El lehendakari en el Tibet
martes 22 de abril de 2008, 23:28h
Ha dicho Ibarreche que le tiene mucho respeto a España, y que eso precisamente es lo que pide para Euskadi. A partir de ahí, “diálogo”. Hace suyas unas palabras del Dalai Lama, en las que manifestaba su respeto a China, exigiendo reciprocidad en este sentido para con el pueblo tibetano. Concluye el preclaro político vasco formulándose una pregunta retórica: desconoce porqué China y España “le tienen tanto miedo a dos países tan pequeños como Euskadi y el Tibet”.
Si no fuera porque las citadas afirmaciones han sido verificadas y, por tanto, son incontrovertibles, tal disparate podía haber sido firmado por el mismísimo Inonesco, maestro francés del teatro del absurdo. En España coexisten todo tipo de formaciones políticas, y cada una de ellas elabora sus propuestas según su leal saber y entender. Los dos grandes partidos, PSOE y PP, están a años luz de distancia en determinadas cuestiones, y sus propuestas serán discutibles, pero al menos suelen ir acompañadas de cierto sustrato intelectual. Por el lado nacionalista, su contribución a la vida política parece adentarrse en el terreno del esperpento. El Bloque Nacionalista Gallego se opone a condenar el Holocausto y pide que las lápidas de los cementerios estén en gallego. La Chunta Aragonesista solicita ponerle a una calle el nombre de “Chiki Chiki”. Artur Mas, desde Cataluña, conmina al Tribunal Constitucional a que “se ahorre la sentencia” sobre el “Estatut” (¡!). Y ahora, Ibarreche se descuelga con lo del Tibet y la comparación entre España y China.
Quizá alguien debería señalarle al señor Ibarreche el artículo de la Constitución que residencia la soberanía en el conjunto de los ciudadanos españoles y, en consecuencia, las tres provincias vascas son parte indisoluble de la unidad de España, y que por tanto, respetarla es respetarse a sí mismo. China es un país donde gobierna un régimen totalitario, que invadió el Tibet y conculca a diario las libertades y derechos más elementales. España, en cambio, es una nación soberana y democrática, donde los últimos resquicios de totalitarismo se halla en los pagos gobernados por Ibarreche, donde a los niños se les impone el euskera, y donde toda la oposición ha de ir con escolta si no quiere que algún “nacionalista” (ETA lo es) le pegue un tiro.