TRIBUNA
Libertad de expresión y sus límites
viernes 28 de septiembre de 2012, 09:45h
Tuve ocasión de discutir académicamente con Raja Mohan en el encuentro del HAY FESTIVAL de Segovia, esa magnífica celebración cultural que, ya anualmente, convoca con éxito creciente y sostenido María Sheila Cremaschi, Directora para Europa de este peculiar evento que me atrevo a recomendar a todos los lectores por su calidad. Se trata de una oportunidad única de realizar una fusión entre espectadores y autores — normalmente literarios, pero también intelectuales de todo género - en un ámbito algo desenfadado, democrático, donde puedes a lo mejor pasar y pasear bajo el acueducto conversando, pongamos, con Mario Vargas Llosa o con el último Premio Pritzker conversando sobre arquitectura ecológica.
Son encuentros de interés entre gente interesante. Interesante y libre, que da su opinión sin miedos a incurrir en autocensura provocada por la corrección política o simplemente por prejuicios. Más bien, aparecen mágicamente personas que gozan con su libertad, que caminan abiertas al futuro y casi en actitud de asombro ante los fascinantes cambios que la vida va ofreciendo; personas sin miedos y que se aventuran a vivir incluso cuando ello conlleve cambiar de vida, de amigos, de compañeros; fieles fundamentalmente a sí mismos, y por tanto sin estar presos de pánicos emocionales ni viciados por un conservadurismo rutinario que al final impide al final decir lo que se piensa y vivir como se dice que se querría vivir.
Ello supone decir la verdad que se siente y ésta no es ni tiene que ser, en absoluto, coherente con la dictadura intelectual impuesta, insisto, por la corrección política, sino más simplemente, ha de ser coherente con lo que uno ha vivido, pensado, estudiado, hecho, y por tanto, lo que uno realmente entiende es lo mejor para solucionar los problemas que tenemos encima y no aumentarlos. Claro que al mismo tiempo, sin perder de vista la jugada principal, a saber, que la solución que propongan a un problema social o político ha de ser, también y resueltamente, justa.
Tras conversar brevemente con Mohan sobre la India, pasamos al tema que nos preocupaba en ese momento.
Y el asunto a tratar fue el tremendo tema de la libertad de expresión en un mundo global, en un mundo mundial, valga la repetición. Y dado que Mohan es bien conocido por su reflexión desde la península índica sobre la mundialización que vivimos y allí viven intensamente, me pareció interesante, tras el debate público, tener una charla con él sobre este particular, y en concreto sobre la libertad de expresión. Y también sobre sus límites.
Como occidental que soy, y precisamente a propósito de las caricaturas sobre el Profeta Mahoma, tenía la aproximación típica de que tras quinientos años de lucha contra la mordaza no me daba la gana de seguir aceptando que otros te impongan verdades, mucho menos religiosas, que al final exijan callar sobre aquello que no te gusta. Y si existían caricaturas, no dejaba de ser una expresión gráfica que, tanto me da, suponía una crítica que tendría que ser aceptada sin más.
No fue esa la reacción de mi interlocutor. Por de pronto, muy hindú, rebajó el entusiasmo típicamente occidental por el carácter absoluto de los derechos fundamentales. Esto es, que la libertad de expresión le parecía esencial, pero menos, ya que ideas tópicas que aquí hemos tenido y abandonado, tales como el respeto a los demás, el honor y la dignidad, la integridad, simplemente herir susceptibilidades comúnmente sentidas, continuaban siendo en el ámbito oriental y desde luego en otros como el musulmán, elementos básicos que había que tener en cuenta a la hora de construir cualquier libertad. “Un par de pasos atrás, porque a veces hacer menos es hacer más”, me comentó mi oyente. “Escucha a todos y no solo a ti mismo”, venía a añadir, ya que aquí en Occidente, me decía, habéis entendido que todo vale y esa no es regla universal que podáis imponer a los demás. Si haces una caricatura del Profeta sabes perfectamente al hacerla que sí constituyes una ofensa y por tanto eres un imprudente, virtud ésta que es la primera en la propia Justicia. No se puede ser justo e imprudente, y el buen juez es prudente.
Mi argumentación contraria fue señalar que el bozal y la venda, se compadecían mal con una sociedad sana y que los excesos se corregían jurídicamente. Esto último, reconozco, me duró poco, ya que a la vista está que efectivamente todo vale y que cualquier programa de televisión o de internet hacen, con morbo, escabrosas exhibiciones o compras y ventas de la más absoluta intimidad, y que hoy lo que prima es simplemente salir en la televisión o en la red como sea. Me vino a la cabeza el caso impresentable de una concejala que tuvo la ocurrencia de enviar ella misma un video absolutamente íntimo y luego decir que no sabía cómo se había difundido en la red y que todo era una conspiración política. O el caso de programas de televisión en los que alegremente se pregunta a la esposa si era mejor que muriera su marido, delante suya en el estudio además aplaudiendo a rabiar por la pasta que se iba a llevar su cónyuge, y que afirmara que el estado mejor y más gozoso de la vida es la viudez alegre que le esperaba si quería llevarse el pastón que correspondía a una respuesta positiva.
Al comentarlo a mi paciente escucha, Mohan me confirmó que más o menos, por ahí iban los tiros.
También recordó que un mundo globalizado no supone idéntico, sino intercambiable. Y que había que hacer escalas de situaciones a criticar, ya que, según él, no es lo mismo la crítica política que la religiosa, por ser aquella civil y común mientras que la religión supone una entrega íntima intransferible; con lo cual la esencia del debate es lo capital en la libertad política y por el contrario precisamente la ausencia de debate es lo propio de la fe.
Todo ello, añadió, entendiendo que en los países musulmanes están todavía por escalar muchos peldaños en el ejercicio de las libertades, por lo que no podemos interferir pidiendo que salten de rellano en rellano, cuando nuestra propia libertad de expresión ha sido cosa de casi veinte siglos.
Luego, claro, están además las consecuencias, como podemos ver en relación a Francia y Estados Unidos. Aunque hay que advertir que un debate meramente consecuencial llevaría a justificarlo todo y a evitar crítica al poder en todo caso.
Reconozco que me quedé un tanto pensativo. Quizás mi libertad occidental tuviera su propio ámbito geográfico de expresión. Quizás habría que llegar a protocolos para establecer los tipos de límites a derechos que aquí han pasado, de manos de la corrección política, a ser ilimitados en unos casos (y absolutamente limitados entre otros).
En fin, en todo caso, mi voluntad ahora es transmitir al lector un debate, para que luego lo continuemos. Por tanto, queda en pie la pregunta ¿pondría usted límites claros a la libertad de expresión?