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Resultados dispares

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 22 de octubre de 2012, 19:54h
Las elecciones regionales en el País Vasco y Galicia, con sus resultados tan complejos y dispares, parecen tener solo un rasgo común: el hundimiento del PSOE como partido nacional y como la referencia política fundamental, que ha sido desde la época de la Transición. Nos hallamos ante una más de las consecuencias de los ocho años nefandos de zapaterismo ya que, como algunos hemos repetido insistentemente, la desastrosa y vergonzosa gestión de aquel irresponsable (no ha respondido todavía de ninguna de sus tropelías) no solo dejaba a España en ruinas sino que ponía a su partido en la inaplazable necesidad de refundarse y reformarse in capite et in membris. Lo más notable de aquella desgraciada etapa fue “el silencio de los corderos” de toda la militancia socialista que no solo dejó hacer sino que aplaudía a rabiar los disparates de aquel iluminado personaje, que les ha llevado, que nos ha llevado a todos, hasta esta penosa situación.

Rubalcaba ha sido incapaz de ponerse a la altura de ese reto que, ciertamente, no era fácil y no ha sabido encontrar el papel que debía jugar su partido en una situación de crisis como la que sufre España. Le ha faltado rigor y eso que se suele llamar altura de miras, quizás porque no es la persona adecuada para ello. Sin el mínimo asomo de responsabilidad y de conciencia del momento, ha preferido hacer del PSOE un partido pancartero, dedicado a fomentar cualquier protesta callejera, por estúpida que fuese (del 25 M y los indignados a esos que querían ocupar el Congreso) y ha criticado sin pausa todas las medidas que tomaba el Gobierno que, en buena medida, no eran sino actuaciones de emergencia, trabajos de bombero, para apagar el incendio que ellos mismos provocaron durante el largo mandato socialista. Añadamos a todo eso su turbio maridaje con unos sindicatos deslegitimados, dóciles y silentes, mientras el Gobierno Zapatero llevaba a cabo sus desmanes y multiplicaba las cifras del paro, del déficit y de la deuda, pero que inmediatamente han sacado a la calle a su legión de paniaguados “liberados” a armar follón, en cuanto se constituyó el Gobierno de Rajoy.

Las elecciones del domingo han visualizado este desmantelamiento casi total del PSOE, pero lo cierto es que ese problema existencial y político de los socialistas viene de atrás. Dejemos a un lado el problema general de la izquierda europea, que hace tiempo perdió sus clásicos anclajes, como la lucha de clases, la rancia nacionalización de los medios de producción, la pulsión intervencionista, la fe ciega en el keynesianismo (sin fondos para financiarlo) y, en suma, la incapacidad para crear riqueza. Todo esto ha hecho que la izquierda no sea capaz de afrontar una crisis como la actual pues, como se está comprobando en toda Europa, las recetas de la izquierda no llevan a ningún lado. Pero, además, la izquierda española tiene sus propios problemas que no son solo ideológicos. No hay más que ver el equipo que rodea a Rubalcaba para darse cuenta de que con esos mimbres no hay quien haga un mal cesto.
Las ambigüedades de los socialistas catalanes, contaminados de un nacionalismo que carece de horizontes creíbles, son paralelas del insólito recorrido, tan similar, de sus compañeros vascos que, bajo el patético liderazgo de Patxi López, han echado por tierra la posibilidad de consolidar un polo constitucionalista que resistiese la feroz acometida del abertzalismo. Nunca se liberaron los socialistas vascos de las consecuencias de aquel mal llamado “proceso de paz” –una de las iniciativas más acariciadas del nefasto Zapatero- y nunca se han librado de la tentación de llegar a algún tipo de entendimiento con ETA y su brazo político, arrullados en esa enorme falsedad, convertida en moneda de circulación legal, según la cual ETA estaba ya derrotada. Siempre me chirrió oír tal cosa mientras se veía cómo los proetarras se instalaban en las instituciones. Como hemos dicho aquí alguna vez, los criminales de la banda terrorista han dejado de matar, sin duda gracias a la eficacia policial, pero también porque habían encontrado el medio de alcanzar paulatinamente sus objetivos por procedimientos al final más seguros que la bomba o el tiro en la nuca. Al final se impuso la tesis de Conde Pumpido del “Guantánamo electoral” y con la ayuda de Pascual Sala y sus cuates del Tribunal Constitucional, los etarras pisan alfombra roja en vez de andar lampando por los montes escondiendo armas de zulo en zulo, que al parecen también lo siguen haciendo.

El triunfo brillante y decisivo del PP en Galicia, con Alberto Núñez Feijóo al frente, tiene una clara lectura: Cuando las cosas se hacen bien, los electorados lo entienden. En contra de lo que han dicho algunos medios y sectores de la izquierda (que no podían ocultar su contrariedad por la renovada y aumentada mayoría absoluta del PP) los resultados de Galicia son también un reconocimiento y apoyo indudable para la gestión de la crisis que está llevando a cabo Rajoy y su Gobierno. A diferencia del PSOE, el PP es un partido unido y coherente, sin tentaciones confederales ni federales y Núñez Feijóo no es un “verso suelto” ni alguien que “vaya por libre”. Hace la misma política que el Gobierno de Rajoy y, como empezó antes, sus frutos son ya más evidentes. Maliciosamente desde la izquierda hasta se ha afirmado que habría hecho todo lo posible para distanciarse del PP. Algo que no aguanta el menor análisis si comprobamos la lógica y natural presencia de Rajoy en la campaña, incluido el acto final. Mientras el PSOE se desagrega el PP se mantiene como el único partido nacional. Algo que no es deseable para la estabilidad democrática, especialmente en estos tiempos de desafío separatista en que es más necesario que nunca un bloque constitucional que defienda los valores de la Transición y una idea de España que no es compatible con la tesis plurinacionalistas, soberanistas y separatistas de los nacionalismos periféricos.

Los malos resultados de los partidos constitucionalistas en el País Vasco obligan a una reconsideración de fondo. Al PP le interesa saber las motivaciones de los votantes perdidos e instrumentar los medios para recuperarlos. Pero, al final, hay una causa inicial o remota que no se puede obviar. Como en Cataluña, siguen llegando a la mayoría de edad las generaciones que han sido educadas en el odio a España y a las que se ha enseñado una versión tergiversada y falseada de la historia. Un auténtico crimen que John Elliot acaba de calificar como “terrible”. Se impone una acción valiente y bien planificada para “rehispanizar” (¡cuánta razón tenía Wert) estos territorios españoles que han caído en manos de esa caterva de traidores desvergonzados y miserables que se alegran de los males de España. Una España sin la que no serían nada.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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