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Madrid en agosto, ¿una obligación?

martes 14 de agosto de 2012, 18:22h
Este año, a causa de la crisis, había temido muy seriamente quedarme sin disfrutar de uno de mis lujos más frikis y más baratos: pasar el mes de agosto en Madrid. Por fortuna, no ha sido así. Madrid vuelve, un agosto más, a parecerse a esa ciudad alumbrada con genes de pueblo manchego, a la que le robaron la infancia y le hicieron crecer, antes de tiempo y a marchas forzadas, para que albergase a una corte inesperada. Madrid en agosto es como esos trajes que a uno le quedan sorprendentemente grandes, después de padecer una violenta gastroenteritis. Los botones que a duras penas se abrochaban una semana antes, ahora dejan espacio – bendito espacio – para que, si se quiere, nos atiborremos de todo aquello a lo que el resto del año hemos renunciado.

Pero estar en Madrid durante el mes de agosto es también muy similar a ir a una fiesta de Nochevieja y no probar una gota de alcohol. Completamente sobrio, las palabras, las acciones y las imágenes que te llegan de los demás, aparecen tan claras como indescriptiblemente ajenas. Consciente de lo “marginal” que supone confesar, en la mayoría de los foros, que te quedas durante agosto en la capital, acabas por inventarte alguna escapada fantasma a la playa, al pueblo o la montaña, con tal de no ver esos rostros que quieren expresar lástima y, sobre todo, con tal de no tener que ponerte a dar mil y una explicaciones, que, además, sabes de sobra que es muy poco probable que vayan a aceptar como buenas. Decir, por ejemplo, “Madrid en agosto es una maravilla”, al interlocutor es más que posible que le suene a “Es una pena, pero no tengo más remedio que quedarme aquí”. De modo que ¿para qué gastar saliva? Ni siquiera ahora, cuando la feroz crisis impone recortar gastos, ya sea por necesidad propia o por ayudar materialmente a los demás, quedarse en casa en verano logra desprenderse de ese estigma de soledad no pretendida.

Sin embargo, igual de sobrios que la última noche del año, cuando miramos a los demás sin reconocerlos, los frikis de “me quedo agosto en Madrid”, después de superar los prejuicios ajenos y, especialmente, ese dogmatismo que en España es aún más endémico que la envidia, llegan a casa, encienden la tele y les cuesta comprender los beneficios de playas atestadas de cuerpos en cueros, haciendo las colas que en Madrid han desaparecido como por arte de magia. Colas para hacerse con un sitio en la arena, para aparcar el coche en la sombra, para hacer la compra en el súper o para sentarse en el único chiringuito donde sí ponen bien fría la cerveza. En agosto, Madrid se convierte, por fin, en ese pueblo del que siempre nos quejamos que carecemos los madrileños. Y cuando, animales de costumbre y, por supuesto, de manada, empezamos a echar un poco de menos la muchedumbre, siempre nos quedará la verbena de La Paloma. Sí, es verdad que ya van quedando menos chulapones y chulaponas, que los calamares sustituyen en buena parte a los entresijos o que resulta casi imposible escuchar eso de “Julián, que ties madre”, pero la nostalgia tendría que ser la única que debería tener prohibido salir de Madrid por vacaciones. Durante todo el año.

Un buen amigo, siempre bromea diciendo que en agosto deberíamos aprovechar para cerrar las puertas. Desde la de la Xagra hasta la de Alcalá.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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