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TRIBUNA

Peripecias catalanas

miércoles 03 de octubre de 2012, 08:27h
La cadena de acontecimientos que se han desarrollado en torno a la última Diada se han presentado en los medios como un órdago de Artur Mas que, sin duda, ha sido su principal protagonista, con la multitudinaria manifestación como telón de fondo y casi como argumento irrefutable a favor de las tesis independentistas. Sin embargo, lo cierto es que Mas, con sus ambiguas piruetas semánticas —hoy hablo de independencia, mañana no; ahora exijo un Estado, después no insisto; en Barcelona digo lo que digo, en Madrid suavizo el lenguaje- no aporta ninguna novedad al viejo contencioso que para los nacionalistas supone lo que ellos llaman “el problema del encaje de Cataluña en España”. El presidente de la Generalidad catalana se limita a desarrollar el guión —o, si se quiere, la hoja de ruta- que se redactó desde los inicios del nacional-pujolismo. Sin perder nunca de vista la meta final, se han manejado astutamente los tiempos y las actitudes, según soplaban los vientos y de acuerdo con las circunstancias del momento. Bastaría recordar con qué habilidad se ha utilizado la piel de cordero de la gobernabilidad del Estado o cómo el mal llamado principio de autodeterminación —por el que los nacionalistas vascos y catalanes no mostraron excesivo interés en el proceso constituyente- aparece de pronto, ya a finales de 1989, por el extraño procedimiento de una moción aprobada por una comisión del Parlamento de Cataluña y presentada como una reivindicación “irrenunciable”.

Desde entonces, nada nuevo bajo el sol, si no ha sido el trabajo cotidiano a favor de la causa, callado o ruidoso, según las circunstancias y utilizando todos los medios y todas las instituciones. Se puede aplicar lo que hace unos días escribía un profesor americano a propósito de otro asunto: “Los pasos eran pequeños, como lo son siempre en el camino que conduce a la servidumbre”. Y me parece que no exagero si se contempla cómo ha evolucionado la sociedad catalana bajo la férula nacionalista y cómo se ha impuesto allí una espiral del silencio que amordaza la menor discrepancia con las oficiales tesis nacionalistas. Basta contemplar el panorama de los medios de comunicación catalanes, dóciles y unánimes en la defensa de esas tesis. Alfred Sauvy escribió que “la clave de un régimen está en la información y no en la constitución”; expresaba así un conocido axioma de la ciencia política según el cual el grado de libertad y democracia existente en una sociedad viene dado, muy en primer lugar, por el pluralismo de sus medios de comunicación y por la inexistencia de coacciones por parte del poder político. Cataluña no superaría hoy esa prueba.

Frente a esa tarea proseguida a lo largo de treinta años con constancia y persistencia, desde los sucesivos Gobiernos de la Nación no se han sabido o querido utilizar los recursos a su disposición y así hemos llegado a esta situación que obliga al Gobierno Rajoy, inmerso en la prioritaria tarea de superar la desastrosa herencia socialista, tener que ocuparse ahora de la rebelión catalana. Hasta ahora se ha practicado durante años el apaciguamiento, esa actitud tan nefasta en política internacional, pero que lo es igualmente en política interior. Cuando se cede una y otra vez ante la abusiva imposición ajena nunca se soluciona nada. El dictador o aspirante a serlo se crece ante la aparente debilidad del otro y va, paso a paso, imponiendo sus exigencias hasta que, irremediablemente, se produce la crisis. Lo más grave es que impone no solo sus objetivos sino sus irrenunciables premisas: Es notable comprobar cómo Mas afirma, hipócritamente, su preferencia por las vías legales, al tiempo que no admite discusión sobre el supuesto derecho a decidir de su supuesta nación. Los argumentos históricos, constitucionales, económicos o de oportunidad son inútiles y no valen para nada frente a la arrogancia propia de todo nacionalismo. La hubris —palabra griega que implicaba desafiar a los dioses y que la lengua inglesa ha incorporado en el sentido de orgullo o autoconfianza excesivos- es un rasgo definitorio del nacionalismo que a veces encubre un histórico complejo de inferioridad. Reflexionemos, no obstante, sobre algunos de estos argumentos.

Lo que hoy son las tierras catalanas fueron hispanas mucho antes de ser catalanas. Roma bautizó esta península como Hispania y la palabra Cataluña no aparece hasta finales del siglo XII. A finales del siglo X, el conde Borrell de Barcelona, rotos los débiles lazos que le unían a los francos, se hace llamar “duque de Iberia y duque de la Hispania Citerior”. Nunca existió la supuesta “confederación catalano-aragonesa” y Cataluña formó parte de la Corona de Aragón, sin ser nunca reino, como sí lo fueron Mallorca y Valencia. Cuando, ya en el siglo XV, Luis XI de Francia ocupó el Rosellón y la Cerdaña en sus textos se habla de los españoles, nunca de los catalanes. Y eso que no habían llegado todavía los Reyes Católicos, pues reinaba Juan II de Aragón. Lo que sucede es que la historiografía nacionalista ha falsificado la historia y esa historia falseada se ha impuesto como dogma indiscutible, aunque es insostenible. Y es que, como ha escrito el canadiense Michael Ignatieff, “el nacionalismo no ’expresa’ una identidad previa, la ’crea’…es una ideología artificialmente inflada, aferrada al narcisismo de la diferencia menor”. En esa tarea andan los nacionalismos que por eso hablan de “construir la nación”. Intentan construirla, precisamente porque no existe previamente.

El principio de autodeterminación aparece en el número V de los Catorce Puntos de Wilson pero referido en exclusiva a las reclamaciones coloniales y, además, de la manera más imprecisa. Ni siquiera se atreve Wilson a aplicarlos a los pueblos de los imperios plurinacionales derrotados para los que pide “la libre oportunidad de desarrollo autónomo” pero sin aludir a soberanía ni nada parecido. La Paz de Versalles, sin embargo, hizo de la autodeterminación su bandera y hay acuerdo entre los historiadores (salvo, claro está, los nacionalistas) en que ha traído más tragedias y sufrimientos que beneficios. La ONU lo aplica también en exclusiva en sus resoluciones a las situaciones coloniales. Tras el hundimiento del bloque comunista se pone de nuevo de moda la autodeterminación para gozo de los nacionalistas hispanos. Las guerras de la ex-Yugoslavia son sus más conocidos frutos y la anomalía de Kosovo su más tardía consecuencia. No hablo de la reunificación de Alemania que también lo utilizó, pero como instrumento de integración no de secesión.

Algún bienintencionado profesor escribía allá por los años ochenta que teníamos la suerte de tener unos nacionalismos “no estatalistas” porque habrían renunciado a tener un Estado propio. Yo no me lo creí y escribí por entonces contra la pretendida “Europa de las etnias”: “Una Europa en la que los viejos y todavía muy sólidos Estados seculares serían sustituidos por el batiburrillo de los pueblos con más o menos identidad, como corsos, bretones, escoceses, galeses, occitanos, alsacianos, vascos, catalanes, sicilianos, bávaros, renanos… y, ¿por qué no? riojanos, cántabros o cartageneros”. Esa es la receta de Mas y sus congéneres que ahora quieren un Estado asociado, como Puerto Rico, que no deja de ser una evolucionada —y autónoma, no soberana- colonia americana. Tenía razón Ortega y Gasset cuando escribía hace más de ochenta años: “Todos esos nacionalismos son callejones sin salida. Inténtese proyectarlos hacia el mañana y se sentirá el tope. Por ahí no se sale a ningún lado”.
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