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Sin expiación

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 28 de septiembre de 2012, 20:58h
Pasaron los tiempos en que en los países de vieja cristiandad y en los de la civilización occidental nacida de ella, las grandes catástrofes –climatológicas, políticas, sociales…- se consideraban como innegable signo del descontento de la divinidad con un determinado pueblo o, en el supuesto de cataclismos de escala histórica, con respecto a la misma humanidad. En un contexto de plena y afortunada secularización, dicha visión encuentra pocos seguidores y se halla desterrada de los usos y costumbres de las sociedades contemporáneas.

De ahí, empero, que se manifiesten también muy desfasadas las voces cada vez más intensas que critican el empleo de la cosmovisión apocalíptica por una estrategia conservadora de “socializar” las pérdidas, propagando por todos sus poderosos medios, en los sectores desfavorecidos y en los modestos estamentos, la teoría de que la crisis económica actual tuvo actores y protagonistas a todas las clases, y es lógico que, sin excepción, se responsabilicen y expíen los delirios que condujeron a la dramática situación presente.

Tesis, desde luego, muy alambicada a pesar, como ya se recordara, de su larga progenie histórica y que únicamente los integristas más radicales del discurso neoliberal suscriben y, en todo cado, difunden. Pero la absoluta descalificación de tal postura no ha conducir a frivolizar ni aun menos a politizar la necesidad imperiosa de reflexionar sine ira et studio sobre las características propias en la génesis y desarrollo de una crisis de alcance mundial y en la que su plasmación española en nuestro país no pasa de ser un epifenómeno más. Aquí, en este extremo, la meditación y el análisis han de realizarse a fondo y con autenticidad sin límites, si se aspira de ellos a extraer alguna consecuencia provechosa. Sin dejarnos dominar por el sentimiento de culpa, herencia dolosa del legado judeo-cristiano tan avasallador en nuestro país, conforme a los pronunciamientos clásicos de la inttelligentzia progresista y de todo punto incompatible, en efecto, con la mentalidad moderna, habrá de retornar recurrentemente a la consideración de los perfiles específicos que revistieran el alumbramiento y desencadenamiento del proceso que nos ha enfrentado con un paisaje en verdad desolador y excruciante. En todo caso, los culpables penalmente de ello –que los hay, claro- tendrán que ser indagados por la policía y juzgados por los tribunales designados al efecto; mas esto no obviará –la insistencia quizá se disculpe por la importancia del tema- la reflexión detallada, sin ambages ni escamoteos, de los cuerpos y organizaciones más representativos de la sociedad –civil y estatal- del comportamiento colectivo que desembocó en la hondonera material y anímica en que está sumida a la fecha el país.

Por descontado, que tanto el edulcoramiento como aún menos la demagogia o el sectarismo no podrán tener cabida en una tarea que se ofrece perentoria. Por grave y compleja la cuestión, no le será posible eludir la inflexible ley histórica que exige el exacto y exhaustivo diagnóstico de las causas, si se ambiciona a un tratamiento adecuado de los efectos, y, con él, la curación de la enfermedad.

Muy de tarde en tarde, los pueblos han de afrontar, en su trayectoria secular, la hora de la verdad cara a declives y fracturas de amplio radio. Los españoles y españolas de los últimos meses del año en curso de 2012, en pro de ellos mismos y, sobre todo, de las generaciones inmediatas, no pueden ser ni impuntuales ni esquivos en encararla. No hay expiación, pero sí responsabilidad moral e histórica en hacerlo.
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