La gresca nacionalista
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 18 de octubre de 2012, 20:00h
Quizás la reivindicación independentista de del nacionalismo catalán tenga una ventaja: la de la claridad. Muchos éramos los que barruntábamos desde hace decenios que tras las apariencias generalmente amables de los “honorables” y sus conmilitones eso era lo que realmente se escondía, pero tras este último 11 de Septiembre y sus derivaciones nadie que esté en sus cabales podrá albergar ninguna duda: quieren separarse de España. Y en el propósito no hay diferencias ni fisuras, trátese de Más o de Durán y Lérida -quien por cierto y hasta la fecha y tras haber sonoramente manifestado su adhesión a la ruptura de la nación española sigue siendo el presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados de España-. Y en consecuencia ya no caben arrumacos tácticos o estratégicos, maniobras envolventes o píos deseos de que la amabilidad –esa que los nacionalistas han venido sistemáticamente echando en falta- pudiera cambiar de raíz la naturaleza de las cosas. Van a lo que van y por descabellado que sea su propósito –y sin duda lo es-están dispuestos a todo para conseguirlo. ¿O es que acaso ese aviso del consejero de interior de la Generalidad de Cataluña, un tal Puig, de que en caso de conflicto los Mossos de Escuadra estarán al servicio del gobierno catalán es el anuncio de una pacifica disensión?
Creen los nacionalistas que caldeando el ambiente ganan puntos para su causa y en ello probablemente se equivoquen. Es ya patente que por diversas causas, que van desde las puramente prácticas hasta las mas desinteresadamente ideológicas, la defensa de la unidad nacional esta cobrando una visibilidad raramente conocida desde hace varios decenios. Muchos fueron los que, sintiéndose muy españoles, abjuraron de las manifestaciones del llamado “nacionalismo español” para intentar convencer a los nacionalistas catalanes –y vascos- de las bondades de permanecer en la casa común. Como si las reivindicaciones secesionistas de unos y de otros se hubieran construido en contra del nacionalismo hispánico. Pero a esos bienintencionados e incluso beneméritos defensores de los valores inclusivos de la Constitución de 1978 hoy les sobra rabia y decepción. Tanto mas cuanto que los nacionalistas, nunca parcos en la invectiva anti española, hoy, ya salidos del armario, dedican lo mas florido de su catálogo de insultos –eso si, en castellano, para que se entienda bien- contra España y contra los que aprecian su pertenencia a ese nombre. El resultado, lo estamos viendo ya diariamente, generaliza una gresca que inevitablemente acaba por asustar al personal mas tibio, que como bien se sabe conforma la mayoría del paisanaje, forzosamente inclinado a retraerse anta aquellos que les pronostican todo tipo de males terrenales e incluso infernales si Cataluña no es reconocida como un Estado independiente.
Los nacionalistas catalanes –y en su momento les seguirán los vascos, hoy simplemente refugiados tras los desmesurados beneficios del concierto económico por razones puramente coyunturales- quieren arrastrarnos al precipicio y pueden conseguirlo si por parte de la respetable nación española, que naturalmente incluye a los catalanes, y de sus instituciones representativas no se siguen una serie de normas elementales de comportamiento. La primera y fundamental: mantener la calma. Al insulto debe responderse con la razón, a la mentira con la verdad, a la deformación de los hechos con la Historia. La segunda: reafirmar con toda la contundencia posible la voluntad de defender hasta sus últimas consecuencias el contenido y el alcance del artículo segundo de la Constitución, aquel que consagra el carácter de España como “patria común e indivisible de todos los españoles”. La tercera e inmediata: aplicar la Constitución y las leyes con todas sus consecuencias en el territorio y con los habitantes que los nacionalistas catalanes querrían hacerse rebelar a favor de su causa. Parece esta recomendación una inútil obviedad pero no lo es: de los polvos de los Gobiernos españoles que no quisieron aplicar toda la legalidad nacional en Cataluña –o en el País Vasco-por razones circunstanciales derivadas de conveniencias y pactos partidistas circunstanciales vienen hoy estos lodos. La quinta, y no por menos elemental mas olvidada, la puesta en práctica de una activa y dedicada pedagogía que enseñe a catalanes, vascos y españoles en general las ventajas y virtudes de permanecer unidos en el conjunto de una nación cuyos logros históricos y comunitarios justifican ampliamente el orgullo y las ventajas de la pertenencia. La sexta y por el momento última: esta no es una pendencia contra Cataluña sino contra los nacionalistas catalanes –y en general en contra de todos aquellos que quieren romper la unidad nacional-. Identificar Cataluña con el nacionalismo catalán seria el gran éxito de los que hoy rigen en el Palacio de San Jorge y el peor de los errores a cometer por parte de los que creen que el mantenimiento de España en sus actuales confines territoriales y legales se encuentra la mejor garantía para nuestra libertad y para nuestra diversidad.
Los nacionalistas catalanes no cejarán en su empeño. Pudieran modular sus iniciales entusiasmos si llegan a comprender que el camino hacia la independencia no es fácil ni viable, y seguramente en ese camino del tactismo marrullero las veremos de todos los colores, pero ya no cabe el engaño y aquel que por ceguera o acomodo quisiera caer en el no tendría ya excusa ni pretexto. Y el común del personal, agobiado por la inmediatez de una crisis económica que parece no tener fin, puede darse al abandono –que se vayan de una vez-, al sarcasmo cínico -¿otra vez con la misma canción?- o a la melancolía .que le vamos a hacer, las cosas ya no tienen remedio-. Corresponde a los poderes públicos la defensa sin matices de la nación española y la invitación a que todo ciudadano consciente así lo haga. Porque, al final de esta triste peripecia, nadie querría pasar a la Historia como aquel bajo cuyo mandato se perpetró lo inimaginable: la desaparición de España.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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