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CRÍTICA

Mo Yan: Rana

domingo 14 de octubre de 2012, 17:58h
Mo Yan: Rana. Traducido del chino por Yifan Li. Editado por Cora Tiedra. Kailas. Madrid, 2011. 400 páginas. 19,90 €
Los pronósticos que auguraban que este año el Nobel de Literatura recaería en un autor oriental han acertado. Si bien parece ser que el japonés Haruki Murakami tenía más papeletas, ha sido finalmente el chino Mo Yan quien se ha alzado con el preciado galardón. Y fue otro gran escritor asiático, el también Premio Nobel Kenzaburo Oé, quien había señalado: “Si pudiera escoger al próximo Premio Nobel sería Mo Yan”.

Aunque hoy la vida de Mo Yan transcurre por caminos intelectuales, dedicado a la escritura y a impartir clases en el Departamento de Literatura de la Academia Cultural del Ejército, no siempre fue así. Nacido en 1955 en Gaomi, aldea de la provincia rural de Shandong –mundo rural del que precisamente se nutre su universo literario-, en el seno de una familia campesina, tuvo que abandonar la escuela durante la siniestra Revolución Cultural maoísta para trabajar en el campo y cuidar ganado, y luego en un fábrica hasta que, sobre todo por motivos de supervivencia, como él mismo ha declarado, se enroló en el Ejército Popular de Liberación y empezó a escribir cuando todavía era soldado. La adaptación a la gran pantalla de su novela La familia, con el título de Sorgo rojo, por parte del cineasta Zhang Yimou, que obtuvo el Oso de Oro del Festival de Berlín en 1988, le proporcionó una cierta notoriedad en Occidente. En España, la editorial El Aleph publicó en 2002 Sorgo rojo, y Seix Barral ha conseguido en la Feria del Libro de Fráncfort, celebrada estos días, los derechos de su último libro: Change, una nouvelle autobiográfica. Hasta ahora, no obstante, ha sido Kailas, el sello que ha dado a la luz casi toda la producción de Mo Yan: Grandes pechos, amplias caderas(2007), Las baladas del ajo (2008), La vida y la muerte me están desgastando (2010), La república del vino (2010), los relatos de Shifu, harías cualquier cosa por divertirte(2011) y la novela Rana (2011).

Rana es, pues, la última obra narrativa de Mo Yan aparecida en España y la primera que se traduce directamente del chino. Entre las simbologías que este anfibio comparte en diferentes culturas destaca su relación con la fecundidad –posee una enorme capacidad reproductiva-, siendo un símbolo casi universal de la fertilidad, encarnando el impulso de la vida. Y este es el primer sentido que adquiere en la novela que comentamos. En ella, nos acercamos al personaje de Wan Xin, querida y muy hábil ginecóloga y matrona que trajo al mundo a cientos y cientos de niños en la región de Dongbiexiang. Su historia se nos cuenta a través de su sobrino, Wan Zu, que desea ser dramaturgo –la obra se cierra incluyendo la obra de teatro que ha escrito sobre su tía-, y escribe varias cartas a Sugitani Gijin, un profesor japonés de literatura que visitó su pueblo para dar una conferencia titulada “La literatura y la vida”. Wan Xin desplaza a las llamadas “abuelitas”, que, sin ninguna preparación, ayudaban en los alumbramientos poniendo en peligro la vida de las parturientas. Wan Xin posee un don especial con unas manos que son “una combinación de suavidad y frescor” y desprenden “un frío envuelto en un calor suave, como la seda, o mejor aún, como el jade”. Vive feliz con su profesión, que para ella es más que eso, hasta que se afilia al Partido Comunista. Su militancia provoca que se vea impelida a seguir la política del hijo único, por la que tiene incluso que provocar abortos, pasando de ayudante de la vida a dispensadora de muerte.

El dolor por sus acciones se apoderan de ella y queda marcada por el sentimiento de culpa, y en ese momento es cercada, simbólocamente, por las “moscas”: “En aquel entonces yo era una bodhisattava en vida, una diosa de la natalidad. Era una figura aromática, las mariposas me rodeaban y las abejas se me acercaban. Pero ahora soy una mujer asquerosa y las putas moscas me persiguen.” Guiño al famoso drama sartriano Las moscas, donde estos insectos atormentan a los personajes invadidos por los remordimientos de sus crímenes, pieza teatral de la que su sobrino Wan Zu, narrador de la historia, se declara expresamente admirador, y que da cuenta de cómo Mo Yan bebe de las fuentes occidentales, destacando García Márquez, Kafka o Faulkner, de cuya novela Luz de agosto resuenan especiales ecos en Shangguan Lu, protagonista de Grandes pechos, amplias caderas, una mujer fuerte revestida de un espíritu de resistencia muy apegado al hecho de dar vida. Unas fuentes occidentales que combina sabiamente con su propia tradición.

Pero la “rana” desempeña también otra función. No por azar el narrador ha elegido “Renacuajo” como nombre artístico: “Escribir con calma, igual que una rana cuando espera tranquilamente a los insectos sobre la flor de loto. Una vez decidido, me pondré en marcha al instante, igual que una rana cuando salta a capturar insectos”. Lo que está muy en consonancia con que la rana se considere también un animal simbólico de gran adaptación al medio. En estos días algunas voces se han alzado para recriminar a Mo Yan su tibieza en la condena del régimen chino o el no realizar una literatura directamente combativa.

Su obra, sin embargo, es una denuncia de la opresión del ser humano, del brutal conflicto entre los sentimientos y los impulsos vitales enfrentados a ideologías que favorecen la muerte -así, muchas de las consignas emanadas del comunismo chino en el poder-, como ocurre en Rana y en otras de sus novelas. El verdadero nombre de Mo Yan es Guan Moyen. Tomó el ese seudónimo, que significa “No hables”, siguiendo el consejo de su padre. Un consejo que no ha hecho otra cosa que subvertir a través de su producción. Como bien ha señalado José Pazó en un artículo en este mismo periódico , Mo Yan “habla con la voz de la metáfora y de la alegoría. Y del humor”. Su imagen de China y de las consignas del partido distan mucho de ser complacientes, pese a que haya optado por una postura posibilista.


Por Carmen R. Santos
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