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Tribuna

Clase política, democracia y eficacia

domingo 14 de octubre de 2012, 10:54h
José Eugenio Soriano, catedrático de Derecho Administrativo, afirma que, "hoy por hoy, en todo el mundo, existe un grave problema de calidad de la democracia".
He tenido ocasión de leer un texto interesante de dos profesores norteamericanos, de Harvard y M.I.T, sobre clase política y naciones perdedoras o ganadoras. El libro en cuestión DARON ACEMOGLU AND JAMES ROBINSON Why Nations Fail nos pone delante de una cuestión que también aquí en España estamos planteándonos, a saber, qué es la clase política, cómo funciona, cómo sirve a la sociedad y cómo, también, puede extraer recursos de la sociedad.

Porque los autores, quizás discutiblemente, vienen a decir que no es la religión, ni el clima, ni la cultura ni la tradición ni la historia, ni siquiera el azar bélico, las que configuran la riqueza y la pobreza de las Naciones. No. Para estos autores, es el par de conceptos “inclusivo versus extractivo” el que determina la prosperidad o la pérdida de riqueza entre las Naciones.

Ciertamente, creo yo, los demás factores cuentan también. Los trabajos de Max Weber, por ejemplo, sobre el desempeño del protestantismo como motor de la economía no son baladíes. También lo son los factores geográficos: por mucho que se quiera en el desierto no es fácil trabajar, aunque no deja de ser verdad también que los israelitas han logrado las mejores cosechas con la fuerza de la imaginación y el esfuerzo, inventando el “gota a gota” y teniendo la mejor escuela en el mundo de ingeniería agraria.

Pero a lo que vamos ahora y más nos interesa: hablemos de la clase política y de su carácter o no extractivo de riqueza en la sociedad.

Ciertamente, resulta preocupante una descalificación global y sin límites de la denominada clase política, porque se incurre en el riesgo de caer en el fascismo o en el comunismo autoritario. Pero no cabe duda de que hoy por hoy, en todo el mundo, existe un grave problema de calidad de la democracia, como, por ejemplo, demuestra desde la izquierda laborista Helena Ann Kennedy, Baroness Kennedy of The Shaws, llamando la atención, democráticamente, sobre la necesidad de realizar mayores esfuerzos para aumentar la publicidad, transparencia y competencia — tanto en aptitud como en concurrencia — a la hora de seleccionar a la clase política.

Porque en el libro que comentamos se muestra y quizás se demuestra también, que la clase política extractiva que parasita la democracia dentro de un juego meramente prebendalista en que unos y otros se entregan a un juego mutuo de favores a costa de los ciudadanos, incluso aunque sea para favorecer a ciudadanos concretos pero haciéndolo a costa de la ley, supone generar una política intrusiva sobre la sociedad a la que dicen servir y que, realmente, resulta muy dañada con tales políticas. Políticas éstas que, continuadas, suponen al final una continua detracción de recursos y un esquilmar la sociedad sin realizar ninguna contribución neta a la misma, de forma tal que la tasa social de beneficios es nula en cuanto a la aportación de la clase política hace.

Mucho tiene que ver esta situación con el régimen de los partidos políticos. Estos se convierten en agencias de colocación de sus propios asociados, copando puestos a título de meras prebendas y teniendo en cuenta solamente su propio interés personal y partidista. Igualmente, el político que para mantenerse en el poder, inclusive sin corrupción, realiza la pequeña corruptela de proceder siempre a quebrar “un poquito” la ley para favorecer a sus electores (típicamente en el ámbito local). O el mantenimiento de órganos que realmente sobran y generan duplicidades perfectamente asumibles por los órganos tradicionales; la acusación de “neocentralismo” me parece simplemente una excusa para no cambiar las cosas.

La clase política no puede convertirse en una casta.

Sabemos que la democracia no tiene alternativas. Por ello, los gestores de la democracia pueden caer en la tentación, y caen, de mantener situaciones en las que el despilfarro o simplemente el abuso, sean prácticas corrientes.

La transparencia es capital. Así, saber lo que ganan, por ejemplo, los asesores, los consejeros de tantos y tantos órganos, en fin, todos los que de una u otra manera constituyen parte de una casta, tienen que ofrecerse para el debate público. Ningún miedo debería haber de conocer cuantos y cuantos cargos, sus curriculums, su “modus vivendi”. Esa transparencia es también parte de la Democracia, enmarcada dentro del Estado de Derecho. Y desde luego, es no es en modo alguno demagogia, sino simplemente, control público sobre la gestión pública.

En fin, una clase política extractiva, daña definitivamente a una sociedad. No basta con ideología, voluntad y estrategia. Hay que hacer los números, disponer de información, que es la fuente de conocimiento. A partir de ahí, hacer crítica, mantener a los órganos que sean necesarios en su verdadero cometido, en su función genuina. Y adelgazarlos o eventualmente suprimirlos. Todo ello es necesario para lograr que la crisis no nos devore, incluido la gravedad de que nos devore institucionalmente y de al traste con todo nuestro país.
Lograr así una clase política servicial e inclusiva no extractiva, parece hoy una exigencia fundamental. Y continuar lo contrario, es un crimen, que hoy cometen algunos contra la sociedad y que puede acabar incluso con la democracia misma.
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