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Algo huele a podrido en Venezuela

jueves 11 de octubre de 2012, 20:37h
Ya lo dijo Edmund Burke: “Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada”. En Venezuela, el 45 por ciento de sus electores lo han intentado, pero han sido menos que el restante 55 por ciento. Gracias a ello, Chávez seguirá llenado de inmundicia su propio país durante seis años más y, de paso, emponzoñando la convivencia internacional. No me merece ningún crédito un resultado electoral viciado de antemano.

Es muy duro ser crítico con Chávez en Venezuela. Quien así lo hace suele pagarlo con la cárcel, el exilio o incluso su vida. Tampoco es fácil concurrir a las urnas en condiciones leoninas: en televisión, Chávez intervenía cuándo y cómo quería; Capriles apenas tenía derecho a tres minutos diarios. Si añadimos la estrategia de culto mesiánico al líder y la campaña de desprestigio hacia la oposición orquestada el más puro estilo Goebbels por los medios chavistas -por lo demás, casi todos; les va la vida en ello-, el resultado es el que es.

Hay quien le ríe las gracias. Es lo que tienen los tiranos de izquierda: algunos poseen un punto bufo que les hace simpáticos a ojos de los simples. Sin embargo, la realidad de Venezuela no es cosa de risa. Los servicios públicos y las infraestructuras tienen un funcionamiento cada vez peor, “gracias” al régimen. Ser chavista facilita enormemente el acceso a puestos, prebendas o subvenciones que la maquinaria oficial otorga a discreción. Los mejores, los más capaces, o están en segundo plano o, directamente, han tenido que abandonar el país. Un país con unos niveles de corrupción realmente escandalosos. Se da la circunstancia de que fue precisamente eso, el comportamiento corrupto de los partidos tradicionales lo que aupó en su momento a Chávez al poder; eso conviene recordarlo. Al igual que el apoyo popular con que cuenta. Fraudes y clientelismos aparte, es indudable que el personaje tiene su público. Si hubiese una democracia real, sin coacciones, sin apaños de circunscripciones electorales y con libertad, probablemente las urnas habrían dicho otra cosa. Pero no ha sido así.

El venezolano de a pie vive cada día peor. Cortes de suministro energético, sanidad y educación públicas infestadas de parásitos cubanos -supuestos médicos y maestros que en realidad son agentes políticos al servicio de La Habana- y una inseguridad galopante: Caracas, por ejemplo, es hoy una de las tres ciudades más peligrosas del mundo. Por contra, terroristas islámicos de Hizbolá y Hamas, miembros de ETA o “hermanos” -así los tildó el propio Chávez- de las FARC han encontrado en Venezuela un auténtico santuario. De la ubre del petróleo maman, además, paniaguados como Evo Morales, Cristina Fernández de Kirchner, Daniel Ortega o Raúl Castro. Obviamente, a ninguno de estos “finos estadistas” le interesaba perder a la gallina de los huevos de oro; de ahí su apoyo al caudillo bolivariano. Pero al menos, ahora hay un cierto germen cívico que parece haber despertado. Gente que ha entendido que quien no lucha por su libertad no la merece y se ha echado a las calles a pedir que se acabe la podredumbre moral. Hay, en suma, una oposición que por primera vez ha mostrado que está ahí. Les queda lo más duro, seis años de travesía en el desierto. Pero el resultado de una Venezuela sin chavismo bien merece la pena.
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