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Carrillo, el hombre que no ganó ninguna guerra

martes 18 de septiembre de 2012, 21:14h
Los 97 años de vida de Santiago Carrillo Solares, el líder del Partido Comunista de España en el tercio final del franquismo hasta la victoria del PSOE de Felipe González en la Transición, han dado para mucho. De hecho, ha habido muchos Carrillos. Desde el que padeció en su juventud republicana “el izquierdismo, como enfermedad infantil del comunismo”, con un abrazo a la revolución proletaria, hasta el utilitario colaborador de la Transición protagonizada por la Monarquía; desde el hospedaje en dictaduras estalinistas, hasta su búsqueda de un lugar bajo el paraguas democrático del eurocomunismo; desde el liderazgo implacable en su organización, hasta el exilio interior por sus fracasos; desde su figura como símbolo de la crueldad de la Guerra hasta su presencia como invitado en los cócteles del sistema.

Muchos Carrillos que dan para mucho. Sólo por quedarnos en los últimos tiempos, desde la legalización del Partido Comunista (1977) hasta nuestros días, Carrillo fue posibilita, pactista con la izquierda aunque siempre rechazado por el PSOE; quedó ausente desde que fue aplastado por el triunfo de Felipe González en 1982, y sólo emergió para enfrentarse visceralmente con la derecha tras el triunfo de Aznar. Pareció reactivarse con ilusión por Zapatero, quizá porque le producía nostalgia el infantilismo y, por supuesto, estaba fascinado con su memoria histórica. Y terminó como siempre había sido: antagonista de la derecha y de la Iglesia, socarrón, autoexculpado, lúcido y políticamente más sólo que la una, porque poco afecto quedaba de sus camaradas, y menos de los oponentes, salvo el de permitirle que participara en sus saraos y en sus homenajes como personaje que ya no era peligroso sino pieza de museo.

El problema de Santiago Carrillo, que utilizó a muchos muchas veces, es que también fue utilizado, se diese o no cuenta. Adolfo Suárez le usó al legalizar el Partido Comunista, lo que si bien causó numerosos problemas al primer presidente de la democracia, le aportó una ayuda inestimable al fragmentar el voto de la izquierda ante la pujanza del PSOE respaldado por poderosas fuerzas mundiales.

Si a este hecho se añade el antiguo anticomunismo de los socialistas, se entenderá por qué si de alguien habló siempre con ensañamiento Felipe González fue de Carrillo. Casi tan mal como de Tierno Galván. Por eso, el PSOE de González no paró hasta la destrucción de la alternativa comunista, como tampoco pararía un heredero de Carrillo, Julio Anguita, hasta la destrucción de Felipe González, muchos años después.

Carrillo fue una pieza clave de la reconciliación nacional, pero también porque era al primero que le convenía. Porque a la muerte de Franco, los franquistas que quedaron se reconvirtieron con relativa facilidad a la democracia, porque no eran coetáneos de la Guerra, sino apenas hijos de quienes la protagonizaron. Pero Carrillo (y Dolores Ibarruri) habían tenido un papel estelar. Y no es lo mismo la sangre en las manos, que una fotografía de tu padre con el fusil en bandolera.

Pero fue útil, sin embargo. Porque al hacerse perdonar, también ayudó a que otros no quisieran cavar tumbas, hasta el momento estelar del inefable Zapatero. El más hábil Carrillo salió en aquellos momentos de la Transición. El dirigente republicano que aceptaba la Monarquía, el comunista que metía en el armario la bandera roja y exponía la rojigualda, el revolucionario que calmaba a las masas indignadas ante las agresiones anticomunistas de los últimos fascistas. El tipo que llegó a aguardar un destino fatal sentado en el escaño ante la pistola de Tejero.

Eso le dio un papel icónico, y le concedió algunos escaños significativos en las elecciones, en torno a la veintena en los primeros años de la Transición, y pudo explayarse con todo tipo de memorias que iban revisando paulatinamente su compleja biografía. Una biografía que bastantes nietos de la Guerra no han podido digerir, porque Carrillo salió impune de ella y de su parte alícuota de crímenes, pero que otros muchos han idealizado como paradigma de la reconciliación y del perdón.

Es curioso, porque Carrillo dio de sí en la política española lo que dio. Apenas cinco años reales a cara descubierta (1977 a 1982), o diez, si contamos el tiempo en el que maniobró en la heterogénea oposición clandestina al franquismo (Junta Democrática y Platajunta), con el indisimulado proyecto de lavar la cara comunista y controlar después esos movimientos. Lo que, evidentemente, no fue posible, porque nadie, ni dentro ni fuera tuvo el más mínimo interés en que en un país clave del flanco sur de la Otan tuvieran nada que hacer los comunistas, aunque se llamaran eurocomunistas.

Por eso, Santiago Carrillo no ganó mucho dentro de España, ni siquiera dentro de su propio partido, pero por lo menos logró ser aceptado en su vida civil. Para los jóvenes de la Transición, su controvertida figura también es un recuerdo de la juventud perdida. Por eso escucharemos muchas elegías.
Toneladas de papel se le han dedicado, y él nos ha abrumado con no menos libros. Todos ellos narran una historia: la de una persona que perdió muy joven una guerra, y nunca ganó ninguna de mayor.
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