El mensaje profético de Fátima continúa vivo
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 19 de octubre de 2012, 19:59h
El Purgatorio, la Confesión y el Papa son quizás las señas de identidad más emblemáticas y características del catolicismo frente a otros movimientos cristianos, cuales son los que salieron de la Reforma. Hoy la Virgen, Nuestra Madre, La Señora, es el tema sobre el que vamos a hablar a propósito de un buen libro.
El culto a María (hiperdulía) es, en cierto sentido, y como decía Chesterton, un culto personal, alrededor del cual siempre debe existir la adoración a un Dios personal.
Dios es Dios, el hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. La Madre de Dios está relacionada con un especial sentido con las cosas visibles, porque ella pertenece a esta tierra y Dios fue revelado a los sentidos humanos a través de su ser carnal. En la presencia de Dios debemos recordar todo lo que es invisible, incluso en el sentido de lo puramente intelectual; las abstracciones y las leyes absolutas del pensamiento: el amor a la verdad y el respeto por la razón recta y la lógica de las cosas, que Dios mismo ha respetado. Porque, como insiste en decir Santo Tomás de Aquino, Dios mismo no contradice el principio de no contradicción. Pero Nuestra Señora, al recordarnos especialmente al Dios encarnado, encarna de alguna manera – ahí están los Milagros de Nuestra Señora de Berceo, con los que dio los primeros balbuceos el español, para confirmarlo – todos esos elementos del corazón y de los instintos más elevados que son legítimos atajos en el camino hacia el amor a Dios.
El libro que presentamos en estas páginas, El mensaje profético de Fátima continúa vivo ( El secreto de Fátima), constituye, sin duda, la obra más importante que se ha escrito en torno al fenómeno de Fátima y al desarrollo histórico del mismo. No ciertamente como corpus teológico mariano en torno a los mensajes fatimitas, sino como detallado documento histórico de las apariciones de Fátima y de la historia del santuario junto con la doctrina mariana que poco a poco ha ido elaborando la Iglesia, especialmente los Papas, sobre dichas apariciones. Ningún futuro historiador que quiera investigar sobre estos temas puede soslayar este magnífico trabajo del españolísimo catalán Jaime Vilalta Berbel, que ha consagrado cuarenta años de su vida en el estudio y la investigación sistemática de estos temas.
Alguien podría decir que su investigación podría adolecer de la metodología científica del mundo académico, y que en ocasiones no se atiene a las reglas y método de trabajo de la buena historiografía, que el autor es un outsider del academicismo histórico, que es un historiador amateur de la Iglesia, pero esto, lejos de ser un inconveniente, un óbice para la degustación de este precioso libro, es un grandioso reclamo que nos garantiza el goce de la lectura de textos sabrosos y brillantes, y que jamás la lectura nos va a conducir a un tedio plúmbeo, calepínico, antesala de la caída en los brazos de Morfeo. Lejos de eso, el libro, a pesar de sus casi 400 páginas, invita a leerse de un tirón, pues el eterno misterio de Fátima se desenvuelve en una historia siempre chispeante.
El libro, entre otros grandes aciertos, va discurriendo sobre dos grandes historias paralelas; una de ellas es la vida, singularísima por la gracia divina, de los tres videntes, Francisco, Jacinta y Lucia sobre todo, naturalmente, por la larga vida de esta última que, al fin y al cabo, es la que deja por escrito el mensaje profético y su secreto inherente. Especialmente conmovedores son en esta línea paralela los pasajes dolorosos que describen la agonía heroica y sublimada de los santos pastorcitos Francisco y Jacinta, que alcanzaron con la oración perseverante esa teología mística de la que hablaba nuestra Santa Teresa de Jesús, que recordaba la Iglesia este lunes, y mediante la cual apartaban esas mariposas perturbadoras de la vida, de las que la misma Santa de Ávila hablaba. Jacinta, como nuestra Teresa de Cepeda, entró en éxtasis a los nueve años y llegó a ver al Papa en gran sufrimiento.
