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Tras el cinismo, la ruptura

Antonio Domínguez Rey
sábado 29 de septiembre de 2012, 18:58h
La crisis, nos decía Ortega y Gasset, empieza por una etapa de cinismo. Le sigue la uniformidad de acción y respuesta generalizada que burocratiza la cultura e instituciones. Se pierde el vínculo con etapas vitales de dura brega y compromisos que originaron las naciones y estados actuales. Al desaparecer la raíz, se seca la savia y surgen los tópicos, la inercia. Se interrumpe la transmisión concatenada de conocimientos, especialmente los históricos, y la visión crítica de conjunto. Los sustituyen planos lisos de presencia sin más horizonte ni correlación que lo aparente y los roces inmediatos.

A estas fases de crisis, debemos añadirle otra, la ruptura. Tiene dos vertientes. El presente inmediato se basta y engola diferenciándose hasta desgajarse del entorno. Precisa, no obstante, razones que lo avalen. La asunción de la crisis conlleva un análisis pormenorizado de causas y encubrimientos. Determinadas las condiciones que la hicieron posible, se impone la ruptura con sus premisas. Es la parte favorable, pues induce el cambio y permite entrever rutas de acceso a otro estado vital. El análisis fundado, coherente, de la situación contribuye a reformar, corregir y proponer nuevas soluciones. La ruptura se ahonda, sin embargo, si alimenta las paradojas que la provocan. Al no evitarlas, los índices de fractura se incrementan. Viene la catástrofe. Su vertiente negativa.

Y en esta coyuntura se encuentra España. Pura paradoja. El jefe de Estado, representante de un Reino, y el presidente del Gobierno acuden al país más emblemático del mundo, Estados Unidos, para promocionar el nuestro, la “marca España”, y solicitar acceso en el Consejo de Seguridad de la ONU. Mientras tanto, sectores múltiples de la sociedad rodean el Parlamento y piden su disolución alegando que no se sienten representados a pesar de que el pueblo los ha elegido libremente hace pocos meses. Una comunidad significativa del Estado, la catalana, manifiesta además no sentirse española y amenaza secesión para constituirse en Estado propio. Diga lo que diga la Constitución y decida lo que quiera el Gobierno. A esta declaración se une, por otra parte, la programática de independencia del País vasco, coreada por los partidos mayoritarios de esta otra comunidad española y en vísperas de elecciones.

La paradoja se incrementa al considerar la situación crítica de España en la coyuntura europea, minada por la política de ajustes, recortes y débitos que la deuda generada por legislaturas sucesivas impone. Gastamos más de lo que producimos y los intereses se acumulan redoblados.

Crisis, por tanto, sociocultural, económica, política y de Estado. Europa ve el peligro que se derivaría del desastre español e intenta paliar parte de sus preámbulos. Espera que el Gobierno solicite oficialmente un rescate en regla. El Banco Central Europeo ha prometido ayuda y contempla la compra de deuda a plazo razonado, mientras otras instituciones, como el Mecanismo Europeo de Estabilidad, se muestran también propicias a reforzar la ayuda necesaria. No sin contrapartidas, claro, entre ellas, importante, que España acepte un control exhaustivo del presupuesto nacional y su distribución.

El rescate financiero aliviaría el peso de la deuda al pagar intereses más bajos. La diferencia permitirá un ahorro considerable y, con él, mediante reformas estructurales precisas, vendrá la inversión que produzca un despegue lento, pero notable, de la economía. El acento de las exigencias insiste más en las reformas que en los ajustes, también requeridos, a los que el Gobierno español atiende en primera instancia. Bruselas sabe, y Alemania lo proclama, que, sin reformas serias, como la de las Comunidades autónomas, la eliminación de bancos y entidades endeudadas por gestiones fraudulentas, la rémora administrativa, etcétera, el dinero procedente de las restricciones volará sin rastro en poco tiempo. Y con él, cualquier ayuda recibida. De ahí la insistencia en el cambio de estructuras. El Tribunal constitucional alemán aceptó el aporte germano al Mecanismo Europeo de Estabilidad, cifrado en ciento noventa mil millones de euros, con la condición de que sea aprobado siempre por el parlamento, lo cual refuerza sus atributos democráticos. Exige, a la par, que los estados participantes se comprometan por escrito, informen de la verdadera situación de las finanzas y rehúsen respecto de la alianza federal así establecida a cualquier recurso de discreción u obligación de secreto profesional de Estado. Alemania recela del Banco Central Europeo por no depender sus decisiones precisamente de voto y, por ello, control democrático.

Con tales medidas Bruselas pretende, por una parte, cercenar el colapso que pende sobre la Unión Europea desde hace varias décadas. Su participación en el producto económico mundial bajó, se calcula, diez puntos, y el ritmo de crecimiento desciende de año en año. Por otra parte, Alemania garantiza con las ayudas y controles previstos el mantenimiento de sus exportaciones al resto de Europa, en concreto a España. Nos presta dinero para que lo administremos comprándole los productos que nos ofrecen. De este modo se confía en que, de aquí a dos años, la regulación de las finanzas y de los mercados sea más o menos acorde en todos los países de la Unión Europea y comience una nueva etapa. Por eso algunos políticos piden un plan de estabilización y desarrollo para 2020.

