El PSOE se descose
martes 23 de octubre de 2012, 00:18h
Alfredo Pérez Rubalcaba tiene motivos para estar preocupado. Y nosotros –que consideramos al PSOE una pieza fundamental en el sistema político español- también. Las elecciones autonómicas vascas y gallegas han supuesto un enorme varapalo para su partido, y las cosas no pintan mucho mejor con vistas a la próxima cita electoral catalana. Curiosamente, tres de las comunidades donde más pujanza tienen los nacionalismos; en el caso de Galicia y Euskadi, además, nacionalismos que han adelantado al PSOE en número de votos, desplazándolo a la tercera posición de sus respectivos arcos parlamentarios autonómicos.
En su momento, José Luis Rodríguez Zapatero apostó fuerte por los nacionalistas como compañeros de viaje en detrimento del que debería ser su socio constituyente natural en materias de estado, el PP. Un error de bulto. El partido socialista es, como su propio nombre indica, un partido internacionalista, que no nacionalista; de ciudadanos, que no de territorios. Una confusión filosófica de tal envergadura se paga. De aquellos polvos vienen ahora estos lodos. Y los que vendrán. En todo este tiempo, Rubalcaba se ha mostrado incapaz de ofrecer una imagen clara y consistente ante el permanente desafío nacionalista. En Galicia se arrimaron tanto a ellos en campaña que casi acaban fagocitados; en Euskadi jugaron a ser “uno de ellos” sin, obviamente, conseguirlo, y ahora en Cataluña pretenden dar una absurda imagen de “equidistancia entre los separadores del PP y los separatistas de CIU” -tales fueron las palabras del líder del PSC, Pere Navarro-.
Acierta un histórico socialista como Juan Fernando López Aguilar cuando afirma que el partido “no ha estado peor en 35 años”. Y aún puede seguir empeorando. No es sólo cuestión de hacer una oposición más o menos dura, sino de dar un mensaje atractivo para el electorado. Y a día de hoy, está bien claro que el mensaje de pancarta y federalismo no cala. Por elevación, el último responsable de todo es Alfredo Pérez Rubalcaba. Y si las próximas elecciones catalanas certifican un nuevo descalabro, tendría que dimitir al punto de conocerse los resultados.