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De la nostalgia orientalista a la des-orientalización del arte (I)

Víctor Morales Lezcano
jueves 30 de agosto de 2012, 20:43h
En los medios de comunicación, y también en las redes sociales, nos hemos ido acostumbrando a pensar en el mundo árabe-islámico -incluso en el Oriente musulmán (´Turquía, Irán, Afganistán, Paquistán mismo)- en términos casi exclusivamente geoestratégicos y militares, geopolíticos y político-diplomáticos.

Si resulta inapelable la comprobación de que la amplia franja que recorre el diámetro terráqueo desde Marruecos a Paquistán resalta por las incidencias conflictivas que perfilan su historia reciente, ello no debe impedir que esta columna de EL IMPARCIAL rompa, ocasionalmente, su centro habitual de reflexión. Hoy propongo, por tanto, reflexionar sobre una dimensión poco tenida en cuenta por algunos especialistas en contenciosos, conflictos y “connivencias” del Islam en tiempos modernos. Un poco de aire fresco se colará, en consecuencia, por las rendijas de la puerta que hoy se entorna, que es ni más, ni menos, que la de los avatares del Orientalismo en artes plásticas, pintura en especial.

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Recuerdo muy bien la pujanza que tuvo el fenómeno orientalista en diversos museos, fundaciones y galerías del ámbito centro-occidental de Europa durante los años 80 y 90 del pasado siglo XX. Uno deambulaba entonces con frecuencia por Francia y Gran Bretaña; no era insólito asistir entonces a grandes exposiciones centradas en la eclosión de la pintura orientalista europea -exoticista en principio; más realista y de canon etnográfico más tarde- a lo largo del siglo XIX. Al menos, ese fue mi caso. Hay un catálogo destacable de la magnífica exposición que, con el genérico de The Orientalists: Delacroix to Matisse. European Painters in North Africa and the Near East (Weidenfeld & Nicolson), se expuso durante varios meses de 1984 en la londinense Royal Academy of Arts, en estrecha colaboración con el MOMA (Nueva York) y otros museos estadounidenses. Esta exhibition impulsó la contemplación y el análisis del fenómeno pictórico orientalista en relación con el orientalismo literario (Chateaubriand, Victor Hugo, Flaubert) y arqueológico (encabezado por Prisse d´Avennes en L´Art arabe d´après les monuments du Caire, 1877).

El Oriente musulmán, ciertas ciudades emblemáticas de su geografía como Estambul, El Cairo, Damasco, Tánger, Fez, y Argel; paisajes y acciones tópicos -caravanas en el desierto, el jinete halconero, el harén y la odalisca, la oración en la mezquita y el gran bazar- todo ello fue captado pictóricamente durante un siglo de control colonial, de marcado cuño franco-británico.

En los años 70 del siglo XX, la perspectiva occidental del Oriente musulmán había cambiado sensiblemente. La etapa colonial clásica fue substituida por las pretensiones orientalistas de Moscú y Washington, mientras que el nacionalismo panárabe y el resurgimiento del Islam político contrarreplicaban a las incursiones de las potencias forasteras, que pagaban tributo a su majestad, el petróleo. No hay que olvidar en modo alguno el vigor intelectual que adquirió, en el último tercio de nuestro siglo pretérito, la polémica sobre colonialismo y orientalismo, que enfrentó a dos “espadas” de casta como Edward Said y Bernard Lewis; así como impulsó la eclosión de una bibliografía universitaria rigurosa centrada en las “peculiaridades” de las sociedades ribereñas del Mediterráneo de estirpe religiosa musulmana y judaica. Fueron los años del diálogo euro-árabe, malogrado tempranamente, como me ha recordado Mohamed Talbi en mis visitas a su casa en el tunecino barrio de El Bardo. Fueron, también, los años de la crisis del petróleo (S.M.); por antonomasia la de 1973, luego reeditada más de una vez. En fin, se trató de una época dramática de las percepciones cruzadas entre dos orbes políticos y culturales que irían aprendiendo a ¿convivir?, ¿coexistir? -siquiera fuese contra viento y marea-.

En España misma, recuerdo haber visto -y saboreado- dos exposiciones consagradas a nuestros dos maestros del orientalismo en pintura: Fortuny i Marsal (1838-1874) y Bertuchi (1885-1955), de las que fueron patrocinadores Fundació Caixa de Pensions y Agencia Española de Cooperación Internacional, entre otras entidades. El clima de aproximación empática hacia el referente oriental culminó en España al crearse un comité para el buen entendimiento y fertilización transversal entre nuestro país y Marruecos, partenaire prioritario de España al sur de Tarifa. Aquel comité llevó el nombre del filósofo musulmán de Córdoba (1126-1198) llamado Ibn-Rushd (Averroes). Aquéllos fueron decenios, años, próximos, sí, pero también alejados bastante de las percepciones cruzadas que hoy prevalecen entre Occidente y el Islam.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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