RESEÑA
Juan Arnau: El cristal Spinoza
domingo 14 de octubre de 2012, 01:05h
Juan Arnau: El cristal Spinoza. Pre-Textos. Valencia, 2012. 292 páginas. 20 €
Esta ficción filosófica recrea con límpida frescura la vida del filósofo sefardí holandés Spinoza y expone con atemperada prosa su original pensamiento, desarrollado gracias a la mediana tolerancia de ideas heterodoxas que respiraron los Países Bajos en la mitad del siglo XVII pero, sobre todo, a la clemente y serena posición del filósofo. La rememoración pensativa del texto no arrincona en momento alguno lo sensitivo, armonizado con mimo y gusto a partes iguales.
De la mano del “sempiterno viajero” Jan van der Spyck, el lector seguirá el rastro del filósofo de la cautela que progresó en el conocimiento de la verdad con “ardiente afán”. La historia de Bento, Baruj o Benedictus, que a esos nombres respondía Spinoza según el idioma elegido, será trazada, incluso a través del tiempo, mediante cortos capítulos de aquilatado bagaje. De tal manera, entre los enriquecedores diálogos de los personajes tienen cabida finos apuntes históricos así como breves, delicadas y bellas descripciones paisajísticas tendentes al pensamiento que ambientan a la perfección y predisponen lo sensorial a lo pensativo y viceversa para sintonizar con la sabiduría vitalista de Spinoza.
El pensador holandés se ganó la vida con el oficio de pulimentar lentes para instrumentos ópticos, oficio con el que también cosechó renombre internacional. Para el intelectual: “Lente es todo aquello que concentra o dispersa la luz. Cualquier objeto puede cumplir esa función, el mar, una estrella, una persona, la piel del limón, pero estos cristales se pueden moldear a nuestro antojo”. En cualquier caso, Spinoza entendía la filosofía como una sana costumbre, como un hábito y no como una creencia. Pensar era para ese hombre preclaro una necesidad, nunca un deseo, de ahí su ambicioso plan de “labrar un arduo cristal, el infinito”. Quien fuera auténtico confidente de la naturaleza, Deus sive Natura, entenderá que “la filosofía se hace cristal y con ella el mundo, en su infinita complejidad, adquiere una hermosa geometría”. De allí proviene la búsqueda de una teoría de la luz que le permita entender la extraña geometría del cosmos. “La vida filosófica consiste en la creación de cristales. Los cristales se forman en soledad, pero pronto se adhieren a ellos otros, formando agregados de cristales cuya compenetración impide el crecimiento irregular que acabaría por destruirlos. He ahí la amistad”. De donde se deriva la concepción del amor intelectual eterno en la Ética de Spinoza pues “mediante ese afecto, los seres, ahora cristales, aprenden a reconocerse en el eterno cristal del infinito”.
El libro se beneficia de la curiosa personalidad de Juan Arnau, profundo conocedor del budismo con notables ensayos y traductor del monje N?g?rjuna, aquel de la vía media (madhyamaka), una de las variantes destacadas del budismo con su doctrina del vacío dulcificada mediante la compasión. La búsqueda del método de Spinoza, de su cristal a través del cual contemplar y examinar la realidad, traza con garantías la etopeya del filósofo vitalista con la que podremos llegar a entender aquel grito bravucón de Hegel: “O Spinoza o ninguna filosofía”. En suma, El cristal Spinoza a este cronista le resulta un dulce y amable viático frente al dolor de las tardes de otoño, prólogo necesario y puente hacia el blanco y luminoso invierno que a lo lejos ya nos aguarda.
Por Francisco Estévez