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Santiago Carrillo: memoria histórica

martes 18 de septiembre de 2012, 21:04h
Con Santiago Carrillo se cierra una de las páginas más abyectas de una Guerra Civil en la que el personaje en cuestión tomó parte activa. 76 años atrás, el día 6 de noviembre de 1936 Madrid se teñía de rojo. Los nacionales se hallaban a las puertas de la capital, y el gobierno republicano huía a Valencia, dejando al general Miaja al mando de la defensa de la ciudad y a un tal Santiago Carrillo Solares como consejero de Orden Público. En la cárcel Modelo, la de Ventas -ambas hoy desaparecidas- y las “checas” o centros de detención y tortura se hacinaban más de 10.000 personas. Había oficiales del ejército, políticos, abogados, médicos y empresarios cuyo denominador común era su oposición al régimen de entonces. Pero en su mayoría se trataba de gentes que pagaban con la cárcel su ideología política o sus creencias religiosas -muchos estaban entre rejas sólo por ser católicos-.

Se estima que casi 5.000 de ellas fueron asesinadas en Paracuellos. Las órdenes venían directamente de la consejería de Orden Público, de la que Carrillo era su máximo responsable. La mayoría de los que sobrevivieron a aquel infierno -no quedaron muchos- le señalan como principal autor de aquello, así como también los que tomaron parte en la matanza y que fueron detenidos con posterioridad. De todo lo que se ha escrito, personalmente, me quedo con Paracuellos: así fue, de Ian Gibson -autor cuya ideología no es precisamente conservadora-; quien tenga dudas, que le eche un ojo a su magnífico libro.

Al menos, los fusilados en Paracuellos acabaron rápido. No así los que fueron salvajemente torturados en las “checas” de Madrid, con la connivencia -cuando no la orden directa- de la consejería de Orden Público. Acabada la contienda, Carrillo se exilia a París, donde acabará haciéndose con la jefatura del Partido Comunista. Aquí no hubo sangre de por medio, aunque sí más de una purga; todo aquel que osaba contradecirle era defenestrado. O peor. Julián Grimau, histórico líder comunista fusilado por Franco en 1962 murió convencido de que fue Carrillo quien lo entregó. Otro tanto pueden decir la mayor parte de delegados comunistas que se jugaron el bigote cruzando la frontera para asistir al congreso que aupó a Carrillo a lo alto del PCE y que, curiosamente, fueron detenidos a su regreso. ¿Quién les delató? Los documentos en los que se evidenciaba el nombre de su instigador desaparecieron misteriosamente. Toma memoria histórica.

Franco sería la coartada perfecta de alguien que, parapetado tras una supuesta lucha contra la dictadura dedicó sus últimos años a airear inquina y resquemor desde los micrófonos de la SER. Defensor a ultranza del régimen cubano, el separatismo vasco y catalán y de los asesinatos cometidos durante la Guerra Civil, en él encaja aquella máxima de Albert Einstein que rezaba: “el mundo no sólo está amenazado por las malas personas sino también por aquellos que permiten la maldad”. Hoy habrá quien le tilde de “paladín de la democracia” y realce su figura. Mandangas. Carrillo fue un sembrador de odios y vilezas, y por lo único que luchó fue por sí mismo y por el exterminio de los que no le gustaban. Tanta paz lleve como dolor causó. Ha tardado demasiado en llegar San Martin.
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