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CRÍTICA

Edurne Uriarte: Desmontando el progresismo. La izquierda en sus cavernas

domingo 16 de septiembre de 2012, 15:07h
Edurne Uriarte: Desmontando el progresismo. La izquierda en sus cavernas. Gota a Gota. Madrid, 2012. 328 páginas. 19 €
Todo el que haya leído La rebelión de las masas podrá recordar aquella lapidaria frase de su autor: “Ser de izquierdas como ser de derechas es una de las formas posibles que el hombre elige de ser un imbécil, ambas son formas de hemiplejia moral”. El tiempo transcurrido desde que Ortega publicó aquello, en 1930, no ha restado un ápice de vigencia a su crítica. Mucho después, el politólogo Giovanni Sartori (a quién reseñábamos recientemente aquí) hacía balance de algunas de sus frustraciones como pensador de la política en los siguientes términos: “Desde que tengo memoria, yo he vivido entre pensamiento de derechas y pensamiento de izquierdas (…), ¿somos de verdad libres de pensar libremente? La respuesta es no, todavía no. La verdad de derechas y la verdad de izquierdas está todavía con nosotros”. Y, es cierto, lo que el propio Sartori llama la “tiranía de la ideología sobre el pensamiento” sigue empobreciendo nuestra comprensión de la política. Aunque, a juicio de la profesora Edurne Uriarte, el problema no es simétrico.

En opinión de Uriarte, al haber dominado el debate de las ideas políticas durante las últimas décadas, el pensamiento de izquierdas, o lo que los portavoces de la izquierda denominan progresismo, tiene hoy más culpas que expiar que el pensamiento de derechas en el terreno de la distorsión y la incoherencia. De hecho, el “progresismo” de la izquierda bien puede ser considerado como un mito extendido y sostenido gracias al predominio de la izquierda en la creación intelectual y los medios de comunicación. Deshacer ese mito, como se aclara desde el propio título, es el propósito de Desmontando el progresismo. Para realizar ese fin la autora se implica en un pormenorizado análisis sobre la retórica y el argumentario desplegados por los principales medios de prensa y portavoces políticos e intelectuales de la izquierda, tanto españoles como europeos y estadounidenses, respecto a un variado conjunto de temas: el terrorismo y el pacifismo, el feminismo, el nacionalismo, la integración del Islam. En todos ellos se procura poner de manifiesto las contradicciones en las que incurre el progresismo, en parte debido a una estrategia y en parte a un reflejo, ambos orientados a un blanco común: la deslegitimación permanente y radical de toda voz y propuesta procedente de la derecha orgánica e intelectual.

Los juicios emitidos sobre la izquierda son duros, graves. En algunos casos parecen incluso extremos, y difícilmente podrían dejar de serlo cuando se parte de la suposición de que, al menos en el ámbito de las ideas, la distinción entre izquierda moderada e izquierda extrema se ha vuelto improcedente. Se esté de acuerdo o no con ello, lo que no puede negarse es que la autora apoya sus tesis en una abundante batería de pruebas de cuya acumulación y estudio emerge un retrato muy poco favorecedor del progresismo y de sus apoyaturas ideológicas. El actor y pensador progresista aparece con un perfil arrogante e intolerante que no admite paliativos ni negación, a juzgar por los palmarios ejemplos escogidos: el intelectual que se resiste a criticar el Gulag o las masacres de Pol Pot en Camboya, el alto cargo político que insinúa una acusación de fascista al movimiento que se opone a una negociación con ETA, el periodista que atribuye los atentados del 11-M a la política internacional de Aznar, la feminista que se muestra comprensiva con el velo islamista o aquella otra que se opone a incluir a Margaret Thatcher en la lista de las mujeres más influyentes del Reino Unido durante la segunda mitad del siglo XX o el cineasta que explica la adhesión de uno de sus personajes al Partido Republicano como efecto de una lesión cerebral. Hasta qué punto son estos casos representativos del sentir general en la izquierda no es cuestión que se aclare en este texto, aunque su autora tampoco pretendía elaborar un estudio sociológico sino un análisis ideológico. Y esto se consigue plenamente.

Con todo, tampoco faltan algunas grietas en las que se podría hacer mella ni acusaciones discutibles. Sobre todo, el empeño en construir una crítica que abarque al conjunto de la izquierda, tanto española como internacional, con escasos matices, comporta algunas asimilaciones seguramente excesivas. Por otro lado, Uriarte termina el texto con un esfuerzo adicional dedicado a poner en valor a los neocon o movimiento neoconservador norteamericano, al que se presenta como la “única alternativa intelectual” con capacidad para contrarrestar el discurso progresista. Aparte de la ignorancia de la que han hecho gala no pocos progresistas al criticar aquel movimiento (algo que Uriarte demuestra sobradamente), no queda nada claro cuáles han sido las aportaciones positivas que los neocon lograron gracias a su amplia influencia sobre la Administración Bush. Y de las negativas (como el fiasco de la guerra de Irak), la autora no habla demasiado, salvo para plantear una dudosa equiparación entre la intervención en Irak y la más reciente en Libia (considerada, con mucha razón, como gran muestra del falso pacifismo progresista).

En suma, nos encontramos con un libro destinado a la polémica. Por desgracia, en España la polémica sólo se practica en modalidad navajera. La otra, la polémica intelectual, centrada en argumentos y libre de descalificaciones personales, que es motor de evolución mental, desagrada, cansa y da miedo. Quien redacta este comentario ignora hasta qué punto los terminales intelectuales y mediáticos de la izquierda han prestado atención a este libro y discutido sobre el mismo. Mucho nos tememos que el trato otorgado desde ese ángulo vaya a ser escaso y más bien descalificatorio. Pero lo cierto es que todos los que se interesan en el trasfondo ideológico de la política de nuestro tiempo, sea cual fuere su “color” político, harían bien en leer este libro.

Por Luis de la Corte Ibáñez
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