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RESEÑA

Éric Reinhardt: El sistema Victoria

domingo 30 de septiembre de 2012, 17:35h
Éric Reinhardt: El sistema Victoria. Traducción de Manuel Serrat Crespo. Alfaguara. Madrid, 2012. 423 páginas. 19,50 €

En apariencia, David Kolski, protagonista y voz narradora en primera persona de El sistema Victoria, lleva una vida bastante convencional: está volcado en su trabajo dirigiendo las obras de la construcción del rascacielos Eranus, en La Défense, barrio financiero de París, y su matrimonio con su novia de toda la vida, Sylvie, con quien tiene dos hijas, discurre sin grandes sobresaltos. Sin embargo, por debajo de esa apariencia tranquila, existe todo un fondo de aguas subterráneas no precisamente límpidas, que amenazan con explotar. A sus cuarenta y dos años, Kolski se siente tremendamente frustrado profesional y personalmente: no ha desarrollado como pensaba y quería su carrera como arquitecto, y la relación con su mujer –que padece trastornos psicológicos, de los cuales sus suegros le hacen responsable- no encierra ya la más mínima pasión. Así, Kolski tiene una “afición” -originada en un episodio de juventud que el propio Kolski nos cuenta y que le marcó para siempre- que practica siempre que puede de manera compulsiva: abordar en la calle a desconocidas a las que propone rápidos, anónimos y fugaces encuentros sexuales, que nunca repite con la misma persona. Encuentros que, curiosamente, éstas suelen aceptar.

Las elegidas por Kolski para sus proposiciones se caracterizan por no ser especialmente deseables ni guapas, sino, más bien, todo lo contrario, con lo que, evidentemente, trata de mitigar su sentido de culpa, pues había prometido a su mujer eterna fidelidad. Pero esa regla se rompe cuando el día del cumpleaños de una de sus hijas no acude a la fiesta preparada por su mujer. En el centro comercial donde ha comprado un regalo para la pequeña, sigue a una hermosa mujer, de rotunda anatomía, que le despierta una irresistible atracción. Después, nos enteraremos de que se trata de Victoria de Winter-apellidada como Rebeca en la novela homónima de Daphe du Maurier, llevada al cine por Hitchcock-, una alta ejecutiva, directora de Recursos Humanos de una multinacional, que viaja continuamente y no desdeña ninguna posibilidad de placer, pues es tan implacable y voraz en el trabajo y los negocios como en el sexo.

El sistema Victoria será, pues, el detallado relato de una relación de efectos devastadores, que da un giro de ciento ochenta grados a la vida de David Kolski, quien señala que si no se hubiera dirigido a Victoria, ésta “no habría hallado la muerte poco menos de un año después de nuestro encuentro. Hoy estaría aún viva. Yo no viviría retirado en una mansión de Creuse, al borde de una carretera, separado de Sylvie y de las niñas, rumiando mi culpabilidad”.

El francés Éric Reinhardt (Nancy, 1965) se da a conocer en España con esta obra, pues es la primera de sus novelas –con una producción de cinco-, que se traduce al español. En varias declaraciones, Reinhardt ha puesto el acento en el componente político de su novela en cuanto llamada de atención sobre los excesos del ultraliberalismo, apuntando que habría que encontrar una vía intermedia entre éste y el afán proteccionista de la izquierda. En este sentido, Victoria sería como una suerte de metáfora de un “sistema” globalizado que pone por encima de todo el poder, la fría ambición y la acumulación de capital.

Con ser digna de tener en cuenta la advertencia en este aspecto específico, es más sugerente su lectura en un ámbito más amplio de carácter existencial. Victoria -de sarcástico nombre y actualización de la figura tradicional de la femme fatale- resulta para su amante tan letal como irresistible. David Kolski, que, en cierto modo, nos evoca a Jean Baptiste Clamence en La caída, de Albert Camus, nos sitúa -en una clave de thriller que consigue absorber- frente al hastío de la posmodernidad, frente a unas vidas en realidad a la deriva que buscan engañosas estrategias de supervivencia. Mientras que Kolski dirige la construcción del que será el edificio más alto del barrio de La Défense, su vida se despeña hacia el abismo.

Por Rafael Fuentes

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