Y la otra línea paralela es la relación histórica de la Iglesia con el fenómeno fatimita, destacando, especialmente, la relación papal con Fátima, en cuanto que Fátima y el Papado tienen una relación hipostática desde Pío XI, y quizás antes, desde Benedicto XV, con su presentimiento de que los niños son el mejor instrumento para impetrar la ayuda de los cielos, aunque también se incorporan otros grandes líderes eclesiales, como algunos cardenales, obispos, o fundadores y guías de distintos carismas y movimientos de la Iglesia. Ambos ríos paralelos narrativos, con frecuencia tempestuosos y apasionantes, tienen como fondo constante la Historia de Portugal, la Historia de Europa y la Historia del Mundo, cuyos hechos parecen movidos por los mismos hilos, desde las bombas que los masones portugueses pusieron en la Capilla de las Apariciones, y que milagrosamente no estalló la que se encontraba junto a los restos de la bendita encina de las Apariciones, como la Tercera Guerra Mundial que milagrosamente tampoco estalló, en un paisaje fungoso de bombas nucleares como champiñones.
Buen momento este, Año de la Fe y Cincuentenario del Concilio Vaticano II, para leer este libro sobre la Virgen de Fátima, a quien la Iglesia postconciliar ha llegado a calificar como Corredentora en nuestra salvación.
Fátima, Altar del Mundo, es el reino transcendente de una Señora de túnica azul celeste festoneada con hilo de oro bajo la corona dorada de Reina del Cielo. Señora la más bella de Portugal, que con sus manitas juntas en posición de rezo, enlazadas o atadas por el Rosario, nos recuerda la actitud y postura milenarias del rezo de los barbados sacerdotes elamitas, que sobreviven en el Museo de Pérgamo, en Berlín, con su falda de ordenados vellones de lana. Cuatro mil años contemplan el gesto y la postura concentrada de la oración. Señora del Cielo, la más bella portuguesa, tus delicados hombros de princesa celícola se presienten bajo tu manto de azul de pureza clara. Y es que somos muchos los que tiramos de tu manto, para no hundirnos en el pecado del Mundo. Sobre una pilastra que remeda la altura del tronco de la encina sobre la que por primera vez apareciste a los pastorcillos, Lucía, Jacinta y Francisco, nos miras misericordiosa como Madre atenta a las necesidades de sus hijos desorientados, perdidos en la eterna incertidumbre del horizonte construido por los hombres. Algunos peregrinos - ¡todavía! – se ven marchando arrodillados alrededor de tu explanada, haciendo penitencia por los letíferos pecados del Mundo, humanamente inexpiables. Veo los ojos azules de una portuguesiña con las rodillas ensangrentadas. Su mirada angélica nos confirma que si hace penitencia no será precisamente por sus pecados, sino para desagraviar al Cristo irritado y enfadado, representado por la atrevida artista irlandesa Catherine Green, a causa de los graves pecados de muchos hombres, situado en el horrísono edificio de la Iglesia de la Santísima Trinidad.
A través de miles de fieles apasionados avanzas en la noche fría, entre diez mil antorchas que alejan la oscuridad del mundo, nuevo bosque andante de Birnam contra la horrible tiranía del pecado. Avanzas sobre el férvido oleaje de las multitudes, Reina del Cielo, Señora de mi corazón, sublime Dama de mi entrega como miles amoris al amour courtois, rutilante estrella de esperanza en esta negra noche de Hispania, delicada belleza femenina del mundo angélico. Efectivamente Fatima, como invocación mariana, es la figura de la fe, que ella encarna en un ser humano completo. Cuando se piensa en la Iglesia Católica se piensa en ella, y cuando se intenta olvidar a la Iglesia Católica es a ella a quien se intenta olvidar.
Efectivamente, frente a la austera Basílica de Nuestra Señora del Rosario, consagrada el 7 de octubre de 1953, con un estilo neoclásico sobrio que imita por sus pórticos los brazos desplegados de la Plaza de San Pedro, obra del arquitecto holandés Kriechen, se yergue como un eterno monumento al mal gusto la cisterna-auditórium de Alexandros Tombazis ( desde que algunos obispos españoles van a comer a los restaurantes chinos el buen gusto de la Iglesia ya no es seguro ), un feo engendro circular con un diámetro de 125 metros, una especie de gigantesco thólos micénico sin gracia alguna sostenido por dos grandes vigas de 182´5 metros de largas, con una superficie libre de 80 metros, cuya intención pudo ser imitar los Propileos de la Acrópolis de Atenas, pero que su desnuda fealdad sin los frescos de Polignoto las dejan como recios pasillos hacia el búnker de muchas pýlai. Su interior presenta un plano ligeramente inclinado, permitiendo una buena visibilidad del altar a partir de todos los ángulos. De hecho, si no fuera por el magnífico y atrevido Cristo de Catherine Green, todo el mundo diría que esta cisterna es un auditórium con su balconada para la Prensa. Este auditórium se llama la Iglesia de la Santísima Trinidad. No obstante, la relación entre la longitud de las vigas y el diámetro de la cisterna-auditórium responde al numerus aureus de la arquitectura clásica. Algo es algo.
