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El dominio de los objetos

jueves 27 de septiembre de 2012, 20:51h
Escribe Fred Vargas, la imaginativa autora francesa, en un fascinante “Huye rápido, vete lejos”, que el mundo de las cosas está eminentemente repleto de una energía completamente concentrada en joder al hombre. Y tiene toda la razón.

Pósense en cualquier habitación de hotel y acérquense a la ducha. Habrán de acomodarse y recomiendo que recaben para ello una banqueta. Con tiempo suficiente, es decir sin prisas ni agobios, comiencen a dar vueltas (a derecha e izquierda, en sentido vertical y horizontal) a las diferentes tuercas, brazuelos, mandos y dosificadores de la sofisticada grifería para descubrir: primero, cómo se activa la ducha, pues las limpiadoras siempre lo dejan preparado en modo bañera; segundo, cómo cae la cantidad suficiente y razonable de agua, es decir ni un chorrillo ridículo ni un magma oceánico; tercero, cómo se consigue que el agua salga templado-calentita y no heladora o ardiente. La operación, de un mínimo de cuarto de hora, media estadística comprobada, les permitirá abordar su reparadora ducha. ¡Albricias!.

Sin salir de la habitación del hotel, tras correr las cortinas para ver la luz (siempre y cuando no descubras un horrible muro en la puerta de tus narices) ensayen encontrar la manivela para la apertura de la ventana, habitualmente situada en el lugar más recóndito. Una vez localizada, intenta encontrar el sentido del giro, pero no la fuercen porque sencillamente se te viene encima; tampoco la traten con suavidad, pues es, rebelde y un poco tocapelotas. Mejor deje la ventana en paz. Ya respirará ese encantador aire contaminado más tarde.

¡Qué espantosa calorina con la ventana clausurada a cal y canto! Por fortuna el hotel cuenta con aire acondicionado. Camine usted hacia el aparatito en cuya pantalla aparece reflejada una temperatura más falsa que un programa electoral. El instrumento cuenta con un termómetro serigrafiado, muy mono y con dos teclas una con indicador de subida y otro de bajada. El huésped, ingenuo y tecnológicamente límite, aprieta con denuedo el de bajada, pues su pretensión es reducirla, tener más fresquito. No le obedece el aparato que, muy al contrario, se coloca en “momento sauna”. Quizás, piensa el sufrido viajero, los botones están invertidos, así que presiona el otro que, en décimas de segundo, hace expulsar escarcha de la rejilla y helarle consecuentemente el cuerpo y el corazón. Se refugia en el baño arropándose con dieciséis toallas para, una vez recuperada el habla, llamar a recepción interesando la personación de los bomberos.

Lo mejor de todo, sin embargo, es el mando de la televisión, la nespresso, la plancha top-system, y ese termo monomando que se abre en canal y te pone de café hasta los calcetines. ¡Y qué decir de los cajeros de los aparcamientos que escupen los billetes arrugados que has introducido con cuidado, expulsados como si fueran indeseables! ¡Y de los mecheros quemapestañas, que desobedecen a la ruedecilla colocada en el mismo! ¡Y esos aspiradores tipo luchador de sumo que absorbe todo lo que se ponga por delante!.

Cuando cae en mis manos un instrumento de última generación… me echo a temblar pues el doctorado lo hice por el sistema antiguo.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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