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En Venezuela votamos todos

jueves 04 de octubre de 2012, 19:44h
Este domingo, Henrique Capriles tiene dos desafíos por delante. Uno, por supuesto, es ganarle a Chávez, que hoy ocupa toda nuestra atención. El otro es ganarle a la oposición. ¿Qué quiere decir? Quiere decir demostrar que él no representa solo a una alianza electoral efímera sino al principio de reconstrucción de un sistema de partidos sólido, estable, capaz de generar para el futuro gobernantes que dialoguen y puedan alternarse eficientemente en el gobierno.

Porque la eventual derrota de Chávez no supondría, necesariamente, también la derrota del populismo. Si continuara el populismo, saldrá Chávez y vendrá otro. Lo importante sería que, ganando o perdiendo, Capriles pueda dejar sentado el primer paso de una construcción institucional verdaderamente progresista, como la hay en Uruguay, Chile, Brasil, Colombia y Perú, para que Venezuela no dependa más de caudillos providenciales.

Chávez no es un demócrata. De hecho, participó en el golpe de estado de 1992 y estuvo dos años preso. Lo indultaron y ganó las elecciones en 1999. A él siempre le dio lo mismo cualquier manera de arribar al poder.

Todo lo que hizo Chávez fue aprovechar el enorme vacío dejado por una clase política fracasada. Durante décadas, los venezolanos veían cómo el juego de la democracia y las instituciones no terminaba de sacarlo de sus problemas. Y ese es, siempre, el mejor caldo de cultivo para los demagogos.
El populismo no admite disenso, oposición, vida republicana y división de poderes; pero ni el populismo ni Chávez son el problema, son el síntoma. El problema es la ausencia de una clase política a la altura de sus responsabilidades. Una clase política capaz de despertar en la gente la confianza en que va a administrar bien la cosa pública.

Por eso, aunque en este fin de semana Chávez fuera relecto, lo importante será medir cuánto va a quedar de una oposición unida para algo más que una oportunidad electoral. Los argentinos conocemos muy bien ese costado miserable de nuestra clase política.

El resultado de esta elección nos afecta a todos en América del Sur porque somos una región desde siempre afectada por el síndrome del “dominó”: lo que pasa en un país tiende a repetirse en sus vecinos. Así, todos tuvimos dictaduras al mismo tiempo y después recuperamos la vida constitucional todos al mismo tiempo.

En estos momentos, la entera América del Sur está trabada en una especie de contienda civil ideológica. Por un lado, democracias republicanas en Brasil, Chile, Perú, Colombia y Uruguay. Por el otro, democracias populistas en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela. Resultado: el subcontinente carece de una identidad institucional que nos permita insertarnos en el mundo con la fuerza que nos daría la unidad. Y una correcta inserción en el mundo es la llave del futuro para cualquiera de nosotros. Ya nadie se “salva solo,” ni Brasil.

Para insertarse en el mundo y desarrollarnos, no solamente para crecer, para desarrollarnos, hace falta tener acuerdos internos y externos de largo plazo, por veinte, treinta años. Y el mundo no confía en los países gobernados por figuras iluminadas que concentran todo en una sola persona y sus amigos. Cuando eso sucede, no sufre solo ese país en concreto, es toda la región la que se perjudica. Es por eso que nuestro futuro está en juego cada vez que se vota en cualquier país vecino. Este domingo, parte de nuestro destino se decide en Venezuela.


El populismo no admite disenso, oposición, vida republicana y división de poderes.

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