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L’Estat Catalá y la legitimidad del despropósito

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 17 de septiembre de 2012, 20:37h
Desde hace tiempo me produce una especial irritación la cuidadosa insistencia con que muchos comentaristas, cuando se refieren a hechos o tomas de posición obviamente absurdos y carentes de cualquier justificación o razonabilidad, se preocupan de dejar bien patente que, claro está, se trata de posiciones legítimas y, por lo tanto respetables. Es una de las manifestaciones más evidentes de esa epidemia de corrección política que nos inunda y, que en mi opinión, es una muestra de estupidez colectiva. Si con la referencia a la “legitimidad” lo que se quiere decir es que nos hallamos ante hechos que no son delictivos, estaríamos de acuerdo pero con muchas matizaciones. La primera de ellas es que, con toda garantía, no haya en tales situaciones indicios de delito. Pero mucho más importante es subrayar que no todo lo que no es delictivo es respetable: Circulan a nuestro alrededor personas que no son delincuentes (al menos de momento) que no tienen nada de respetables. La respetabilidad –más allá de la dignidad que se debe reconocer a cualquier ser humano- no es un dato previo sino que, especialmente en los personajes públicos, se gana o se pierde con su actuación. En la misma línea está esa otra difundida y “correcta” muletilla según la cual “todas las opiniones son legítimas”, si no se añade inmediatamente que, muchas de ellas, son, además, necedades supremas.

Me provocan estas reflexiones muchos de los comentarios leídos y oídos a propósito de la Diada y, especialmente, de la actuación de Artur Mas –que imagino pasará a su “patriótica” biografía personal como un excelso momento de gloria- por más que haya carecido de cualquier originalidad, pese a los titulares de los periódicos y a las entradillas audiovisuales. Desde que a finales del XIX aparece el nacionalismo político –tomando el relevo del moderado catalanismo que, con todo derecho, aspiraba a recuperar señas de identidad del Principado, perdidas u olvidadas- no ha tenido más que dos objetivos: La independencia, casi siempre sin demasiada prisa, y, mientras tanto, sacarle al Gobierno de la Nación todo lo que fuera posible con el pujoliano pretexto de “la ayuda a la gobernabilidad del Estado” que, muy a menudo y en un lenguaje que seguro que entienden muy bien algunos de sus amigos expertos en comisiones y banquillos, no es más que puro chantaje. Artur Mas, en Madrid, ha hecho con ambos objetivos –independencia y, ahora, pacto fiscal- un bonito ramillete, envuelto en un equívoco lazo rojigualda, que ocultaba la angustiosa petición de 5.000 millones. No hay nada nuevo en el nacionalismo catalán.

Artur Mas no ha llegado a proclamar l’Estat catalá, pero ha estado a punto, en ejercicio de esa táctica de amenazar y no dar que es otra de las características del nacionalismo. Acaso porque recordaba el ridículo desenlace que tuvieron las dos anteriores ocasiones en que se proclamó “l’Estat catalá”. La primera fue el 14 de abril de 1931, antes incluso de que se proclamara en Madrid la II República. El viejo ex coronel Maciá, líder precisamente del partido que se autodenominaba Estat catalá, salió al balcón del Ayuntamiento y, con toda solemnidad, se dirigió así a los congregados en la Plaza de San Jaume: “En nombre del pueblo de Cataluña proclamo l’Estat catalá, que con toda cordialidad procuraremos integrar en la Federación de repúblicas Ibéricas”. Después cruzó la plaza y desde el balcón del Palacio de la Diputación hizo la misma proclama con pequeñas variantes. Salvo los gritos de “Visca En Maciá. Mori En Cambó”, aquello no tuvo mayor transcendencia. Aprobada la Constitución republicana, Cataluña obtendría su Estatuto de autonomía y obtuvo un nivel de autogobierno inédito en su historia.

