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CRÍTICA

Olga Orozco: Poesía completa

domingo 26 de agosto de 2012, 13:59h
Olga Orozco: Poesía completa. Adriana Hidalgo. Buenos Aires/ Madrid. 504 páginas. 23 €

“Porque para Borges vivir es escribir. El sujeto sólo existe como motivo del texto, puesto que el hombre no es sino relato; vigilancia de la trama, búsqueda de la exactitud”. Olga Orozco, al delinear este exacto perfil del gran Borges, se estaba delineando a sí misma y a todos aquellos que inscribieron el (sin)sentido de la propia vida en la trama sin principio ni final de la construcción social del sentido.

Concebirse como parte de un relato que nos precede y nos sucederá es lo que Walter Benjamin sostiene en El Narrador que percibe la totalidad de su vida como una instancia que no se agota en su propia existencia sino que se entronca desde las corrientes vitales pasadas y condensadas en el recuerdo. Y citando a Pascal agrega: “Nadie vive tan pobre que no deje algo tras de sí” y ese algo, sin duda, se recupera y se resignifica en la palabra.

Pero el haber conocido el revés de la trama deja una huella, el esclarecido –o, en este caso, la esclarecida- presiente en su ser la profunda melancolía del no haber sido en la no vida anterior a todas las vidas. Sólo la poesía se convierte en talismán capaz de exorcizar la pulsión o el vértigo que nos empuja hacia la nada -o como afirma el filósofo montevideano Joseph Vechtas, “la nada es simplemente el límite de nuestras concepciones como el infinito”.

La poesía de Orozco tiene el sabor agridulce de una nostalgia eterna, aquélla indescifrable premonición de saberse atascada en una vida que es un mero paréntesis entre dos eternidades, una fatalidad sin escapatoria. Y en esta suerte de sala de espera entre dos infinitos, lo cotidiano se devela en sortilegios, los objetos se confabulan entre ellos y la poeta/hechicera no tiene más remedio que conjurar el laberinto en la poesía. “Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía” lanza a la intemperie el desafío en la palabra escrita.

Es extraño, pero la poesía de Olga Orozco transita por un velo de nostalgia, una opacidad latente que se expresa en la continua presencia de la escarcha, la piedra, los azules, los pájaros que trocan en raras especies aladas de lo oscuro, la neblina y la herrumbre de las casas vacías donde los fantasmas de la madre y el padre son guías inútiles por el camino de las sombras porque ellos mismos están perdidos en la nada. La figura de la abuela es como un faro elusivo que ilumina a tientas la lobreguez de los no vivos y a la que la poeta recurre como una protección, un abrigo tenue en el frío de lo eterno.

Sin embargo, la verdadera tristeza, la que más duele, la que cala hondo y queda expuesta se halla en los poemas que la escritora pampeana le dedica a su amor muerto. Así en, “En la brisa, un momento” la apoteosis del desamparo reverbera en las voces de lo ordinario para volverse una obsesiva repetición ad infinitum, un taladro que horada la memoria de la que aún está viva: “-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la torcaza. / Y el lamento se expande de hoja en hoja, / de temblor en temblor, de transparencia en transparencia, / hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo. / -¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera. / Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza ,/ para volver a ver una bahía, una columna, el fuego , el humo de/ la sopa, / sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición, / sin que tu mano me confirme la mía. [...]”

Leer Poesía completa de Olga Orozco es adentrarse en un viaje quieto hacia los confines del principio del ser, es acompañar a la poeta y a sus alter egos en una travesía sin mapa ni brújula en busca de apaciguar el desgarro por haberse asomado al infinito en la “pertinaz peste” de la palabra, la palabra que punza, duele, inflama y aniquila. No es un viaje feliz, es más bien un viaje muy triste, en un solo sentido, como la vida misma. Una travesía de naufragios con atisbos apenas de felicidad efímera. Quizá por eso la heroicidad es para unos pocos, solo para aquellos que se atreven a no darle la espalda a su propia e irrenunciable misión de hallar sentido. Y es un sino en solitario, como la vida o como la muerte.

Generosa la poeta que nos abrió la puerta de su casa para permitirnos adentrarnos en esa pequeña trama, apropiarnos de ella, resignificarla y retomar el sendero del gran relato que nos precedió y nos perpetuará, aun cuando la realidad posmoderna se empecine en demostrarnos lo contrario. “¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder?”, se pregunta en “Anotaciones para una autobiografía”. Rica, e infinitamente generosa por dejarnos compartir a los lectores presentes y futuros sus visiones, sus miedos, y obsesiones.

Feliz de aquél que se atreva a adentrarse en este “largo destino de mirarse las manos hasta envejecer” de levar anclas en una travesía sin norte ni rumbo fijo pero con destino inexorable, pues saldrá fortalecido porque será capaz de otear el verdadero sentido de lo humano. Y vivirá para contárnoslo.


Por Verónica Meo Laos

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