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Asesores, conseguidores y magos

miércoles 15 de agosto de 2012, 19:33h

Es de humanos querer tener todo. La tendencia a lo absoluto, a lo supremo, a la plenitud, al todo, ha sido compañera de la humanidad desde sus inicios. El niño tiende a acumular todos los juguetes que pueda, el joven todos los cromos o artículos de marca, el adulto, todas las estampitas con una imagen sagrada o monetaria. La posesión calma, da sensación de protección. Los niños salvajes, esos niños abandonados y separados de la civilización desde su nacimiento muestran una tendencia a acumular recipientes con agua. Más de la que necesitan. Más de la que pueden consumir.

Durante estos años, en España ha habido una gran tendencia a la plenitud. Cada región, cada parte, ha querido tener todo: una cultura diferencial, un gobierno, un parlamento, diputaciones, banco propio, leyes específicas, embajadas… Cada gobernante de esas autonomías ha querido a su vez tener todo: consejeros, coches oficiales, guardaespaldas, asesores, línea directa con los banqueros, control de la tierra y su construcción… Y si era posible, una competición de fórmula1 o un aeropuerto como el de Castellón o el de Santiago de Compostela, por el que la Santa Compaña se pasea los días de niebla, para no mojarse en los pocos bosques que las autovías, las altas velocidades y la financiación de los partidos van dejando.
Conseguir todo es muy difícil; mantenerlo más. El problema de las grandes colecciones, de los proyectos globales no es su concepción ni su inicio, sino su mantenimiento. Son como grandes casonas. Se compran baratas, se restauran con mucho gusto, pero luego la cartera se queda vacía y el crédito acaba por financiar algo que solo va a dar gastos. Placeres mentales, sí, pero muchos gastos también.

Conseguir todo es difícil, y los métodos para hacerlo han sido tradicionalmente escasos. Uno de los más bonitos ha sido en mi opinión la lámpara mágica y el mago. La cosa es bastante simple: se encuentra una lámpara mágica, se frota, y como en ella vive un mago, sale y te dice que le pidas tres deseos. Bastaría con uno. Muchas empresas y organismos españoles de estos años siguieron este método tradicional, solo que en vez de llamarlo “mago”, de forma protocolaria lo llamaron “conseguidor”. El conseguidor es una de las formas especializadas del asesor: un ser humano, muchas veces con bigotes u otros atributos masculinos, puños con gemelos claramente fuera de las mangas, relojazo y facultad para el chiste sonoro de tono popular. Al conseguidor se le frota un poco y enseguida se convierte en mago y le pregunta al posible cliente o socio: ¿Qué quieres? ¿Qué te gusta? ¿Qué te interesa? ¿Qué te puedo conseguir? Y ahí pasa a entrar en juego la tendencia humana a lo absoluto, al todo, a lo completo.

Este gusto por lo completo tiene un contravalor estético. Yoshida Kenko menciona en los “Ensayos de un ocioso”: “Me impresionó lo que le oí decir al abad Koyo: ‘Es propio de un hombre poco culto querer ordenar juegos completos de cosas; es mejor lo incompleto’. En todas las cosas, la uniformidad es un defecto. Es interesante dejar algo incompleto y por terminar; así se tendrá la sensación de que mediante esa imperfección se prolonga la vida de los seres.” Kenko era un ermitaño que se había retirado de la vida de corte de Kioto y sabía de lo que hablaba. Había cambiado lo completo por lo incompleto, y no buscaba ya la protección mental que da lo absoluto. Había aprendido a moverse en términos más reales. Quizá entrevió que los conseguidores solo aplacan el comezón del todo parcialmente, y que con frecuencia llevan a un modo de vida en el que solo hay deudas: con uno mismo, con los bancos que uno ha creado, con los enemigos…

Lo inacabado es uno de los placeres de la estética japonesa. Según este principio, algo no terminado es mejor que algo terminado. Como son gente rara, también prefieren cosas como el “wabi”, la pobreza calladamente dichosa, “la indigencia fulgurante”, en palabras del maestro Carlos Rubio. (La crisis española, ¿no ha tenido algo de “wabi” por lo de pobreza y lo de fulgurante?) La desolación de una casa abandonada en otoño, la soledad de quien la encuentra. ¿Por qué este gusto raro por principios negativos, esta tendencia a preferir lo incompleto, el lugar o el objeto al que le falta? La respuesta es seguramente transcendente: en los lugares abandonados, en lo no terminado, ronda un espíritu (o varios); el espíritu que allí vivió, el espíritu que falta para terminar el objeto, para completarlo. El espíritu.

El otro día, cuando supe que Mariano Rajoy había venido a Galicia de “no vacaciones” (esa forma tan a lo Alice in Wonderland y a la difunte jet-set) y que se había paseado por Ribadumia y su ruta de los molinos, me vino a la mente esto de lo completo y lo incompleto. El camino sigue la ribera del Umia, un río pequeño pero encantador cercano al monasteiro de la Armenteira, rodeado de laureles, cortizos, robles, hayas y castaños. Por momentos parece una senda del Japón viejo, el de los trasgos y seres sobrenaturales. Está sembrado de pequeños molinos de agua, algunos salvajemente restaurados, con esta piedra limpia que parece robada de un Leroy Merlin cualquiera. Pero alguno hay abandonado, musgoso, desolado, incompleto. Y seguro que allí se le apareció uno de estos espíritus. Los conozco y son dados a mostrarse.

¿Qué le pediría allí el presidente a los espíritus del río? ¿Se encontró una lamparita vieja en uno de esos molinos abandonados? ¿La frotó? ¿Le salió un mago?¿Le pidió el todo? (bajada de la prima, del paro, descanso de las protestas sociales, desaparición de escándalos…) ¿O en vez de un mago le salió un conseguidor disfrazado de asesor provincial que se había refugiado en la lámpara ante el temor de salir de la nómina? ¿O un hombre de negro mandado por Merkel & cia partidario de la estética de lo incompleto? ¿Le pidió el rescate o algunos Mercedes blindados para lo que se avecina? En las pocas fotos que hubo del paseo, el presidente parecía muy pálido. La respuesta, en septiembre.
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