Ascenso y caída de Gao Ping
miércoles 17 de octubre de 2012, 20:10h
Al empresario chino Gao Ping los negocios le iban de maravilla. Probablemente, su vida también. Hasta hace un par de días. Concretamente, hasta que la policía irrumpió este martes en su ostentoso chalet de Somosaguas y un montón de años de cuidadas fotografías junto a personalidades tanto chinas como españolas se borraron de un plumazo, dando paso a una nueva versión del elegante marchante de arte: ojeroso y serio, inmóvil, en silencio, rodeado de los policías que, en su presencia, realizaban el registro del domicilio de escaleras de mármol y brillantes lámparas de araña. Más tarde, la escena se repetía en la galería de arte que Ping abrió junto al Museo Reina Sofía y en los almacenes de su propiedad situados en el polígono industrial de Cobo Calleja, el China Town madrileño, el más grande de Europa.
Durante los traslados, Gao Ping intentó sin demasiado éxito esconder el rostro con unas hojas de papel que bien podían tratarse de las órdenes judiciales que autorizaban los registros que se estaban llevando a cabo. Es muy probable también que Ping echara de menos alguno de esos impecables trajes con los que le hemos visto siempre, porque en las numerosas imágenes de la “Operación Emperador” distribuidas por la policía, el empresario chino luce un arrugado chándal sobre el que lleva una anodina chaqueta beige y, por supuesto, ha perdido toda la prestancia con la que se dejaba entrevistar en los diferentes medios de comunicación que se interesaban por su ascenso económico y social no sólo en nuestro país, sino también en el suyo propio.
Su faceta de hombre apasionado de las obras de arte, su elegancia natural y su don de gentes, le habían convertido en ejemplo de hombre hecho a sí mismo y no tenía reparo en declararlo así en cuanto tenía ocasión. Porque a Gao Ping le gustaba la fama, y esa relación con el mundo del arte le dotaba, por otra parte, de un barniz de honorabilidad que seguramente pensaba que nunca llegaría a tener mientras se le siguiera conociendo como “el rey del todo a cien”, el lucrativo negocio con el que empezó y que seguía llevando a cabo desde sus almacenes del polígono situado al sur de Fuenlabrada. No es, en todo caso, el primer empresario, de cualquier ramo y nacionalidad, que una vez convertido en millonario trata de revestirse de un halo de respetabilidad social que sirva para franquearle las puertas de los eventos celebrados al más alto nivel. Porque, al final, uno puede trabajar mucho o blanquear mucho – todo ello presuntamente – pero si no le invitan a los lugares donde se corta el bacalao, continúa siendo sólo un empresario. ¿Sólo? Como si esto fuera poco, especialmente en tiempos de crisis.
En los casos de quienes, además de la fortuna, aman la discreción, el asunto está felizmente resuelto, pero cuando a una persona no le vale con el afecto de su círculo más próximo y precisa del reconocimiento o de la adulación de todo hijo de vecino, especialmente de vecinos con buenas cuentas corrientes y apellidos de prestigio, toca disfrazarse de mecenas o, al menos, de promotor de la cultura. En realidad, ojalá lo hicieran todos los empresarios, aunque esa es otra cuestión. Porque la de hoy va de esos hombres poderosos que un día, por fin, aunque con toda la presunción del mundo, han de asistir al derrumbe de su negocio y de su persona. ¿De verdad les compensa? ¿Acaso llegan a estar convencidos de que lo que hacen mal lo hacen tan bien que nunca llegará el día de verse esposados mientras la policía pone patas arriba los armarios? ¿Les ciega la abundancia? ¿La sensación de impunidad o de ser más listos que nadie? Puede que, simplemente, ya tengan preparado un mullido colchón.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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