Gadaffi, en el museo de cera
jueves 27 de septiembre de 2012, 21:35h
Hay cosas que uno no entiende muy bien. Por ejemplo, que el Vaticano haya contratado, en calidad de experto para mejorar la transparencia de sus finanzas, a un señor que fue durante ocho años director de la Unidad de Inteligencia Financiera de Liechtenstein, que es… uno de los más populares paraísos fiscales del orbe. Un poco lo de España, donde ha sido nombrado Ministro de Economía el antiguo representante aquí de Lehman Brothers, el banco cuya quiebra desencadenó la crisis mundial que padecemos. Por supuesto, si se trata de colocar a gente con auténtica experiencia en –respectivamente- blanqueos y debacles, las elecciones no pueden ser más acertadas… Me hacía estas conjeturas ante la estatua de S. S. Benedicto XVI, que alza sus brazos en el tramo final del Museo de Cera madrileño.
Hacía tiempo que no iba por allí, pese a conservar, desde mi adolescencia, recuerdos entrañables de este túnel del tiempo concebido por José Luis Izquierdo tras ver rodar, guillotinada, una cabeza –de cera, claro- en “Los crímenes de la calle Morgue”, y que este año cumple ya cuatro décadas de existencia. La asomada me sirvió para el reencuentro con tan viejos amigos como Rafael “El Gallo”, que, humeante veguero entre los labios, lleva ni se sabe allí, de tertulia en el café con Benavente, Baroja, Cela y, desde hace poco, Vargas Llosa. En la cháchara participa también Picasso, una de las figuras –con la novísima de Angela Merkel y las de Azaña, Miguel de la Quadra Salcedo y Antonio “Bienvenida”- más conseguidas. Allí siguen glorias de la ciencia y las artes plásticas como Ramón y Cajal o Benlliure. Una alegría también, toparme con un mito universal y de inextinguible resplandor: Carmen Amaya. Y de coincidir entre el gentío con gente como Antonio Banderas o Angelina Jolie y Brad Pitt, éstos muy pendientes del diorama que representa a Romeo y Julieta. Curiosamente, las figuras colocadas aquí y allá, de modo que al visitante le parezcan eso, otros visitantes, parecen como más insufladas de vida que el resto. Uno diría que la de Banderas se parece más a Banderas que el propio original.
“Aquí, en el Museo de Cera, tuvieron Enrique Ponce y Paloma Cuevas su primera cita”, nos cuenta Gonzalo Presa, nuestro guía en el recorrido, mientras recoloca la bufanda, no sea que vaya a resfriarse, en la garganta del asesino de Lennon. También está, tras las rejas, Charles Manson, a quien, a su paso por Madrid, la madre de Sharon Tate vino a visitar –morboso detalle- mientras recogía por todo el mundo firmas en contra de su excarcelación. La ambientación de algunos de los dioramas está conseguidísima, particularmente en la reproducción, en cuatro o cinco escenas, del atraco al Tren Correo de Andalucía, ya un clásico del museo. Y, en el caso de la cocina de Landrú, tan conseguida que, incluso, tiene una gotera auténtica.
Dejados ya atrás los Hermanos Tonetti y “Pinito del Oro”, me confidencia Gonzalo Presa una curiosa anécdota, inédita hasta donde yo sé: la de que Muammar El Gadaffi ha sido aquí, en el Museo de Cera, elevado a los altares. Como lo oyen. Allá por 1992, una delegación del Museo viajó a Trípoli con el fin de acordar el modelado de una imagen de cera del coronel, idea ante la que éste se mostró entusiasmado. A la vuelta, sin embargo, debido a que la prensa estaba aireando mucho el caso Lockerbie, el Museo recibió ciertas presiones para olvidar el proyecto. Como la cabeza ya estaba hecha y ese año era compostelano, se solucionó la cosa injertándole una barba, ataviando la figura con ropajes de peregrino, prendiéndole unas conchas y colocando al lado un letrero donde reza: “Santiago Apóstol”. Así que allí tienen, de tapadillo, al martirizado coronel Gadaffi, al lado de la Última Cena y frente a la galería de Pontífices romanos, con la vista permanentemente clavada en los éxtasis de Santa Teresa de Jesús.
¿A quién echo en falta en el censo de habitantes del Museo? Pues hombre, toreros se me ocurriría un porrón, pero, hoy por hoy, la mente viaja directamente hacia José Tomás. Entre los músicos, no entiendo que no estén allí, todavía, “Camarón de la Isla”, Paco de Lucía o Ravi Shankar. Del mundo del cine, José Luis Garci sería un huésped indudablemente acreedor al honor. O Urtain, que tuvo un final –dicho sea sin ánimo de ofender su memoria- muy de personaje de Museo de Cera.
A mí me encantaría terminar un día en una de sus salas: aunque fuese como figurante, porque se pusiera mi rostro a, por ejemplo, alguno de los aztecas que presentan sus respetos a Hernán Cortés. Ser inmortalizado en cera es, sobre todo, garantía de futuro, pues, dados los actuales planes de estudios, es de esperar que, muy pronto, poquísimos jóvenes tengan una remota idea de quiénes fueron Pizarro o Marañón, a no ser que se pasen por la Plaza de Colón. Además, encima abre sus puertas la histórica “Riofrío”, que está muy bien para tomar café o el aperitivo. Y hasta me ha salido en verso, el final.