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El viaje nocturno

domingo 19 de agosto de 2012, 19:29h
Antoine de Saint-Exupéry el famoso escritor francés autor del “Pe queño Príncipe” fue descubierto para mí por Juan Sierra y Gil de la Cuesta un hombre inolvidable, un político como quedan pocos por no decir ninguno, él asistió al estreno de mi obra “La Tienda” en el Teatro Nacional María Guerrero y a los dos o tres días me llamó a su despacho muy cercano al teatro, casi adjunto. Juan Sierra tenía un empuje y una simpatía sensacionales, cerca de su mesa había un retrato de José Antonio Primo de Rivera y encima de ella una pequeña jarrita con una rosa roja, después de reconocer mi talento y darme unas palabras de aliento me encargó que escribiera una obra infantil para la promoción del teatro para la infancia y la juventud que él promoviera junto a Sección Femenina en el mismo teatro los fines de semana y bajo la dirección de Ángel Fernández Montesinos para los sábados y domingos, me la encargó y me abonó un suculento cheque, además me incluyó en la nómina de los colaboradores de la Agencia
“PYRESA”, la cadena de periódicos del movimiento que por lo menos abarcaba veintitantos diarios, mi primer artículo sería “Las modistillas de Londres”, costureras a las que yo veía desde la habitación de mi hotel en Londres donde pasaba el verano con mis padres, el segundo sería “Hombres de barra”, sobre aquellos hombres solitarios que yo veía solos y acodados en las barras de los pubs hasta altas horas de la madrugada donde yo alguna rara noche solía visitar. Juan Sierra hizo de mí un periodista pero lo más importante me empujó a seguir observando el mundo con esa observación perspicaz y penetrante que tenemos los escritores de verdad, los escritores de raza. Pues bien, Juan Sierra me habló de Saint-Exupéry uno de sus autores predilectos y como yo era por aquel entonces un devorador de libros me bebí más que leer todos aquellos libros del autor francés después tan denostado y al igual que “El viaje al fin de la noche “ de Ferdinand Céline, el “Vuelo nocturno” de Saint-Exupéry me fascinó. Es el vuelo nocturno final del escritor francés en aquellos biplanos elevándose ya sin gasolina más allá de las nubes hacia las estrellas y la luna luminosa en ese viaje final sobre el desierto del que nunca volvería y al que todos los españoles y europeos tan mediocres como lo somos en la actualidad deberíamos de imitar, un mundo con ideales y con sueños, no un mundo de contables y economistas mierda.

Pues bien, remedando aquel “Vuelo nocturno” del escritor francés yo la otra noche inicié un vuelo semejante desde Villacorta, en Segovia, más allá de Riaza por la serpenteante carretera hasta Madrid subiendo y bajando Somosierra. Ya jubilado pensaba en el pueblo de mi suegra, en la aldea roja de Villacorta, pasar unos días pero al octavo o al décimo sentí que ya no podía más, la mediocridad me oprimía, las charlas convencionales me ahogaban, por más esfuerzos que hago por integrarme con la gente común de este país con mucha frecuencia me resulta imposible; en ese día final, en esa tarde, instalaron en la plaza unos báflex gigantes y una música infame a un millón de decibelios amenazaron con reventar el único tímpano que me queda, temblaban las paredes de la casa de mi suegra, yo comencé a temblar también por dentro y como un loco - que lo estaba – rellené apresuradamente las dos maletas y la bolsa y me despedí de mi hija y de mi mujer,” ¿nos abandonas?”, “venga tenéis cinco minutos”, por supuesto que no movieron ni un músculo, mi ahijada insistió en que no me fuera, su padre murió en aquella misma carretera de noche y a los cuarenta y nueve años, lo cuento en uno de mis libros, pero nada pudo detenerme, temblaba de furor y de horror, eran las fiestas del pueblo, lo sé pero no hubiera podido dormir durante toda la noche y las dos siguientes si seguía allí. “¡Germán no te vayas!” gritó una chica que estaba más buena que el pan y con la que no había intercambiado ni dos palabras, pero salí del pueblo disparado. Tengan en cuenta que no veo tres en un burro por la noche y que sabía perfectamente que me podía matar, salí sin embargo como una bala y sentí esa libertad que pudo sentir Saint-Exupéry cuando se elevaba más y más, más allá de las nubes en la noche estrellada en su avioneta y con muy poca gasolina en la que sería su última noche, su “vuelo nocturno”.

La sensación fue maravillosa, iba solo en el coche a una velocidad vertiginosa, parecía que volaba, solo veía las estrellas del firmamento, había dejado atrás a la familia, al pueblo y sus miserias, como era, como es agosto, la noche era fantástica, como arrastrado por un hilo invisible que tirara de mí pasaba desvíos, áreas de servicio, aldeas invisibles, al final era como un corredor sin retorno como un bólido que se guiara tan solo orientado por las líneas blancas de balizaje de los bordes de la carretera serpenteante donde se mató mi cuñado, rotondas donde no me daba tiempo ni de leer los carteles de señalización, de direcciones, y al fin la autovía, la autovía al cielo, me encomendé a mi padre, a mi madre, a mi hermana y a Pepi, todos fallecidos, creo que huía de todos, de todo, de España, este país antes maravilloso y ahora miserable y como el piloto escritor, yo también escritor y piloto, a los sesenta y nueve años por primera vez en toda mi vida me lanzaba a conducir de noche cosa tan suicida como pilotar una avioneta sin la gasolina imprescindible para regresar a la pista, al aeropuerto, a casa. Hay algún momento en el que deseas huir para siempre, para siempre de todo y del todo, para fundirte en el cielo del olvido de una vida que se antoja demasiado larga.

El caso es que no me maté de milagro y tirado o imantado siempre por ese hilo invisible que me empujaba hacia adelante cada vez a más velocidad a una velocidad que en la que ya no sentía ni veía nada, llegué hasta Madrid, sí señores, llegué hasta la capital y sus alrededores y lo primero que sentí fue un olor pestífero. Pero así era la vida según parece o te matas o es que no ha llegado tu hora y sigues viviendo, más bien sobreviviendo o agonizando en un mundo pestilente donde tus semejantes no hacen sino quejarse de lo poco que les gustan sus vidas, unas vidas sin ideales, sin imaginación.
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