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In Memoriam: Horacio Vázquez Rial

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 08 de septiembre de 2012, 21:22h
Esta semana ha muerto Horacio Vázquez Rial, historiador, periodista, novelista y uno de mis amigos más queridos. España ha perdido con él a uno de sus ensayistas más lúcidos y más agudos justo ahora, cuando más los necesitamos. Disculparán, pues, que esta semana no mencione las esperanzas que tengo puestas en el recurso de la fiscalía contra la excarcelación de Bolinaga o mi preocupación por las ocurrencias de ciertos políticos que se demoran en la superficie de los problemas. En estos días, la ausencia de Horacio lo llena todo.

Desde el callejero de su Buenos Aires natal hasta los horrores de los totalitarismos, Horacio tenía un conocimiento vastísimo de muchísimas cosas. Con él se podía charlar lo mismo de tangos y del Lejano Oeste que de la situación política de esta España nuestra. Español universal, catalán cosmopolita, porteño siempre, su obra comprende desde el género biográfico –poca gente ha conocido como él las figuras de Perón, Evita o Liniers- hasta los cuentos y el columnismo periodístico, un género en el que era particularmente agudo. Sus reseñas literarias eran deliciosas y combinaban la erudición y la divulgación. A veces, uno se compraba el libro sólo para dar contexto a lo que Horacio escribía en su crítica. Sus columnas sobre política internacional planteaban desafíos como quien arroja un guante antes de batirse en duelo. Pocos periodistas se han comprometido tanto en la defensa de Occidente y sus valores frente a la barbarie, la irracionalidad y el fanatismo. Europa, Estados Unidos, Israel, Occidente, en suma, son la piedra angular de un pensamiento que se ha prodigado en libros, columnas y artículos.

Se ha escrito mucho en los últimos días sobre sus novelas más famosas: El soldado de porcelana, La historia del triste, Frontera Sur... Déjenme recordar Las leyes del pasado, que trata un asunto tan desconocido como la importancia de la mafia –o debiera decir de las mafias- en la historia de la Argentina contemporánea. Si uno cree que el crimen organizado era sólo cosa de Nueva York o Chicago, debería ver cómo se las gastaban los mafiosos en Buenos Aires o Santa Fe a comienzos del siglo XX. Pocos autores se han adentrado como él en la oscuridad de la mafia judía o la italiana cuando los barcos llegaban a la Argentina cargados de emigrantes de medio mundo. Las propias comunidades judías reaccionaron y colaboraron con las autoridades para acabar con los delincuentes judíos. A los proxenetas se les prohibió el entierro en el cementerio judío de Buenos Aires así que, en 1921- si la memoria no me falla- se creó uno para ellos en Avellaneda. No sé de ninguna otra ciudad en el mundo que haya tenido un cementerio de rufianes. Naturalmente, esta historia me la contó Horacio.

Se me ha ido uno de los mejores conversadores que he conocido. Escuchaba como pocos y daba réplicas que, a veces, parecían estocadas y, a veces, abrazos. Era irónico, sin ser descortés. Era como si el Once, el Eixample y el barrio de Salamanca se hubiesen conjurado para alumbrar a un caballero único. Siempre elegante, siempre seductor, siempre cercano con todos. Jamás olvidaré cómo tarareaba tangos y evocaba los alfajores de dulce de leche. Debía de haber leído todas las novelas negras. Le gustaba el café con leche, la pizza y el cine. Frecuentó la amistad de Juan Marsé, de José Agustín Goytisolo y de tantos, tantísimos otros.

La civilización judeocristiana y la herencia de Grecia y Roma, proclaman la razón, la dignidad del ser humano, la vida y la esperanza. Horacio vivió hasta el final apegado a la vida, aferrado a ella, luchando a brazo partido contra la larga enfermedad maldita. Nuestra civilización afirma la prevalencia de la vida sobre la muerte y de la esperanza sobre la desesperación. Horacio creyó firmemente en esto y a ello consagró su obra y sus vida entera. Deja a dos hijas maravillosas que han sido la mayor felicidad de su vida y a una multitud de personas que lo quieren y lo recuerdan. España ha perdido a uno de sus intelectuales más preclaros y yo he perdido a uno de mis mejores amigos. He compartido con él muchas cosas que ahora no puedo recordar porque la tristeza no me dejaría terminar esta columna.

Sin embargo, la propia coherencia con lo que Horacio creía – y en lo que yo también creo- me impide terminar esta columna sólo con el llanto. Creo que la esperanza y la vida prevalecen al fin sobre la muerte –que, como cantan los legionarios, no es el final- y de algún modo sé que Horacio –al igual que el yiddish- aún no ha dicho su última palabra.

Esta columna llora hoy la muerte de mi amigo Horacio Vázquez Rial pero da gracias a la vida por haberlo conocido.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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