible también que, a fuerza de avanzar que es una barbaridad, la primera acabara yéndose con otro. Un escándalo. La primicia se le ha escapado al señor Anson. Menos mal que estaba yo aquí. Como me paso el día entregado a ideas extrañas, no me he dejado enredar por los noticiarios. Ya saben a qué me refiero; que el amor es ciego y demostraciones por el estilo, cortinas de humo para tapar sus líos con lo trascendental y lo numinoso, lo inefable y lo imposible de concebir. Pero a mí no me engaña: la Ciencia se la pega a la realidad.

De acuerdo. No está bien tomarse a chufla investigaciones que rebasan nuestra experiencia de las cosas y, acto seguido, burlarse de otras porque continúan adheridas a prejuicios atávicos. La Ciencia, además, es sagrada. Que el señor Punset me perdone. Mea culpa. Los italianos tienen una palabra para esto -para referirse a quien ensucia su propio templo-, pero no la diré. Si les pica la curiosidad hagan por averiguarla. Les será útil en el futuro porque cada vez serán más los réprobos que, al igual que yo, blasfemen a su costa.

No crean, sin embargo, que soy de esos que confunden la Ciencia con lo que se dice que ella dice. Hablo de Ciencia, aunque aprovecharé este Pisuerga para ocuparme también de su divulgación. Sin sutilezas. Cualquiera puede hacer en casa la prueba. Les propongo una. Anoten durante un año las informaciones relativas a las enfermedades de los españoles, la medida en que les afectan y el número de los que fallecen por su causa, y verán que la cuenta arroja un resultado estupefaciente. El español, según se infiere de los estudios científicos, padece un número fabuloso de enfermedades, aunque al mismo tiempo goza de una salud formidable, pues muere varias veces en la vida, dos o tres por lo menos.

Siendo mal pensados, la distinción entre Ciencia y divulgación tiene toda la pinta de ser una astucia retórica para que no escudriñemos las hemerotecas y comprobemos en qué quedan los descubrimientos científicos al cabo del tiempo. Pero no hay más que proponérselo. En España es fácil porque disponemos de un filón inagotable, Atapuerca, un yacimiento capaz de producir exclusivas al mismo ritmo de cupletistas y toreros. La última ha sido una mandíbula humana de un millón doscientos mil años. Al parecer, el hallazgo obligará a hacer rectificaciones de seis números. La cronología evolucionista baraja cifras al lado de los cuales nuestra vida es calderilla. Cualquier paletada origina corrimientos milenarios. Por si fuera poco, debemos buscar ahora en Asia lo que antes se dijo que venía de África. Los caminos de la evolución son inescrutables, mas no tanto como los de los seres que evolucionan. Resulta llamativo, no obstante, el escaso eco que tan fenomenales descubrimientos tienen en la teoría. Como lo esencial está decidido de antemano, basta con recomponer el puzzle. Cualquier día Ortega se llena de razón y no procedemos del mono, sino al revés.

Claro que tampoco hay que ser pacatos. No se puede culpar a la Ciencia de que evolucione más deprisa que la realidad. Para dominar algo es necesario dejarlo atrás. El problema lo tienen más bien quienes quedaron rezagados suponiendo que para ella los hechos son la única realidad disponible. Independientemente de que siempre fue más amable con los hechos cuando testificaban a su favor que cuando lo hacían en contra, de un tiempo a esta parte apenas queda teoría que no sea capaz de contender con ellos o de seguir su curso sin hacer caso a sus objeciones. La experiencia común, puntal de la vieja realidad, se ha vuelto un prejuicio, como los sexos y las razas, que sólo existen ya en las mentes retrógradas. Si pudiéramos inspeccionar la alcoba de la Ciencia descubriríamos que sus sábanas huelen a metafísica. ¿O es que imaginaban que ese aire de constructores de paraísos que se les ha puesto a sus vicarios, desde el ministro Bernat Soria al señor Punset, era fortuito? Si sonríen tanto es porque lo saben, saben que el lugar de lo real lo ocupa ahora un amante más complaciente. Sólo la prensa, con su trompetera candidez, no se ha enterado aún del adulterio. Es lo que suele ocurrir cuando uno está absorbido en sus propias infidelidades.
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