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Lecciones de Historia en Rodiezmo

sábado 08 de septiembre de 2012, 21:19h
Me cuento entre quienes esperan con ilusión al acabar cada verano la celebración de Rodiezno. La mía no es la ilusión de los asistentes, la propia de los adultos en las fiestas de disfraces, haciéndose pasar por lo que no son pero querrían haber sido seguramente. Lo mío es deformación profesional, porque ningún historiador dejará de disfrutar esa reconstrucción tan trabajada de lo que puedo haber sido un obrero de la minería hace un siglo. Era por entonces el de los mineros un sector mejor pagado que la mayoría pero empleados en un oficio penoso y peligroso y ambas cosas contribuyeron a que fuesen los que con mayor amplitud y eficacia se organizaran, desarrollando una mística de sí mismos y de la redención social que inexcusablemente incluiría la fuerza.

En nada se parecen las condiciones laborales y la forma de vida de los mineros de hoy a los de entonces, ni la sociedad de comienzos del siglo XXI a la que tuvo el carbón por principal combustible, pero al parecer muchos mineros y los distintos figurantes que con ellos se reúnen queriendo como mimetizarse creen en las proyecciones astrales, ésas por las que dicen que se puede ir a vivir en el pasado. Y ahí es donde el historiador puede disfrutar y aprender, no tanto con el atrezzo y sastrería (pues en toda fiesta de reconstrucción histórica hay sus anacronismos, y hasta los protagonistas pueden dejarse el Rolex puesto) sino con las actitudes, los eslóganes, los gestos y sobre todo la retórica, un conjunto por el que pareciera no haber pasado el tiempo, y seguramente no ha pasado.

En esas subculturas la veneración por los patriarcas fundadores es inalterable, de modo que se repiten sus mismos planteamientos dualistas sobre la sociedad, su visión maniquea que divide entre la virtud propia, absoluta, y la no menos absoluta y punible maldad de los otros, su discurso ampuloso y los periodos tajantes y conminatorios. También la misma sorda suspicacia hacia la sociedad liberal, sus instituciones, reglas y requisitos; igual despecho por la democracia política si no es instrumento propio exclusivo. Los oradores de este año, que no han podido parecerse más a los del año pasado, como aquéllos a los del anterior, han recitado con garbo los parlamentos de siempre que tanto agradan a la concurrencia, pero como los cómicos de oficio no han omitido las oportunas morcillas de actualidad. La más celebrada y reiterada ha sido ese nuevo mantra de la izquierda española sobre la obligación de que el gobierno someta a plebiscito su ejecutoria y su misma continuidad, bajo el argumento especioso de que sus decisiones no estaban incluidas en el programa electoral. No es que el gobierno haya hecho algo más allá de sus competencias, es simplemente que sus decisiones no gustan a quienes hubieran querido que no ganara las elecciones; y ciertamente tampoco a quienes lo deseaban.

Inútil aducir que ya pregonó aquel maestro del oportunismo socialista que fue Tierno Galván cómo los programas electorales están para incumplirlos (un punto de vista que, por cierto, compartió en su época José Antonio Primo de Rivera). Que el anterior gobierno, al que tan solícitamente asistieron los mismos que ahora reclaman, tomó decisiones en cosas tales como la regulación del aborto o trapichear con terroristas que no figuraban en sus compromisos electorales y que bien hubieran merecido una consulta. Se trata de hechos, y en este tipo de izquierda lo que suele hacerse con los hechos es ignorarlos si no es posible manipularlos. Lo relevante del asunto es que más allá de su función como recurso para el navajeo político, esta súbita pasión por los referenda descubre algo más serio: el sentido instrumental que la democracia tiene para la izquierda española fetén, la que oyó sin salir corriendo como Pablo Iglesias decía aquello de “estaremos en la legalidad mientras nos convenga”. O sea, que las decisiones mayoritarias son respetables sólo si coinciden con las propias preferencias y que la alternancia política sólo es estimable como principio si nunca puede implicar que manden otros. Y un instrumento para hacerlo posible es la deslegitimación de la democracia representativa para exaltar la participativa, la asamblearia y plebiscitaria en la que las minorías radicales y organizadas desplazan a las mayorías poco activas y retraídas imponiendo decisiones. Uno de los valores de la democracia representativa con comicios libres y regulares es, precisamente, que garantiza la voz de quienes rehúyen la política en la calle.

La democracia ateniense que, idealizada, sirve como arquetipo poético de este delicado mecanismo político tuvo mucho de democracia participativa, lo que no contribuyó precisamente a la difusión y pervivencia del modelo. Su asamblea solía ser un tumulto confuso en el que gritos y ruidos bien orquestados acallaban la voz de los opuestos a las facciones organizadas y jaleaban a los demagogos en sus propuestas de resoluciones ad hominem. Por eso los clásicos más juiciosos definieron al demagogo como aquel que “pretende que el pueblo es señor incluso de las leyes” para usarlas a capricho, y sostuvieron que la salud de una democracia sólo descansaba en la observancia de las leyes, es decir los principios y las reglas de juego.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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