Dentro de este panorama, el ruido institucional que ensordece los oídos de España inquieta y provoca dudas por falta de garantías reales. Los otros países comunitarios temen que el retraso del rescate incremente la paradoja y acelere, si no el desastre, sí una remoción de consecuencias imprevisibles. En contrapartida, España presiente que, al aceptarlo, la soberanía se verá más mermada y el intermedio de espera, hasta que lleguen los resultados, más las nuevas prescripciones, agudizarán la protesta contra el Gobierno y Europa. Prefiere recibir antes la ayuda ya prometida de cien mil millones de euros, destinada, en principio, a los bancos, y ver cómo repunta la situación económica. La crispación del ambiente no acelera, sin embargo, el envío de dinero; más bien lo retarda. Y aquí entra la irresponsabilidad de quienes azuzan la algarada promoviendo una imagen ridícula, e institucionalmente inestable, de España en el extranjero, por muchas razones que haya para una protesta firme y justificada. Se nota en ciertos partidos, de izquierda y derecha, que la democracia es para ellos un trampolín hacia otras formas de Estado. De nada sirve recordar que el Gobierno lleva solo nueve meses ejerciendo el poder constituido y lucha contra una deuda atroz heredada del partido socialista. La labor de zapa resulta fácil en el escaso margen de maniobra.

Entra aquí el destino del caudal ya apalabrado. La previsión de invertirlo en la banca directamente, responsable de mil modos fraudulentos de la burbuja financiera y de la reducción del crédito obligado en una organización democrática, incrementa el efecto de paradoja. Ese dinero debe revertir a los ciudadanos para que el consumo avive la fluidez de la economía. Y no a través de partidos y agentes sociales, quienes se remueven e instigan a sus miembros ante el temor de no poder participar en el reparto. El Gobierno está emplazado a inventar otros modos de distribución. No podemos caer en las mismas trampas de antes. Esto también contribuye al recelo de Europa.

La inversión en crédito social de este dinero prometido contribuirá a que los ciudadanos dejen de sentirse víctimas y rehenes de la política comunitaria. Creerán en España como Europa. El fantasma de la ruptura habrá servido entonces de remoción positiva de la crisis. A no ser que sean otros los motivos larvados. Por ejemplo, que el centro de Cataluña haya previsto la oportunidad de un espacio económicamente libre para fuga y asentamiento de capitales en una Europa mercantil e hipócrita. Un paraíso fiscal, resumiendo. Otro asunto es el horizonte vasco de independencia numantina. Hace pensar en una estructura sociopolítica cerrada, hermética, endogámica.

En todos estos factores de crisis, desde el cinismo a la banalización cultural y ruptura negativa del medio interviene además el efecto de imagen digitalizada y sus controles algorítmicos. Tanto en Cataluña como en el País vasco y los movimientos antisistema convocados a través de las redes se genera un código de actuación sistemática controlado por un círculo restringido de poder de varia estirpe, social, político, cultural, a veces religioso, y siempre mediático. La computación digital está provocando fenómenos de convergencia mediológica, logoesferas que materializan el grupo y su organización mediante fórmulas a su vez convergentes en una videoesfera cuyo espacio y volumen, cibernético, se reduce a número y holograma. El miembro del grupo así circuido se siente centro y expansión con resonancia de onda fotónica, acústica y mental.

Estas esferas de poder, concéntricas, procuran la megametáfora de los instrumentos y materiales organizados en instituciones que otorgan sentido a quienes quedan envueltos en sus reflejos y vibraciones. La reconducción de la enseñanza así concertada resulta importante, especialmente la inmersión lingüística en un idioma que acaba siendo también endogámico. Pierde, por exceso de mediación, la riqueza crítica que atesora toda lengua. Basta con analizar ciertos programas de televisión, radio, prensa autonómica, para verificar la construcción de un sujeto hiperbolizado cuya capacidad de respuesta es mecánica. Y en ello están implicados conciertos económicos poderosos. Detrás de la fractura guiñan el ojo y chascan el paladar del dinero potentes cálculos nacionales e internacionales.

La única defensa de libertad frente a este nuevo cuño de dictadura es la raíz lógica de la crisis. El juicio avisado, crítico, de las situaciones y sus reflejos alienantes en la conciencia y conducta. A medida que el entorno se estrecha, más efecto de caja mediática se produce. El espejismo así creado es enorme e induce tentaciones de oasis y paraísos políticos, fiscales.

El dinero ansiado de Bruselas solo puede reverberar si conecta con la intuición libremente creadora del ciudadano. Al Gobierno le urge una alternativa de fórmula ingeniosa. La situación es crítica, preocupante. La salida requiere un salto. Y no en el vacío.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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