El espectáculo
Cristobal Villalobos Salas
lunes 10 de septiembre de 2012, 20:30h
A Mario Vargas Llosa, marqués por gracia borbónica, la “jet” le organiza fiestas de despedida en Marbella con el cariño que los ricos saben dar a aquellos escritores que ya han pasado a la posteridad, pero de los que no han leído un solo libro suyo en la vida. A don Mario ya no le hace falta tragar con según qué cosas, así que suponemos que se encontrará a gusto en esos ambientes, o bien aprovechará dichos compromisos para tomar notas mentales con las que dar forma a su próxima obra.
Como creo que no coincidiré con el peruano en ninguna noche marbellí, puedo reconocer, ante el asombro de la concurrencia, que he intentado más de dos veces leer “Lituma en los Andes” y “Conversación en La Catedral”, no pasando en ninguna de las ocasiones de las tres o cuatro primeras páginas. Vamos, que me parecen un auténtico coñazo.
Lo que si estimo de la figura del Nobel hispano-peruano, a parte de su percha y su innata elegancia de noble criollo, es su altura como intelectual, que muestra claramente en su último ensayo titulado “La civilización del espectáculo”.
En él reflexiona sobre la banalización de las artes, por supuesto también de la literatura, el triunfo del periodismo sensacionalista o la frivolidad de la política que caracterizan la cultura de una sociedad, la nuestra, la que llamamos contemporánea, que cultiva como finalidad suprema la diversión y el entretenimiento.
Para Vargas Llosa la cultura, que antes funcionaba como método de compromiso con la realidad, actúa ahora como mecanismo que nos distrae de los males y penurias de nuestro mundo. En este contexto, la figura del intelectual, que él mismo representa de forma tan clara, ha pasado totalmente a la marginalidad.
Mientras redacto estas líneas, y por eso las escribo, tengo en mi ordenador las portadas de cuatro o cinco diarios. Las noticias más destacadas, así como las más leídas, son similares en los diferentes medios. Deportes, notas intrascendentes sobre nuevas tecnologías, encuestas absurdas y cotilleos aderezan una primera plana protagonizada por un eccehomo vanguardista, una concejala cachonda y un león del Congreso al que le faltan sus atributos viriles. En espacios mucho más pequeños, entre la marabunta del circo ibérico, el avezado lector, que alguno quedará, lee auténticas noticias en las que se denuncia la no contratación de médicos en un hospital, el despido de profesores o las declaraciones de un Nobel de física que clama ante los recortes en investigación.
Lo que debería ser complementario, accesorio, un simple divertimento, ha acabado por convertirse en el eje central de nuestro día a día. Somos frívolos de pura ignorancia.