Ciencia y humor
sábado 06 de octubre de 2012, 19:28h
A primera vista la ciencia es una tarea demasiado seria como para ser caricaturizada. La esterilización característica de los laboratorios da la impresión de poder mantener a raya cualquier elemento contaminante, incluida la ironía. Esta tiene las mismas dificultades que la religión o la política para superar los filtros que la ciencia activa a fin de protegerse de las intromisiones de la realidad cotidiana. Si los clásicos estaban en lo cierto y los motores de la comedia son la blasfemia, la difamación, la parodia y la obscenidad, o sea, la burla de los dioses, de los gobernantes, de los iguales y de las bases morales de la familia, la actividad científica parece situada en un lugar suficientemente alejado para no sufrir sus locos y feroces ataques.
No es verdad, sin embargo, que los científicos carezcan de humor, por más que entre ellos predomine el espíritu de geometría sobre el espíritu de fineza. Einstein, arquetipo del gremio, ha dejado un considerable número de anécdotas que revelan su fina agudeza. A mí me divierte en particular una que le ocurrió con un periodista que le preguntó si podía explicarle la teoría de relatividad. Einstein respondió: ¿y usted, puede explicarme cómo se fríe un huevo? Claro, dijo el periodista. Entonces el físico añadió: pues bien, pruebe a hacerlo imaginando que yo no sé qué es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego.
Los científicos siempre que han podido han ridiculizado las creencias tradicionales de la gente tildándolas de supersticiones desatinadas. Como para ellos la conciencia humana es una superestructura ilusoria, una especie de vacua fosforescencia, sus contenidos les resultan sumamente cómicos. Dios, el amor, la belleza, los ideales sociales, todo eso en lo que creen los hombres normales, son mitos absurdos para quien conoce la verdadera realidad material. Esta realidad objetiva de la que se ocupa la ciencia no ofrece, en cambio, el más mínimo motivo de regocijo. Habría que estar bastante chiflado para hallar gracioso el hecho de que el feldespato cristalice en octaedros o que el grafeno sea un material nanométrico bidimensional obtenido por exfoliación micromecánica del grafito. El reino de la necesidad es triste y sombrío como el paraíso comunista.
Los científicos han intentado sobreponerse a esto y desde hace veinte años celebran en Harvard una parodia de los Nobel en la que todos los chistes giran alrededor de su trabajo. Los premios Ig Nobel (“ignobel” significa más o menos lo mismo que “innoble”) buscan pasar un rato divertido a costa de la ciencia, llamando la atención sobre aspectos ridículos de ciertas investigaciones. Que algunos de sus ganadores hayan obtenido también el verdadero Nobel revela que no siempre lo que parece estrambótico está necesariamente desencaminado y que bajo la cómica apariencia puede haber una línea de investigación seria y defendible. Famoso fue el caso de Andre Geim, galardonado en el 2000 con el Ig Nobel de física por hacer levitar una rana en un campo magnético y diez años después con el Nobel por su estudio del grafeno. Según parece, los caminos de la ciencia, como los del Señor, son inescrutables.
Entre los estudios que han obtenido premio este año destacan dos: una investigación con chimpancés que prueba que éstos son capaces de reconocer a otros chimpancés mirando fotos de sus traseros, y una máquina inhibidora de discursos. Personalmente, no comprendo la gracia del primer estudio. Si los primates se reconocen mirándose por delante, ¿por qué no lo iban a hacer por detrás? Mucho más difícil es que esto pueda ocurrir entre seres humanos y yo conocí a un tipo que presumía de haber creado la “culometría”, ciencia capaz de identificar por la espalda a las personas –el tipo sólo había investigado el reino femenino- y de establecer sus rasgos psicológicos de un simple vistazo. En cuanto al artilugio inhibidor de discursos, creo que más que chistes y bromitas merecería un sonado aplauso. La idea de patentar un aparato que interrumpe el discurso de los oradores pesados reproduciéndolo con cierto retraso para que estos se embarullen en fenomenal. Todos sabemos lo mucho que cuesta hablar cuando a uno le llega el sonido de sus palabras segundos después de decirlas. Las líneas telefónicas facilitan esta clase de experiencias. Disponer de una máquina que cohíba a los charlatanes es un avance impresionante. Aplicada a políticos y tertulianos podría hablarse de invención filantrópica. Si alguien lograra además aplicarla a la literatura, sobre todo al artículo periodístico, no hay duda de que estaríamos ante uno de los grandes descubrimientos de la Historia.