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La camisa

lunes 03 de septiembre de 2012, 20:52h
La boda de mi sobrina me obligaba a llevar camisa blanca impecable, de puños dobles con gemelos, para eso me la había regalado mi hermano, por ese motivo. Lo que ocurre es que la camisa era tres tallas superiores a la mía y por eso tuve que ir a “Hipercor” de Pozuelo para cambiarla, y ahí comenzó mi calvario .

Cogí mi coche y a las seis de la tarde de un martes enfilé la carretera de la Coruña, al meterme por la desviación de Pozuelo me encontré inmerso en una monumental atasco, eran cientos o miles de coches parados sin avanzar ni un milímetro, los coches los conducían hombres y mujeres con edades oscilando entre los treinta y los treinta y tantos años. Al ver que aquello no se movía ni un pelo y visto el panorama, me di media vuelta y me volví a Madrid.

Al día siguiente volví a la carga, esta vez como eran las once de la mañana la entrada a Pozuelo estaba semivacía, fue entonces cuando comencé a preguntar por “Hipercor” pero nadie sabía dónde estaba “Hipercor”, creo que pregunté a diez o doce personas, nadie lo sabía, en aquella población nadie sabía nada, era una ciudad fantasma, después pude comprobar algo parecido en Las Rozas, Majadahonda, etc. Yo soy madrileño nacido en Madrid, y si alguien me pregunta por donde se va a Atocha, a Chamberí o al barrio de Salamanca se lo digo en el acto, pero allí no era así. Al fin, tras ímprobos esfuerzos avisté “Hipercor”. Entré con el coche en su aparcamiento subterráneo, era inmenso, enorme, inabarcable, sentí cierto resquemor.

Allí aparqué y fue entonces cuando comencé a buscar la sección de camisas de caballero pero tampoco fue sencillo, encontraba diferencias con “El Corte Inglés”, no sé, todo más masificado, de peor aspecto o calidad, peor iluminado, con personal menos especializado y amable.
Al final no tenían la camisa de mi talla, había que pedirla a otro “Hipercor”, tenía que dejarla allí y volver. Como pueden suponer aquello me contrariaba, ¡ pero aún no había llegado lo peor ¡, lo peor fue al volver al inmenso aparcamiento, ¡era del tamaño de gigantes, de titanes ¡, ¡ no encontraba mi coche ¡. Primero comencé a buscarlo tranquilo, después inquieto, al final desesperado. Nada. No estaba. Con el agua al cuello, muy angustiado, llamé a un ordenanza, este a un portero, aquel a un guardia jurado, este a un motorista, creo que al final apareció la policía y hasta la guardia civil. Por fin encontraron mi coche y con él un gerifalte impecablemente trajeado de “Hipercor”. No pude más y le dije que no encontraba “Hipercor”, él, levantando los brazos al cielo dijo, “¡ es imposible, aquí todo el mundo sabe donde está “Hipercor”, todo el mundo lo conoce ¡” “ No es verdad – le grité – he preguntado a diez o doce personas y nadie lo conocía - y desesperado añadí –; esto hace unos años era un poblacho, una aldea llena de cabras y de ovejas”. ¡ Habrase visto ¡ - exclamó el gerifalte”. “Es verdad”, sonrió por lo bajinis uno de los guardias que tenía mi edad.

En fin pasó mucho tiempo y no tuve mi camisa, pero ya me dio lo mismo, había arrojado la toalla, me era igual la boda, que la camisa y que todo lo demás. Procuré desde entonces esquivar esas ciudades “fantasmas”, lo que quedaron después en llamar ciudades dormitorio .
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