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Elogio merecido a un engreído

jueves 20 de septiembre de 2012, 19:54h
Ostentoso en su vanidad, ególatra admirador de su mismidad, se paró con su natural elegancia ante mi persona. Se fijó en mí, y me incliné ante su innato imán. Y, como escribe Henry James, en compensación, me habló como se habla a un igual. Quedé cautivado por su importancia, que se daba en cada palabra que emergía acompasadamente de su boca esculpida en el Olimpo. Fue la aparición de un hombre increíblemente convencido de su propia inteligencia, atrapado en su inconmensurable capacidad, entregado a su egolatría. Embobado por su presuntuosidad alcancé su despacho, repleto de sus fotografías con cualesquiera personalidades del mundo mundial, a su mayor glorificación.

Era protagonista de todos los hechos relevantes del mundo contemporáneo. Todas las salsas llevaban su nombre, aunque a veces la envidia no le situaba en el podio al que siempre habría de estar encaramado. Nuestro encarnador de la perfección en la tierra levitaba cuando era escuchado, aunque fuera por alguien tan simple (y paciente) como yo. Para oírse a sí mismo colocaba el mentón ligeramente inclinado hacia arriba, por lo que con sus ojos descompensados de altura no era capaz de percibir bostezos ni giros de cabeza en búsqueda de huidas rápidas. Terminaba siempre su lección magistral pidiendo disculpas, trasladando sus egregios huesos a nuevos pardillos y a algunos lameculos profesionales. Como el personaje de Mahatma Gandhi, cuando daba un paso adelante agitaba el aire, levantaba el polvo, alteraba el suelo, iba atropellando cosas. No podía sino ser signo de su absoluta seguridad, mil veces ensayada ante el espejo mentiroso (como el de la bruja de Blancanieves) que le hacía sentirse un eminente ser superior.

Aunque era tan correcto que desechaba cualquier halago por inmerecido, nuestro elato sujeto lo considera lógico por la admiración que su innata inteligencia suscitaba en todos los salones. Y como recuerda Javier Moro, en “El sari rojo”, ¿no dicen los poetas védicos que ni siquiera los dioses pueden resistirse a los elogios?. No es que se equiparase a un dios, claro, pero, modestia aparte, era tan estupendo que merecía cualquier reconocimiento. Lo injusto sería no obtenerlo, pues –como relata Henry James en “La figura de la alfombra” –nuestro protagonista abarcaba todas las eras y todas las lenguas. Era impensable que, ante él, uno pudiera pensar en otro ser comparable en cuanto a la perfección de su acabado esplendor.

Pero su inexpresividad era tan enorme como su elevada y desnuda frente.

¿No conoce, querido lector, a nadie que se le asemeje? En este caso la coincidencia con el modelo no es pura, sino purísima, pues los poseídos de sí mismos son como gotas de agua.

P.S.: Por cierto, en relación con mi artículo de agosto sobre las izas, rabizas y calitoperras, un amigo me escribe para sugerir un sistema de medicación y control de las actividades profesionales de estas alternadoras. A saber, que tal función de contabilidad y recuento de los actos y servicios prestados sea cumplida por el “palanganero” –dícese del que, eunuco o invertido, proporciona a las chicas las toallas y la palangana para el lavatorio de los bajos.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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