Crónicas venecianas. El cementerio judío
sábado 25 de agosto de 2012, 18:22h
Rara vez se ven turistas en el cementerio judío de Venecia. Es extraño porque se trata de un lugar bello y tenebroso, de esos que embelesan a los viajeros románticos y a los espíritus cinematográficos. En invierno, con la tierra congelada y las hojas secas crujiendo lúgubremente entre la niebla, lo menos que uno espera oír aquí es sonido de uñas escarbando bajo las losas. En verano, con los saucos florecidos y las gatas maullando, la impresión cambia totalmente. Ni el maltrecho estado de las lápidas, a menudo rotas, caídas o ladeadas, ni el hermetismo de sus inscripciones, la mayoría en hebreo, turban el ánimo. No obstante, los motivos cabalísticos y astrológicos de algunos epitafios y los silencios repentinos de los pájaros acaban produciendo en el visitante cierto desasosiego, que se acrecienta por supuesto de noche, cuando las ramas de las mimosas tiemblan igual que filacterias rituales y el aroma de la madreselva adquiere una intensidad malsana que recuerda a los ungüentos de alheña y nardo que en la Edad Media se derramaban ceremonialmente sobre los ataúdes.
Las apretadas hileras de lápidas, hacinadas en un barullo babilónico, evocan un poco la arquitectura del Ghetto, el distrito donde vivieron los judíos venecianos a partir del siglo XVI. Desde allí tenían que trasladar a sus muertos en barca dando un larguísimo rodeo para sortear el Gran Canal y el puente de San Pedro de Castello, la catedral. Era el requisito impuesto por las autoridades. Cuando el cementerio fue clausurado en tiempos de Mussolini, los judíos, en memoria de aquel viaje, adoptaron la costumbre de dar una vuelta al féretro alrededor de su barrio. Por cierto, que aunque éste se llamaba “ghetto”, no era un gueto. Estaban obligados a residir allí y a llevar un gorro identificativo, pero su vida en Venecia era lo bastante confortable como para que Menasseh Ben Israel afirmara, en una carta a Cromwell, que no conocía para su pueblo modelo mejor. “Los judíos –dice el famoso rabino- son tratados en Venecia con cortesía y clemencia”.
La comunidad hebrea veneciana creció mucho tras el éxodo de los judíos españoles. El gobierno, siguiendo la costumbre de concentrar a los extranjeros, decidió entonces ubicarla en el Ghetto Nuovo, una isla del barrio de Cannareggio ocupada por una fundición (esto es lo que significa “ghetto” en veneciano). Similar a una fortaleza, la fábrica estaba dotada de un portón que se cerraba de noche para impedir cualquier promiscuidad entre razas, una precaución que no estaba motivada por el temor a la corrupción racial, la rassenschande de los nazis, sino a la apostasía religiosa. La falta de espacio y el incremento de la natalidad obligaron a aprovechar al máximo el espacio disponible construyendo hacia arriba, de suerte que en poco tiempo el inmueble se convirtió en un rascacielos de nueve plantas repleto de pequeños apartamentos. Veinticinco años después, en 1541, las autoridades permitieron la ampliación del barrio con la inclusión del Ghetto Vecchio (la vieja fundición) y un siglo después, autorizaron otra con el llamado, aunque esta vez por inercia lingüística, Ghetto Novissimo. Los judíos dispusieron así de espacio suficiente para construir cinco sinagogas, hoy conservadas y en uso.
Personalmente siento un aprecio especial por una de esas sinagogas, la llamada Scuola Levantina. En la bimá, el lugar desde donde se lee la Torá, se rezan las oraciones y se imparten las bendiciones, hay unas hermosas columnas salomónicas. Este tipo de columnas, sinuosas y retorcidas, se asocian tradicionalmente al arte judío. El templo de Jerusalén, construido por el rey Salomón, tenía a la entrada dos coronadas con sendos capitales de bronce calado en torno a las cuales crecían dos troncos de palma. Cuando el templo fue destruido por los romanos, las columnas desaparecieron. Las que Andrea Brustolon talló para la Scuola Levantina son una recreación de ellas. Yo las tenía delante cuando me pidieron que bautizara mis colaboraciones en este periódico.
En el cementerio, les aconsejo buscar la tumba de Sara Copio Sullam, poetisa del XVII cuyo epitafio, escrito por su maestro, el célebre rabino Leone de Modena, revela algo más que una buena amistad. Las lápidas de las poetisas venecianas del XVI y XVII tienen mucho interés. Las feministas se sorprenderían si conocieran la cantidad de mujeres que cultivaron aquí con éxito las Musas. Sara Copio ha pasado sin embargo a la historia por su respuesta al libro en el que Baldassare Bonifacio la acusó de negar la inmortalidad del alma y por su anómala belleza, vestigio de la cual es el árbol, recio y tupido, que se alza justo encima de su sepulcro. El único retrato que le hicieron -ella se lo regaló a Ansaldo Ceba, un dramaturgo convertido en monje del que se enamoró perdida y vanamente-, desapareció hace siglos.