El Cristo de Catherine Green primero nos escandaliza y perturba, luego nos hipnotiza y convence. Es un Cristo enfadado que parece decirnos: “¿Qué más puedo hacer por vosotros para que me atendáis?” desde una cruz cuya madera no toca, que su cuerpo martirizado parece transcender. La justicia de Dios parece irritada. Porque Dios es benévolo, pero también justo. Cristo ennegrecido con la ceniza gris de nuestros pecados, de piernas hinchadas, hematomatadas por las caídas bajo el peso de la cruz. Desesperación contenida de Dios, enfado inquisitivo con altisonante silencio. El Hijo de Dios está enfadado, sí, está enfadado conmigo y con muchos otros. Y apenas su Santísima Madre puede contener su justa cólera. Magnífica y atrevida escultura que te impacta de forma desagradable en un principio, para finalmente cautivarte.
A la izquierda de la entrada “propileica” de la Iglesia de la Santísima Trinidad nos encontramos con un enorme crucificado de estilo que nos recuerda el expresionismo neogótico alemán con maneras de hacer minimalistas. Todo en la figura del crucificado responde a una lacerante interrogación sobre el destino del mundo, y hay quienes relacionan esta obra con el tercer misterio de la Virgen de Fátima.
Pero Fátima corre un cierto peligro de convertirse en un parque temático, como el de Walt Disney, en las cercanías de París junto al Marne. La proliferación de Museos sobre aspectos básicos de la religión católica y sobre las apariciones que se representan en 3D están convirtiendo la tierra en donde puso sus divinas plantas nuestra Señora en domus negotiationis et latronum spelunca. Y con ello se va disolviendo paulatinamente el aroma sencillo y sobrecogedor con el que se transmiten las apariciones y mensajes de la Virgen, además de sentir las almas delicadas un hondo repelús hacia estos montajes que profanan sin duda la radicalidad del mensaje mariano.
La fama mundial de este santuario se fundaba sin duda en la ingenuidad y pureza del entorno sagrado y los actos sencillos que se celebran en él. Su verdad sobresalía sobre otros santuarios por esa ingenuidad y desnudez del misterio. Negociar o traficar en Fátima con el misterio mariano, con su enigma nunca del todo descifrable – es una verdad que nunca está ocupada del todo – es herir sin duda también el corazón inmaculado de María, lo que sin duda supone una paradoja imperdonable.
En estos momentos de tremenda crisis económica y moral en nuestra patria, los que aún conservamos algo de fe debemos girarnos a María y rezar con Ella el Santo Rosario todos los sábados, especialmente los primeros sábados de cada mes. Hoy más que nunca sólo nos queda la confianza en Dios, y como medianera ante el trono divino Aquélla por la que se llamó a España “la tierra de María Santísima”. Invoquémosla, una vez más, pues sólo ella nos puede valer.
Y leamos este magnífico libro de nuestro admirado amigo Jaime Vilalta Berbel, en el que se recoge con brillantez esa prístina sencillez portuguesa en la que brotó el serio mensaje fatimita, que hoy nos sigue apelando con urgencia renovada.
Poco sé, por otra parte, de nuestro querido autor, catalán afincado en Fátima, relacionado con viajes de índole religiosa, hombre bueno, sencillo, con toda seguridad ingenuo, y el más apasionado que conozco por la Virgen de Fátima. Sus muchos años en Portugal le han convertido es una especie de hidalgo de la vieja tradición lusa, a la usanza de los que describía Eça de Queiroz.
Su pasión mariana le ensimisma en ocasiones; y puedes llegar a pensar que no siempre te oye cunado hablas, porque está escuchando otras voces allá en su interior lírico. Hombre bueno y sencillo, aunque jamás ordinario. Cuando lean su libro no van a llegar a él, porque es un sujeto muy periférico de la narración, como buen vasallo de la Virgen, centro solar de la obra y única protagonista de la misma, pero sí a su devoción sincera, no exenta, sin embargo, de ciertos prejuicios ideológicos que la adumbran, y la restan brillantez y fulgor, y que yo humildemente le aconsejaría que los eliminase en futuras ediciones. No empequeñezcamos nuestro amor a la Virgen con la mezquindad de diatribas terrenas.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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