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Europa, más allá de la crisis

Javier Zamora Bonilla
martes 14 de agosto de 2012, 17:48h
Estamos tan centrados en los problemas inmediatos que somos incapaces de pensar el futuro desde la perspectiva histórica que todo presente es. No es una cuestión menor, sin duda, la de consolidar el euro, o por decirlo con el lenguaje de los políticos de turno: que el euro es irreversible. Mas la Unión Europea es mucho más que una unión monetaria, es un proyecto político nacido, en último término, de la brutal experiencia de dos guerras mundiales que derramaron por el Viejo Continente –y por otros– la sangre de varios millones de personas en poco más de un cuarto de siglo, mientras la civilización occidental alcanzaba cotas realmente maravillosas en las más diversas artes y ciencias, las cuales trajeron un espectacular desarrollo de técnicas que permitieron a un número creciente de personas vivir con comodidades y bienestar nunca antes logrados.

Si esto no se ve con suficiente claridad, la unión monetaria nunca estará plenamente consolidada. Fracasará, si sólo se gestiona con puristas criterios económicos y no se ve que la Unión Europea es, entre otras cosas importantes, una respuesta al tremendo desequilibrio entre el progreso material que el desarrollo de la ciencia y la tecnología había producido en Europa desde el siglo XV y la barbarie moral en que las religiones, los nacionalismos y las ideologías extremistas mantenían al hombre europeo o, mejor dicho, a muchos hombres europeos, algunos de los cuales llegaron al poder, lamentablemente.

Tras la que a la postre sería conocida como Primera Guerra Mundial, algunos políticos e intelectuales pensaron que ya no podría haber nunca más otra “gran guerra”. Para evitarla, idearon un proyecto de unión europea que se llevó a la Liga de Naciones, organismo internacional que es antecedente, no muy exitoso, de la actual ONU. Pensaban que esta unión sería la manera de disolver las rivalidades nacionalistas de las grandes potencias europeas, las cuales llevaban siglos guerreando por cuestiones territoriales, religiosas, dinásticas e imperialistas. La consolidación de la democracia liberal tras el triunfo de los aliados permitiría, según estos políticos y pensadores, expandir sus principios también al orden internacional como auspiciaban los famosos catorce puntos del presidente norteamericano Wilson.

Conocemos la historia y sabemos que aquel buen deseo se estrelló contra las ideologías totalitarias. La Segunda Guerra Mundial, que mostró todas las miserias de una humanidad que se empeña en no serlo, fue el tremebundo toque de atención, el punto de no retorno que llevó a los aliados europeos y a la derrotada Alemania a poner nuevamente sobre la mesa un proyecto de unión europea, que empezaría por estrechar los lazos económicos para propiciar las condiciones que hicieran inviable un nuevo enfrentamiento militar. La consolidación del bloque soviético en la Europa del Este hacía aún más necesaria esa unión, que serviría de cortafuegos contra el potencial enemigo comunista, al cual también se combatía en el plano militar, junto al amigo norteamericano, con políticas de disuasión y, en el plano ideológico, con el desarrollo de un Estado del bienestar que, por primera vez en la historia, aseguraba un mínimo de igualdad real, que permitía el verdadero ejercicio de la igualdad legal con sus derechos y libertades individuales, políticos y sociales, es decir, consolidaba de la democracia.

Se ha debatido mil veces en qué medida fue un error empezar la Unión por la base económica en vez de potenciar una verdadera federación política, que era la vía que con más énfasis se había discutido antes de que las armas volviesen a chillar por encima de las palabras. Es un debate políticamente estéril –aunque tenga su interés historiográfico– y en el que demasiadas veces se olvida el contexto. Alemania hubiera entendido cualquier proyecto político federal como un nuevo diktat, que es como se leyó en la República de Weimar el Tratado de Versailles. Y los políticos británicos, a pesar de que Churchill era uno de los impulsores del proyecto europeísta, tampoco estaban dispuestos a ir por esa vía. Y Francia no estaba en condiciones de imponer una federación que pivotara sobre el hexágono centroeuropeo e inclinase hacia el Atlántico el eje del Rhin, porque sabía bien a quienes debía la victoria. Así que el entrelazamiento económico de las economías nacionales era el camino que más posibilidades de éxito ofrecía. Y las cosas funcionaron relativamente bien. Y más tarde se dieron pasos sustanciales hacia una unión política. Ahora la crisis hace que el debate vuelva a girar sobre cuestiones económicas y parece que la profundización en el proyecto político cae en el olvido. Es un grave error porque sólo una verdadera Unión política garantizará el éxito de la unión económica, la cual es absolutamente imprescindible si los europeos queremos ser competitivos en el –si me permiten el pleonasmo– mundo globalizado.

Para la consolidación política de la Unión es imprescindible que se fomente por distintas vías –y muy especialmente a través de la educación secundaria y universitaria, pero también a nivel popular– el estudio de la historia y de la cultura europeas alejado de los nacionalismos imperantes en los siglos XIX y XX, una historia que, sin renunciar a explicar lo mucho que a los europeos nos ha dividido y las innumerables tragedias que esas divisiones han provocado, resalte sobre todo lo que nos une. Esta historia habrá que hacerla con mucha más inteligencia que las historias nacionalistas que se fabricaron en el XIX y no podrá olvidar el constante y fructífero diálogo que Europa ha mantenido y mantiene con el resto de civilizaciones. Cuando los niños alemanes sepan tanto de Shakespeare y de Cervantes como de Goethe, cuando los niños británicos sepan tanto de Cervantes y de Goethe como de Shakespeare, y cuando los niños españoles sepan tanto de Goethe y de Shakespeare como de Cervantes habremos empezado a dar algún paso firme. Añadan diez o doce nombres más y será bastante para componer una asignatura que se basaría sobre todo en la lectura de textos y no en la retahíla de títulos de obras y autores. Hagamos los mismo con otras artes: pintura, música... En estos textos, cuadros, sinfonías... los niños aprenderían los valores, las formas políticas, las costumbres, las ideas, los modos de enamoramiento... de cada época. No se asusten, que esto no empece que aprendan también matemáticas y física y biología y filosofía y se preparen para vivir en el mundo tecnológico y globalizado en el que estamos.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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