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Sostenella y no enmendalla

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 31 de agosto de 2012, 21:19h
Una antigua y muy apreciada alumna del cronista en la Universidad de Valencia de los inicios de los años setenta –¡oh!, manes de Miquel Tarradell, Joan Reglá Campistol, Julián San Valero, Fernando Montoro, Fernando, ¡José María Jover!...- acaba de publicar un importante libro acerca de las relaciones entre España y los Estados Unidos entre el comienzo y el ocaso del régimen republicano: 1931-39 –A. Bosch, Miedo a la democracia (Barcelona, 2012, 480 pp.). Como acaece con el estudio más actual de la guerra de la Independencia, que, tras las revoluciones atlánticas, significó, ciertamente, el despegue de la contemporaneidad en el mundo occidental, el de la contienda civil de 1936, verdadera antesala de la segunda conflagración planetaria y, con ella, el arranque de la postmodernidad, también centra ahora algunas de sus investigaciones más descollantes en el análisis de los aspectos internacionales. El tema, interesante y crucial por sí mismo, ve redoblada su actualidad por los acontecimientos que en dicha esfera se desencadenaron a partir del atentado y destrucción de las Torres Gemelas en septiembre del 2001. Cualquier asunto o materia vinculados con las injerencias armadas en territorio extranjero y la guerra preventiva suscita de inmediato en la comunidad académica y en la opinión pública una atención y curiosidad particulares, raíz, en último extremo, de la relevancia dada a dicha temática por la historiografía hodierna.

Un tanto en la estela abierta en días próximos con brillantez y exuberante vis polémica abundante por Angel Viñas -acusador implacable y acribioso de Gran Bretaña como la gran responsable del lazareto diplomático de facto del bando republicano en el conflicto fratricida-, la catedrática valenciana, con robusta documentación -en buena parte, yanqui- y acuidad analítica, sostiene una tesis argumental para explicar la pasividad de la Casa Blanca en la guerra que a su antiguo profesor le semeja, según expusiera en fecha no muy remota en otros artículos aparecidos en esta misma tribual de El Imparcial, un punto tal vez sobredimensionada mejor que exagerada. La Gran Bretaña de los tories de S. Baldwin y de su sucesor Neville Chamberlain, así como los pujantes lobbies católicos en los pasillos del Congreso estadounidense –artífices en medida considerable de la reelección rooselvetiana en 1936-, vinieron de hecho a dictar la posición de Washington frente la guerra española.

Respecto del primer extremo, no hay mayor inconveniente en aceptar el planteamiento de la autora, aunque al profano en la materia se le hará quizá un poco cuesta arriba admitir que ninguno de esos clanes superara en capacidad de presencia e influencia al de los bostonianos Kennedy, ardidos prerrepublicanos. Por lo demás, para un WASH en estado puro como F. D. Roosevelt el apoyo de los católicos pesaba sin duda, pero siempre iuxta modum… Mas en cualquier caso, la clave del tema estriba en el presunto seguidismo que la Casa Blanca hizo en la cuestión española, alineándose por entero en la postura británica, resueltamente pro-nacionalista, conforme a la línea de interpretación defendida cum studio, pero no sine ira por Angel Viñas y lo que ya, con toda propiedad, puede denominarse su escuela (, en la que hay, como en todas, mejores y peores discípulos...). Y, aquí, el disentimiento del simple lector de la historia inglesa de los años treinta aflora sin posible embridamiento. Pretender que la nación occidental con el mejor servicio de información, dueña además de Gibraltar –confluencia de todos los caminos del espionaje y contraespionaje de Europa- y con una todopoderosa red consular en la España gubernamental, inclinara su balanza a favor de ésta resulta una actitud historiográfica difícil de secundar. Dar lecciones de democracia también al país de los Lores y Comunes, es, desde suelo, legítimo, pero acaso no demasiado “correcto” en términos politológicos y aun meramente históricos… Con matanzas de curas y novicios como las de El Escorial, Barbastro o y con la entrega de armas a la población civil en el Madrid de las primeras horas de la contienda, la propaganda católica en USA y la conservadora en la traumatizada- crisis regia a la muerte de Jorge V- y medrosa Gran Bretaña –auge irrefrenable del partido del Congreso en la India, rearme hitleriano, procelas en el Mare Nostrum-, debe reconocerse que un argumentarlo espectacular estaba servido a los yanquis franquistas y aislacionistas y a los ingleses imperialistas y anticomunistas.

Por supuesto, que el título del presente artículo en nada guarda relación con el admirable trabajo llevado a cabo por los estudiosos mencionados y otros muchos situados en su mismo surco de un revisionismo basado, en general, en fuentes inéditas, y orientado al contra-ataque de la ofensiva conservadora y reaccionaria en el enfoque de la guerra civil a que se asistiera en los últimos decenios. Pero aún así, nadie está libre de comprensibles empecinamiento o aferramientos al esfuerzo propio. Clío reina sobre ciudadanos libres y siempre es insuficiente la verdad del pasado que puede rescatarse o reconstruirse del pasado desde cualquier presente. De ahí, pues, la necesidad de no establecer en su territorio blocados o, menos aun, sancta sanctórum para la práctica de esoterismos…
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