El lucrativo negocio de las limosnas
miércoles 22 de agosto de 2012, 20:12h
Parecen personajes dickesianos, infiltrados en nuestro glamuroso siglo XXI. En realidad, la suciedad que cubre su harapienta vestimenta - que tampoco parece de este siglo - y sus cuerpos, en vez de llamar la atención, lo que consigue es el efecto contrario: les oculta porque nuestras miradas se desvían frente a lo que creemos imposible. Impensable. Se mueven sigilosos y sólo les ves llegar cuando ya están encima, mirándote con ojos oscuros e insondables, mientras te acercan, casi con desgana, el vaso de plástico que utilizan para recoger las monedas que piden. Las limosnas, que habíamos dejado de llamar así porque a los mendigos, tampoco les lamamos ya mendigos.
Nunca van solos. A los hombres, se les suele encontrar en pareja. A las mujeres, de tres en tres. Caminando a buen paso, casi sin detenerse, como si ya supieran que nadie va a interrumpir su camino para sacar del bolsillo unas monedas y echarlas en su vaso. Sólo reducen su errática marcha cuando llegan a las terrazas. Allí, cerca, al acecho, permanecen invisibles mientras los camareros, con sus bandejas, parecen velar por el reposo de los clientes, que charlan y se refrescan. Hasta que llega el instante en el que desaparecen en el interior del local esos improvisados guardianes, y ellos se lanzan entre las mesas. Uno se los encuentra allí mismo, sin saber de dónde han salido ni cómo han adivinado nuestro momentáneo desamparo. Hasta que vuelven a infiltrarse en las calles, silenciosos, invisibles. Parece imposible que haya tantos. ¿De dónde vienen? ¿Cuándo han llegado? ¿Cuántos son?
Son muchos. La inmensa mayoría, rumanos. Los hay también estáticos, sencillamente, porque no pueden moverse. Están lisiados, aunque este término tampoco nos guste ahora demasiado. Pero su misión, su trabajo, su obligación es la misma de quienes caminan a buen paso. Pedir. Dar lástima, provocar pesadumbre. Arrancar calderilla a nuestro estado del bienestar en crisis. En el país de los ciegos – perdón, invidentes –, el tuerto es el rey. Quizás por eso, los pobres se han convertido ahora en un lucrativo negocio para las mafias. Hace unas semanas, la policía detenía en Madrid a un matrimonio rumano que explotaba a compatriotas suyos, a los que había atraído hasta nuestro país con la promesa de encontrar un trabajo y, sobre todo, la asistencia médica que resulta obvio que necesitan algunos de ellos. La realidad que encuentran, por supuesto, es muy distinta.
Trabajar, en realidad, podría decirse que trabajan. Y mucho. Jornadas de 12 horas, estrechamente vigilados por sus “jefes” y también entre ellos mismos, por eso no están nunca solos. A las 7 de la mañana les recogen de los mugrientos colchones en los que duermen a la intemperie, y que antes ya han escondido bajo las tapas de las alcantarillas que cumplen la curiosa función de armarios, para “colocarles” en los cruces más transitados, en las taquillas de metro, junto a quioscos de prensa o de tabaco. También al lado de maquinas expendedoras, de cajeros automáticos o a la entrada de los aparcamientos subterráneos. Siempre buscando lugares en los que el transeúnte tenga que sacar necesariamente su cartera, ocupar sus manos con monedas. Los demás, los que pueden, caminan con el único rumbo de hacerse con los 80 euros que les exigen diariamente sus carceleros.
Es un mundo cerrado, los barrotes están construidos de ignorancia y de miedo. Nadie piensa en denunciar. Son ellos los denunciados. Porque no siempre se consigue esa recaudación mínima por medio del vaso y, a veces - muchas -, hay que hurgar en un bolso, aprovechar un descuido. Y el matrimonio detenido en Madrid es sólo una maldita gota en el océano de la avaricia y del engaño. Ya lo sabemos todos, aún así, continúa siendo un negocio La pena que sentimos y la desgracia que intentamos remediar, son el alimento de los morosos del alma. Las monedas que depositamos se convierten, igual que si hubieran sido tocadas por el diablo, en la riqueza que los mafiosos envían a su país. Su omertá es capaz de hacer que la siciliana parezca un juego de niños. La comunidad de etnia gitana en Rumanía, de donde las redes mafiosas sacan a estos esclavos del siglo XXI, respeta a rajatabla la ley del silencio, huye de albergues, comedores sociales, o cualquier tipo de asistencia. Y jamás abre la boca. Sólo para pedir.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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