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Iser, el canon y los bienes culturales intangibles

David Felipe Arranz
martes 09 de octubre de 2012, 20:14h
Las industrias culturales de textos digitales –“texto” entendido en sentido semiótico– no permiten legar a los descendientes las canciones y los libros adquiridos por sus clientes. Éstos pertenecen sólo a la cuenta del usuario…mientras esté dada de alta. Ya no podemos ser coleccionistas con miras a dejar el fruto de nuestros desvelos a nuestros hijos: en esta sociedad tecnológica somos meros usuarios de un servicio. Esto significa, simple y llanamente, que el canon personal de un usuario atesorado a lo largo de años de paciente selección en las tiendas on line de Apple y Amazon… muere con él.

En una de las jugosas conversaciones que Gore Vidal mantuvo a lo largo de varios años con Robert J. Stanton, el autor de Creación, recientemente fallecido, enunciaba al periodista de una manera coloquial uno de los principios básicos de la teoría de la recepción: “Averigüe qué películas ha visto un hombre entre los diez y los quince años, cuáles le gustaron, cuáles le disgustaron, y tendrá una idea bastante precisa de la mentalidad y el temperamento que tiene”. En idéntico sentido fue Gregorio Marañón quien señaló que la mejor manera de conocer a un hombre era accediendo a su biblioteca. Ni Vidal ni Marañón podían prever qué punto de disparate alcanzarían las condiciones de las transmisiones del canon cultural personal. Y que el usuario ya no iba a poder adquirir el texto, incorporarlo a su ámbito familiar ni transmitir así a sus descendientes esa forma única de ver la vida que es el filtrado de la realidad a través del gusto personal, del contacto con las obras digitales. Hubieran pensado que esa idea atroz y distópica se había escapado de una novela de Orwell o de Huxley: “su fonoteca o biblioteca desaparecerán cuando vd. muera”. Porque hoy lo que uno compra es el derecho a usarlo y no el texto digital en sí: no lo puede ni revender, alquilar, distribuir, emitir, otorgar ni asignar a terceros. Adiós al Rastro, a los mercadillos, a la librería de viejo, a los salones del disco y el coleccionismo, al objeto diferente con su tacto y su diversidad material y multicolor: la era digital de los grandes conglomerados lleva varios años formando parte de nuestro paisaje vital y trae el mismo soporte para todo y para todos, en un proceso de homogeneización que da un poco de miedo basado exclusivamente en las condiciones contractuales de la prestación de servicio, una concepción del consumo de la cultura ajena a como se ha entendido en el viejo continente. El canon no está físicamente en el domicilio, en el hogar, sino en un servidor corporativo. Está en “la nube”, es inmaterial e intransferible, desde un ejemplar digital del Quijote con ilustraciones de William Hogarth a los conciertos para piano de Beethoven interpretados por Maurizio Pollini con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Claudio Abbado.

Pero la cosa no acaba ahí. Las empresas de contenidos culturales digitales se arrogan el derecho a entrar en los dispositivos del cliente sin su permiso y si han decidido retirar un texto por las razones que sean, lo harán, restituyéndole –eso sí– el importe; todo muy “legal”... hasta cierto punto. Sí, la violación de la propiedad privada, del canon intangible, de la historia de nuestra vida, con todas las bendiciones de las grandes corporaciones. Entonces, la canonización, que no es otra cosa que un proceso de elección de textos único e irrepetible, se convierte en una broma, en un servicio tal y como puede ser la descarga de un programa en el teléfono móvil. Y, como dijo Ortega en su conferencia del Cinema de la Ópera de Madrid el 6 de diciembre de 1931, refiriéndose a la deriva política: “No es eso, no es eso”. Sí, estaríamos ante un canon aparentemente abierto y en realidad cerrado y circunscrito a la jurisdicción contractual cerrada y generada a golpe de un clic –esa letra pequeña que nadie es capaz de leer–. Y, como indicaba Wolfgang Iser en Rutas de la interpretación, un canon no sólo es una guía para uno mismo, sino sobre todo para los demás: siempre se debería sospechar de quienes jamás nos recomienden nada. La significación profunda del texto canónico va más allá de una mera descarga legal: conlleva una autoridad, un análisis final, la lectura específica que se le da, lo que otros pueden aprender de su elección por parte de quienes nos precedieron y cuya opinión estimamos. Porque el ámbito emocional y vivencial en el que nos movemos la mayor del tiempo es –de nuevo en palabras de Iser– ese espacio inerradicable entre el canon y su interpretación, nuestro gusto y nuestras afinidades, y la necesidad natural de convertirlo en guía para la comunidad. Si nos gusta un texto y si nos ha transformado, trataremos de contagiar ese entusiasmo al otro, pues “todo acto de interpretación crea un espacio liminal entre el tema por interpretar y su traducción a un registro diferente”, es decir, entre su asimilación del texto y su comunicación a los demás, un espacio conectivo con vocación de permanencia y de resistencia del paso del tiempo que va más allá de las barreras legales. El reflujo continuo de textualidad intangible que conserva la sabiduría acumulada de generaciones se ve, pues, amenazado por la aplicación de políticas comerciales propias del software: el canon convertido en una tienda virtual.

Se preguntarán si eso de los “ladrones” digitales del canon no es un farol de quien esto escribe. Amazon se coló en junio de 2009 en las bibliotecas de sus clientes… ¡precisamente para retirar los orwellianos 1984 y Rebelión en la granja! Arguyó que una editorial que no había adquirido sus derechos los había publicado por error en los EE.UU. Claro que, tratándose de Orwell, sólo faltaba levantar sospechas de que los textos leídos y escuchados durarán tan solo lo que dure su contrato vitalicio, es decir, lo que su cuerpo aguante en este mundo feliz. A algunos, a fuer de escandalizar al converso 100% digital, nos sigue gustando escuchar la imperfección del crujido de la aguja sobre los arañazos el disco de vinilo cuando gira o dejarnos llevar por el olor acre que emana de las páginas de un viejo libro, aunque también seamos usuarios de dispositivos digitales. Qué se le va a hacer, cosas de gente romántica y trasnochada… que probablemente podremos dejar el canon de nuestra memoria textual –el mapa intelectual y emocional de lo que fuimos, nuestra manera única de interpretar el mundo y su plétora de significados– a nuestros hijos.
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