La segunda ocasión fue el 9 de octubre de 1934, con la revolución de Asturias iniciada por el PSOE y ya en marcha. Era presidente de la Generalidad Companys que, azuzado por su consejero de Gobernación, el fascista Dencás (son bien conocidas sus admiraciones y su defensa del partido único), salió también al balcón para proclamar “l’Estat catalá de la República Federal Española”. (Por cierto que Companys cuando volvía del balcón iba diciendo, como recuerda Jesús Pabón: “Para que ahora digan que no soy catalanista”, lo que demuestra su escasa convicción o su neto escepticismo). Pero aquello terminó muy mal porque el general Batet, de acuerdo con el ministerio de la Gobernación de la República, proclamó el estado de guerra y en pocas horas acabó la ridícula intentona, no sin algunas bajas.

Como entonces, el nacionalismo no apela a las ideas, de las que carece, sino a los sentimientos. (¿Será el virus de aquella famosa universidad de Cervera, catalana y absolutista, a la que se atribuye aquello de “lejos de nosotros la funesta manía de pensar”?). La gran queja de Mas en Madrid es que el Estado no es “amable” y que existe una supuesta “fatiga mutua”. No sin aludir (el doble lenguaje es una especialidad nacionalista) a la “relación intensísima” que el futuro Estat catalá, mantendrá con España, sin haber contado todavía, por descontado, con esta supuesta amputada España. Toda una especialidad pujoliana. Se ve que Mas aprende deprisa y prepara, con el mismo cinismo que su maestro, el próximo encuentro con el Presidente de la Nación.

Tendrían que leer Mas y sus acólitos un discurso de Cambó, también en el año 1934, a propósito de la famosa polémica sobre la ley de cultivos y los arrendamientos rústicos. Decía Cambó en las Cortes: “ Hay que evitar que el problema se convierta en sentimental, porque cuando hay un problema sentimental los espíritus se conturban y los cerebros no reflexionan, y es entonces cuando se preparan las grandes catástrofes; y hay que evitarlo, porque hay gentes, tanto en Cataluña como en Madrid, que hace mucho tiempo que están buscando que se provoque este conflicto sentimental” Y añadía: “Hay en la actualidad en Cataluña, muchos hombres que no son de Esquerra…que están sinceramente equivocados, pero sinceramente convencidos de que en estos momentos el Gobierno de la República y el Parlamento de España son enemigos de Cataluña”. Una situación semejante a la actual. Ninguna novedad en ocho décadas. Pero habría que hacer una precisión: Esa equivocada convicción, ese odio incluso a España, tildada como responsable de todos los males y miserias de Cataluña, no es ahora un fenómeno espontáneo sino el fruto, buscado durante treinta años por los nacionalistas, por medio de una sistemática campaña de agitprop, que ha usado a la educación, a los medios de comunicación, a todas las instituciones públicas y privadas para conseguir el resultado de la deshipanización de Cataluña y esa fatiga, provocada, a la que se refería Mas.

Lo de Mas no da para más. Algunas otras alusiones, como la referencia a la OTAN, son casi de carcajada. ¿Por qué no se estudia la “opinión” –así denominada- del Tribunal Supremo de Canadá ante la supuesta secesión de Québec? La doctrina es clara: Una independencia unilateral deja al nuevo Estado fuera de todas las organizaciones internacionales a las que pertenece el Estado de que se separa.

Pero, a cada cual lo suyo, el único éxito de Mas es el de manifestación “masiva”, por la masa y por Mas. Pero quizás no le vendría mal leer a otro catalán Josep Pla que, allá por 1935, escribía: “Las concentraciones de masas tienen un defecto; y es que no tienen límite. Estos amontonamientos siempre pueden superarse con otro amontonamiento posterior que contenga una unidad o un cero más”. Aparte del aroma totalitario que despiden estas actitudes que, al final, condenan a la exclusión a quienes no comparten el credo colectivo. Todos con la estelada porque, si no, no merecerá siquiera el nombre de catalán. Es lo que latía en el lema hitleriano: “Ein Volk, ein Reich, ein Führer”.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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