El Che, un asesino con aureola romántica
miércoles 03 de octubre de 2012, 20:23h
Me llamó la atención el otro día ver la imagen de un chico joven, con más alcohol que higiene encima, hablando con orgullo de la camiseta que llevaba. A sus veintipocos años, mostraba ufano ante las cámaras la imagen del Che impresa en su ropa, apuntando que fue “el último romántico, alguien que luchó por la libertad”. Y se quedó tan ancho, lanzando todo tipo de improperios -cuando no piedras- contra el Congreso de los Diputados.
Precisamente este mes se cumple el 45 aniversario de la muerte de Ernesto Che Guevara en Bolivia. Convertido en un icono mediático, no hay progre que se precie sin una camiseta -por lo general, poco limpia- con su foto. Posiblemente, si se le pregunta al veinteañero del primer párrafo y a muchos otros que idolatran al personaje si podrían enumerar alguno de sus logros, la respuesta sería evasiva o inexistente. Y sin embargo, los hubo; aunque muy al principio. Eso es precisamente uno de los efectos del sectarismo de la izquierda: empeñados en trasladar determinados clichés, obvian los que de verdad merecen la pena.
El Che era un niño bien argentino. Su familia gozaba de una privilegiada posición socioeconómica, lo que le abrió múltiples puertas. En su virtud cabe decir que, pudiendo haberse abandonado a la dolce vita, optó por estudiar y convertirse en alguien de provecho -y posterior daño-. Ya como médico y con una sólida formación intelectual arribó a Perú; allí realizó una magnífica labor atendiendo a leprosos y enfermos del mal de Hansen. Nunca entenderé porqué vende más la foto de un tipo con cara de guarro tras haberse jartao de pegar tiros que la de ese mismo tipo curando enfermos, pero en fin. En sus viajes se dio cuenta de las tremendas injusticias sociales que había en América Latina, y tomó cartas en el asunto. Mejor dicho, tomó las armas.
Las cartas que dejó plasman su “ideario” a la perfección. En 1954 escribía a su esposa desde Guatemala, ya enfrascado en tareas revolucionarias: “Aquí estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía”. Ya entonces le había cogido el gusto a eso de asesinar. Poco después, desde Sierra Maestra, todo seguía igual: “Estoy en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre”. De la brutal represión que llevó a cabo el la isla dieron testimonio los 800 presos políticos de la cárcel de La Cabaña, a todos los cuales mandó fusilar. Hizo lo propio con muchos otros, en aras a un credo tan diáfano como espurio: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. De hecho, cuando su amigo Alberto Granado cuestionó sus métodos violentos le espetó “¿Revolución sin disparar ni un tiro? Estás loco”.
No lo estaban ni Gandhi, ni Martin Luther King ni Nelson Mandela. Todos ellos lucharon por causas sumamente justas enarbolando la bandera de la no violencia. Y los frutos de su obra a la vista están. El Che, por su parte, dejó a los Castro el frente de Cuba, y a una caterva de admiradores que van desde “finos estadistas” de la talla de Hugo Chávez o Evo Morales hasta perroflautas y ociosos que tiran piedras en lugar de aprender a leer o ducharse. ¿Y éste es un referente?
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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