LA REVUELTA DE LOS MEDIOCRES
lunes 21 de abril de 2008, 00:08h
Dicen que la victoria tiene muchos padres, y la derrota, ninguno. En el caso del PP, el resultado de las últimas elecciones ha hecho que algo se mueva dentro del partido. De hecho, parece que han empezado a arrojarse "paternidades" de culpa los unos a la otra; es decir, Esperanza Aguirre versus "los marianistas". Dejando aparte otro tipo de consideraciones, hay algo innegablemente positivo en la caja de Pandora que ha destapado Esperanza, y es que por fin se habla de ideas sin complejos. No cabe duda de que los dos partidos mayoritarios en España, PSOE y PP, aglutinan en su seno más de una sensibilidad. De hecho, el primero ya manifestó hace años su intención de ser "casa común de la izquierda". En el PP, otro tanto, o al menos, eso debería ser.
Dicho lo cual, asistimos estos días a un posicionamiento a favor de Rajoy como antes no se había visto, y que no parece del todo auténtico. Quizá sea por miedo. La Presidenta de la Comunidad de Madrid ha levantado la liebre de la tormenta de ideas, y eso ha puesto nervioso a más de uno. Ella se define como liberal, y no tiene complejos en que la tachen como "mujer de derechas". ¿Y el resto? Pasto de una endémica indefinición, diluidos en una nebulosa descafeinada y "arriolista" que tiene confuso a más de uno. Rajoy acumula ya dos derrotas electorales, y si hoy se celebrasen elecciones, posiblemente habría que sumar una tercera. Aferrarse a la poltrona con ayuda de acólitos mediocres no se antoja la mejor solución para el enorme problema que tiene la derecha. Las primeras decisiones del líder popular tras su derrota dejan bien a las claras que nada ha cambiado en su huída hacia delante. Se ha rodeado de sus fieles -y no siempre capaces-, enrocándose en un laisser faire que a nada conduce. El presunto "puñetazo en la mesa" ante las declaraciones de Aguirre, invitándola -sin citarla, eso sí- a abandonar el barco popular para enrolarse en mejor nave liberal o conservadora es la única intervención conocida de Rajoy en su letargo post electoral. Quizá el PP debería mirar más hacia el futuro y entender que el debate de ideas, lejos de ser tabú, es muy saludable para la supervivencia de cualquier formación política. Antes de caer fulminado, presa por igual de la inacción y el "fuego amigo".
ETA: LA VIOLENCIA QUE NO CESA
En menos de 72 horas, ETA ha atentado dos veces contra instalaciones del PSE. La noche del jueves cinco kilos de explosivo destrozaban una Casa del Pueblo de Bilbao, mientras que el sábado por la noche le tocaba el turno a la sede socialista en la localidad guipuzcoana de Elgoibar. Mientras seguimos en disquisiciones absurdas sobre la actitud de los concejales de EB en el Ayuntamiento de Mondragón, o las divisiones en el seno del PNV al respecto, la realidad sigue su curso inexorable. Los hechos son claros y contundentes. Tanto como los cascotes a los que se han visto reducidos dos recintos pensados para albergar a los militantes y simpatizantes de un partido que, para su desgracia, obstaculiza el megalomaniaco plan de una banda de asesinos.
Afortunadamente, no ha habido que lamentar víctimas mortales en ninguno de los dos atentados. Pero esto no debe hacernos olvidar la gravedad de estas acciones que, ante todo, buscan crear un clima de terror que acabe con la libertad democrática. El único idioma que entienden los terroristas es el del miedo y su único objetivo destruir la diferencia de pensamiento. En otras palabras, les mueve un afán totalitario que disfrazan bajo una amalgama nacionalista que se deslegitima por el uso impositivo que hacen de la violencia. Los partidos democráticos deben asumir que el único enemigo a batir es aquél que les impide a hablar y expresarse en libertad: ETA. Si no entienden que, por encima de sus diferencias ideológicas, están en el mismo equipo, el de los demócratas, ETA habrá ganado la batalla. No porqué algún día llegue a lograr la independencia vasca. La habrá ganado cuando consiga erradicar la diferencia y el derecho a pensar y vivir de mil maneras diferentes, en el seno de una misma sociedad. Y eso se llama totalitarismo.
ELECCIONES EN PARAGUAY
Tras 61 años de hegemonía del partido conservador colorado, el candidato de izquierdas Fernando Lugo ganó las elecciones celebradas ayer en Paraguay con un 40,83 por ciento de los votos, frente al 30,71 por ciento de las oficialista Blanca Olivar. Todas las encuestas apuntaban a la victoria de Lugo, a quien muchos acusan de ser un populista peligrosamente cercano a Hugo Chávez, pero nadie esperaba que la diferencia con Olivar fuera tanta. La duda que se plantea ahora es cómo se las va a arreglar este ex obispo para gobernar un país que lleva 61 años acostumbrado a unos modos de hacer política completamente alejados de los suyos. No hay que olvidar que la Asociación Nacional Republicana, más conocida como partido colorado, fue la base sobre la que se apoyó la dictadura de Alfredo Stroessner, que duró 30 años.
Más allá de discusiones acerca del valor político de Lugo, lo cierto es que el escenario político paraguayo, hacía tiempo que pedía a gritos un soplo de aire fresco. El ANR se había convertido en una especie de partido estatal que utilizaba los recursos nacionales para sus propios fines, a través de un sistema clientelar, muy alejado de los usos democráticos deseables. En los últimos tres años, el ANR instauró el fraude electoral y la manipulación de las actas electorales como método, ante la indignación de la sociedad paraguaya. Así pues, hacía falta un cambio que demostrara que el partido colorado no es imbatible ni, mucho menos, la única opción posible. Se puede decir, por lo tanto, que la democracia paraguaya se ha visto reforzada tras estos comicios ya que se ha oxigenado. Otra cosa es que Lugo sea la persona más adecuada para el puesto.
El partido que encabeza Lugo, la Alianza Patriótica por el Cambio, engloba a todos los sectores de la izquierda, desde la más radical, representada por el Movimiento al Socialismo, pasando por la socialdemocracia moderada del Partido Liberal Auténtico. A pesar de estar en su misma onda ideológica, el primer gran preocupado por la victoria de Lugo debería ser el presidente brasileño Lula da Silva, ya que el discurso de Lugo en la campaña se ha centrado en la defensa del nacionalismo paraguayo, con tintes marcadamente antibrasileño. Entre otras cosas, ha propuesto que se aumente en un 500 por ciento la energía excedente que este país compra de la empresa paraguaya Itaipú.
La otra pata que sustenta su discurso es la apelación a los sectores más pobres de la sociedad, defendido con un lenguaje de tintes chavistas, flanco por el que sus adversarios políticos han tratado de atacarle. La gran duda ahora mismo es saber si Lugo se revelará, como esperan sus enemigos, como un nuevo Chávez o si abrazará las opciones más moderadas de su partido, imitando el modelo de Bachelet o Lula. Decida lo que decida, hay que exigírsele que respete la legitimidad de una joven democracia, instaurada hace menos de 10 años, que necesita asentarse por encima de los partidos políticos. La alternancia limpia y justa, base fundamental de un sistema democrático, se ha visto garantizada tras estas elecciones. Ahora sólo queda ver si Lugo será capaz de manejar con responsabilidad el definitivo asentamiento de una auténtica democracia en Paraguay.