RESEÑA
Joaquín Pérez Azaústre: Los nadadores
domingo 23 de septiembre de 2012, 16:52h
Joaquín Pérez Azaústre: Los nadadores. Anagrama. Barcelona, 2012. 248 páginas. 16, 90 €
En Los nadadores el plural es engañoso. La novela no trata de varios nadadores. Trata de un nadador, de uno solo, de uno solitario. Esto es importante, porque Los nadadores trata sobre todo de un hombre, de una personalidad, que es el centro absoluto de la trama. Todo lo demás gira en torno a esa personalidad. Todo lo demás funciona como obstáculo, como deseo, como telón de fondo, como forma de contraste. Todo lo demás son elementos que apuntan a una función: hacer de la novela el examen de una individualidad. Nuestro nadador se llama Jonás. Jonás no es un nombre gratuito. Hoy en día, como usted sabrá, nadie se llama Jonás sin tener una buena razón. Jonás se llama así porque tiene nombre de engullido, tiene nombre de alguien que viaja a toda velocidad por el gaznate de una ballena y que, al final del camino, acabará por caer en una caldera de líquidos gastrointestinales que no prometen, precisamente, un futuro feliz. A pesar de eso, Jonás lo lleva bastante bien.
Ahora no conviene equivocar al lector. Lo anterior es un pequeño arranque lírico. La novela no transcurre en ningún lugar fabuloso ni cuenta una peripecia sobrenatural. Es cierto que, ya avanzada, hay un pequeño viaje a los infiernos, pero eso no cuenta, porque la novela está ambientada dentro de una gran ciudad, que podría ser cualquier ciudad -pero casi seguro que es Madrid–, y ese tipo de viajes al inframundo son una cosa más o menos corriente.
La historia de Jonás es la de un hombre en pleno desmoronamiento. Su novia lo ha dejado, su carrera como fotógrafo se ha estancado y él está dejando de ser joven. Por ejemplo, un amigo de Jonás está organizando una exposición fotográfica con autores jóvenes, en la que ha marcado el límite arbitrario de treinta y cinco años para definir la juventud -con lo que Jonás quedaría dentro– en lugar del límite también arbitrario de los treinta -con lo que Jonás quedaría fuera-. Los restos de su infancia desaparecen. Su madre ha desaparecido de repente. Uno siempre tiene algo de niño mientras tenga madre y la de Jonás se ha esfumado, sin dejar rastro. Esto Jonás también lo acepta sin demasiado dramatismo. Le preocupa un poco, sí, pero no considera que sea algo por lo que echarse las manos a la cabeza.
Al final, Los nadadores es, sobre todo, un tratado sobre la soledad. No es extraño que Pérez Azaústre haya escogido una actividad física para un solitario. El ejercicio produce una fascinación en el ser humano que, probablemente, sea una fascinación moderna, algo que apareció cuando la vida dejó de ser un ejercicio físico y se convirtió en algo parecido a un mapa mental. El ejercicio subraya la intimidad del hombre con su cuerpo y revela, con especial claridad, la distancia del hombre con sus semejantes, la soledad, cuya frontera es el cuerpo.
No es gratuito que a Jonás le haya dejado su novia. Jonás tiene que estar privado del amor, porque el amor puede entenderse como una redención a la soledad del cuerpo. Nada es gratuito, en realidad, en Los nadadores. A pesar de que, de vez en cuando, se acuse cierta morosidad en el estilo -hay momentos en los que el protagonista siente en la cara “una oleada fría de aire gaseoso” y cosas semejantes–, no cabe duda de que se trata de una novela escrita con exhaustividad, que contiene un mecanismo complejo y medido, y que el autor es perfectamente consciente de su dirección y sus recursos. Hay una forma de hacer novela en España de la que -indiscutiblemente– Joaquín Pérez Azaústre un representante privilegiado.
Por Miguel Carreira