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Crónicas venecianas. Viejos teatros

José María Herrera
sábado 01 de septiembre de 2012, 18:16h
Nietzsche decía no conocer otro sinónimo de la palabra música que Venecia. Aunque probablemente pensaba en la armonía arquitectónica de la ciudad, con su laberinto de calles y canales y sus edificios espléndidos erigidos como un milagro sobre las aguas, la afirmación es verdadera en sentido estricto, pues históricamente no ha habido ningún lugar que haya tenido un vínculo tan estrecho con el devenir de la música como ella. Es dudoso, sin embargo, que el filósofo alemán supiera nada de esto. La vida musical veneciana continuaba siendo importante a finales del XIX, pero nada comparable a la época en que gozaba de soberanía política, antes de la llegada de Napoleón.

El turista que viaja sin preguntarse por el motivo de su viaje apenas tiene noticia de estas cosas. Con algo de suerte sabe que aquí nació Vivaldi y que aquí se halla La Fenice. De los grandes compositores venecianos, Galuppi, Marcello, Caldara, Albinoni, Cavalli, Monteverdi (veneciano de adopción) o Giovanni y Andrea Gabrieli, quizá sólo haya escuchado los nombres, y de la red de instituciones que convirtieron a Venecia en capital de la música europea durante siglos, desde la capilla ducal de San Marcos hasta los cuatro orfanatos femeninos cuyos coros y orquestas atraían a aficionados del mundo entero, posiblemente no sepa nada. ¿Quién podría imaginar que a fines del XVII –mucho antes de que alguien pensara en construir el Teatro Real o el Liceo- Venecia llegó a tener veinte salas de ópera, todas de pago, o sea, abiertas por igual a nobles y populares, y que en ellas fueron estrenadas cientos de obras excelsas, un catálogo espectacular que llenaría por sí solo una buena biblioteca?

La importancia del drama musical en una ciudad como esta es algo difícil de concebir hoy. La música aún no se había convertido en cosa de niños y la ópera, con su capacidad para sacar a la luz los problemas humanos, constituía al mismo tiempo una fuente de placer y de conocimiento. Verdad que las historias representadas no siempre eran profundas ni satisfacían las convenciones del sentido común, pero esta era precisamente su mayor gracia. En vez de seres ideales e inalcanzables, los personajes de las óperas venecianas encarnaban las pasiones contradictorias del hombre y de esa forma suministraban a los espectadores lucidez sobre sus propias existencias. Hoy ya prácticamente no queda nada de aquello salvo algunos edificios. El viajero que desee penetrar en el alma de la ciudad, que es como decir en el alma de la vieja Europa, puede prescindir de las palomas de la plaza de San Marcos y de los berninis del Harry´s Bar, no de sus teatros.

El más famoso, también el más moderno, es La Fenice, que fue inaugurado a finales del XVIII, poco antes de la caída de la República, el régimen que gobernó Venecia desde su origen, en el siglo VIII. El edificio actual es idéntico al que ardió en 1996. Dos electricistas, incapaces de cumplir los plazos pactados con la empresa que los contrató, lo incendiaron para esquivar las indemnizaciones fijadas en caso de retraso. Woody Allen, que iba a actuar como clarinetista al concluir aquellas obras, exclamó al enterarse: “si no deseaban que tocara podrían habérmelo dicho de otro manera”. Aunque la televisión nos ha familiarizado con su embarcadero, acceso preferido de las grandes divas y uno de los pocos canales que aún hieden en Venecia, el último gran estreno de la Fenice, La carrera del libertino de Stravinsky, tuvo lugar hace sesenta años.

No tan conocido hoy, pero históricamente mucho más importante, es el teatro de San Giovanni Grisostomo, actualmente llamado “Malibrán”, en memoria de la cantante española. Edificado en 1677 sobre el solar donde estaba la casa de la familia Polo, a la que perteneció el famoso Marco, fue durante mucho tiempo el más bello, grande y suntuoso de Europa. Favorito del patriciado, sus entradas mantuvieron siempre un precio muy alto gracias a lo cual pudieron costearse espectáculos carísimos. Famosos eran sus ballets y sus tramoyas. Para una estrella del canto no había mayor gloria que actuar en él. Händel estrenó aquí en 1709 una de sus mejores óperas, Agrippina.

Aún más antiguo, con casi cuatrocientos años de historia, es el teatro de San Luca, hoy Goldoni. Su feísima fachada, construida en estilo ferroviario (así lo llaman burlonamente los venecianos), no ayuda a hacerse idea de la relevancia que tuvo en el pasado. Buena parte de las comedias de Goldoni, el mayor dramaturgo de Venecia, se estrenaron en él, aunque su época de gloria fue el siglo XVII, con obras de autores notables que comienzan a recuperarse hoy, Cesti o Legrenzi, desconocidos para el gran público.

También ha sobrevivido como cinematógrafo y en unas condiciones que no permiten imaginar lo que era, el teatro de San Benedetto, hoy cine Rossini. De sus lujos originales mejor no hablar porque se perdieron en un incendio en 1774, tres años después de que Mozart lo visitara. La lista de óperas estrenadas en él es enorme, igual que la de chascarrillos originados en sus palcos, donde la falta de luz y la costumbre de las máscaras facilitaban toda clase de lujuriosos desórdenes. Como mi propósito es simplemente despertarles el interés por estos lugares olvidados por las guías, les diré que aquí se utilizó por primera vez el telón.

Muchos más son los teatros desaparecidos, algunos tan señalados en la historia de la música como el San Giovanni e Paolo, donde Cavalli estrenó once óperas; el San Angelo, centro de operaciones de Vivaldi, o el San Samuele, donde trabajó como violinista Giacomo Casanova. Del interior de este teatro, restaurado en el XIX, hay una foto de 1876 en el Museo Correr. Las cuatro filas de palcos, el gallinero y el escenario son de madera. Tal vez también la platea. Su decoración sencilla, colorista y elegante, y su tamaño –no hacían falta allí grandes orquestas ni voces estentóreas cacareando en el escenario- evoca los teatrillos de marionetas de los niños ricos. Mirando la fotografía uno tiene la melancólica certeza de que existen cosas que nunca debieron dejar de ser.
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