RESEÑA
Akutagawa Ryunosuke: Vida de un idiota y otras confesiones
domingo 19 de agosto de 2012, 12:47h
Akutagawa Ryunosuke: Vida de un idiota y otras confesiones. Introducción de Carlos Rubio. Traducción de Yumika Matsumoto y Jordi Tordera. Satori. Gijón, 2012. 200 páginas. 19 €
Akutagawa nació en el año 1892 y murió en 1927 con tan solo treinta y cinco años. Una vida breve para una de las obras más interesantes de los escritores japoneses del siglo XX. Junto con Natsume Soseki, forma el dúo estrella de los autores modernos: Soseki como novelista, Akutagawa como cuentista. Junto con Izumi Kyoka, el dúo estrella del relato breve. En la interesante introducción al libro, Carlos Rubio menciona que Akutagawa fue un mártir literario de la época Meiji japonesa, una víctima del cambio de época, de la internacionalización forzada del país. Es cierto que los relatos de Akutagawa rezuman influencia occidental y de la buena: Poe, Baudelaire, Verlaine, Strindberg, Dostoievsky, Goethe… Y que Akutagawa poseía una sensibilidad extrema, oscura, romántica y confusa. Pero aunque esa sensibilidad no hubiera estado sujeta a la influencia extranjera, seguro que habría estado allí, en su pluma, vibrando, diciéndonos cosas, revelándonos misterios de la hiper-percepción.
El arte de Akutagawa es sutil y profundo. Y por si eso fuera poco, sincero. Su búsqueda consistió en ir tras la verdad absoluta del yo partiendo del arrebato de la belleza. Un buen punto de partida y una fantástica meta. En medio, un recorrido trágico. Akutagawa fue hijo de una mujer esquizofrénica. Sus padres lo dieron en adopción dos veces: la primera, al poco de nacer –para conjurar malos presagios—; la segunda, poco después, por la imposibilidad de su madre para cuidarlo. La madre murió diez años después. La vida de Akutagawa estuvo marcada por la muerte, la locura y la literatura. Enseñó brevemente inglés, y en cuanto pudo se dedicó a la literatura. Se casó y tuvo hijos, pero no bastaron para evitar que se suicidara en 1927, joven y gozando de la fama que le dio la publicación de sus relatos en la prensa japonesa.
El libro, inmaculadamente editado por Satori, incluye siete relatos. No son los más famosos del autor y no están “Rashomon”, ni “La nariz”, ni “Kappa”. Pero sí los más sutiles, interesantes y modernos, porque van directos a la semilla de un ser humano que vivía en el “bonyari shita fuan”, el estado de “angustia confusa”. El primer relato, “Las mandarinas”, es toda una sorpresa. Encantador, trascendente, describe en muy pocas páginas una catarsis personal que podía haber salvado al autor. Es, en pocas palabras, una guía de cómo encontrar felicidad en los pliegues del hastío. El segundo, “Extractos de la agenda de Yasukichi”, es una guía baudeleriana del spleen de un joven profesor japonés de inglés, un caleidoscopio que en pocas piezas recrea el mundo de un flâneur de su pequeño mundo. “Al borde del mar” es una historia de fantasmas --que tanto le gustaban a Akutagawa-- pero en tono menor, japonés, en la que sin pasar nada pasa todo. El calado de “Registro de defunciones” se puede intuir leyendo solo la primera frase: “Mi madre estaba loca.” La segunda ratifica la impresión: “No he sentido ni una sola vez afecto filial hacia mi madre.” Estamos ante un corazón al desnudo, un terreno en el que no hay trucos ni juegos. El relato es un registro de muertes importantes para el autor, algo similar a lo que Paul Auster hizo en su primera obra, pero en este caso es extrañamente ligero, profundo como la laca que uno piensa que es plana hasta que la observa con ojos libres de prejuicios. El siguiente es “Engranajes”, en opinión de Donald Keene la obra maestra de Akutagawa, un cuento que simplemente hay que leer. Terrible, tremendo, obsesivo, hipersensible, como un cuerpo al que hubieran quitado la piel y permaneciera sobre un lecho, sujeto a la brutalidad de cualquier soplo de aire. Transcribo solo la frase final: “¿Es que no hay nadie que me haga el favor de venir y estrangularme silenciosamente mientras duermo?”
El libro se cierra con dos textos publicados póstumamente: “Vida de un idiota” y “Nota enviada a un viejo amigo”. El último, es un testamento vital y literario en el que Akutagawa trata el suicidio con la sinceridad que persiguió toda su vida. El anterior, “Vida de un idiota” es quizá el texto más moderno formalmente del autor. Compuesto por capítulos brevísimos, no me resisto a transcribir uno de ellos, el 10, “Maestro”: “Leyendo un libro del maestro bajo un gran roble. Bañado por la luz de un día de otoño, no se movía ni una sola hoja. En algún cielo lejano, una balanza de platillos de cristal mantenía un equilibrio perfecto… Tal era la imagen que veía mientras leía el libro del maestro.” Akutagawa confiesa en otro momento que tanto la modernidad como la tradición le hacían infeliz. Quizá por ello y por su incesante búsqueda del equilibrio desde la literatura fue capaz de crear tanta paz y belleza desde el más profundo desasosiego.
Por José Pazó Espinosa