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Alfonso Guerra y el gobierno de los mejores

José María Herrera
sábado 22 de septiembre de 2012, 16:32h
El velatorio de Carrillo, a quien Dios guarde en su gloria, ha estado muy bien. Salvo por el detalle de que se haya llamado al tinglado fúnebre “capilla ardiente” (¿dónde estaba la gente de progreso, tan sensible a los actos de poder cristalizados en la lengua, que no han protestado por esta fórmula clerical, cargadita de reminiscencias místicas, manifiestamente teocrática?), no se me ocurre nada que objetar. Incluso la elección de las instalaciones de un sindicato y no un edificio oficial –lo del templo quedó descartado hace tiempo- ha sido un acierto. Me quedo, sin embargo, con dos cosas: la postura desafiante de Felipe González delante del muerto y las declaraciones de Alfonso Guerra, el inefable.

El ex vicepresidente ha recordado, para elogiar al fallecido, que era un hombre del pasado, que la vida política ha cambiado mucho y que las generaciones actuales no son ni mejores ni peores que las de ayer, pero que ayer los mejores se interesaban por la política y ahora no. Guerra sabe que la gente está que muerde con su gremio. Diferenciando como ha hecho a los viejos políticos de los actuales no sólo ha lanzado su clásica andanada contra todo lo que se mueve, sino que ha elogiado al muerto y, de paso, a sí mismo. Él es también un político del pretérito, uno de esos aristoi a los que alude en su comentario, dispuestos a sacrificar su felicidad personal por el bien común. Que cuando estaba en activo presumiera de haberle dado la puntilla a aquel tiquismiquis de Montesquieu, el de la separación de los poderes, una de las causas de que España se haya convertido en el lodazal político que es, no le ha conturbado ni mucho ni poco. La memoria histórica, ya saben, sólo funciona para ciertos sucesos de la guerra civil.

Guerra no miente cuando constata que la política ya no es el reino de los mejores, pero nos engaña cuando sugiere que hubo un tiempo en que sí lo fue. Idealizar el pasado desde un presente desastroso es lo más sencillo del mundo. Verdad que en los inicios de la democracia, cuando el temor a una vuelta atrás favoreció el entendimiento y la moderación, los políticos y sus partidos aún no se habían convertido en esos depredadores que son hoy. Por razones obvias, ni existían todavía los profesionales de la urna ni tampoco se habían formado los complejos organigramas que permiten a las grandes fuerzas políticas parasitar como una sanguijuela la administración, pero era sólo cuestión de tiempo. Esos que Guerra llama los mejores, él entre ellos, la Lina Morgan de los mítines, fueron los que instauraron el populismo barato del que han salido la subvención, la subcontrata, el sentimentalismo (nacionalista, tradicionalista, progresista) y el tú más que nos han llevado a donde estamos. Cosas que hasta anteayer parecían muy buenas – la descentralización, el municipalismo, el sentido de Estado de los catalanes, la disciplina de voto de los diputados- se han revelado a la postre falsas y catastróficas, tanto como para poner en peligro la soberanía nacional. Los aristoi de Guerra quizá nos hicieran avanzar mucho, pero, como algunos sospechaban, en la dirección equivocada. Prueba de ello es que en solo treinta años nuestra democracia se ha convertido en la alegría de los esclavos en las Saturnalias y la nación, desgarrada por unos partidos carroñeros que tratan de repartírsela como una presa, es más débil que nunca.

La verdadera cuestión no es que los mejores hayan abandonado la política, sino que no hay política, sólo reparto del poder, un negocio monopolizado por los partidos con la forzada anuencia de un electorado que, puesto a escoger entre decencia y orden, se queda siempre con este. A los predicadores mediáticos lo que acabo de decir les molesta mucho. “Cuidado con desprestigiar demasiado a los partidos tradicionales porque después llegan los demagogos y los populistas”. Pero su argumento no puede ser más rastrero. Y no por conminarnos a sufrir los atropellos de nuestros representantes con sodomita resignación, sino porque además intenta hacernos creer que ellos no son la demagogia y el populismo. Pase que nuestra voz no cuente nada en las grandes decisiones, dependientes de instancias que escapan al control democrático, pero que haya que cerrar también la boca en el radio corto porque si no puede llegar Hugo Chavez es demasiado. Por lo visto, no tenemos derecho ni siquiera a la indignación. Hay que ser razonable, democrático, confiar en los cauces establecidos como hacen los funcionarios andaluces pese a que sus representantes sindicales, dos años después de las últimas elecciones, no hayan tenido todavía ocasión de ejercer su mandato porque la Junta no ha constituido la mesa sectorial y sigue reuniendo por vía extraordinaria a la antigua, en la que los sindicatos mayoritarios, aparatosamente aplastados en los últimos comicios, poseían alguna representación. Cualquier otra cosa lo convierte a usted en un perro flauta, en un radical, en un peligroso anti-sistema.

PS. No quisiera dejar la impresión de que todos los políticos actuales son como dice el señor Guerra. Vean si no lo que ha ocurrido en la Diputación de Málaga. Diputados y altos cargos (unos ochenta) han renunciado a la paga de Navidad (por este detalle hemos sabido que el decreto que se la quitaba a los funcionarios no afecta a los políticos, sin duda para no tocar el estado del bienestar, su bienestar, o para permitirles practicar la solidaridad democrática), de modo que los trescientos mil euros resultantes se dediquen a atenuar los daños del reciente incendio ocurrido en la Costa del Sol. Sólo tienen que dividir los euros entre los cargos –no se les vaya a ocurrir pensar que también hay cargos medianos- y verán que el gesto demuestra una admirable generosidad.

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