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Contento

Cristobal Villalobos Salas
martes 23 de octubre de 2012, 20:21h
La Merkel se ha convertido, muy a nuestro pesar, en un personaje de esos que marcan una época, de esos que, dentro de unas décadas, identificaremos con los tiempos que hoy estamos viviendo. De la manía, incluso del odio, pasaremos con el paso de los años a cierto recuerdo melancólico, dulcificado por la añoranza de la juventud pasada.

En nuestras portadas la Canciller se carcajea a mandíbula batiente, le ajusta las tuercas a la Europa mediterránea y juega con nuestra deuda sin esbozar ni una tímida muestra de duda. En Atenas se ciscan en sus muertos y los jóvenes la lían entorno a la plaza de Sintagma, desahogando su frustración en una lluvia de cócteles molotov con la que sólo consiguen herir a otros griegos. Tras ellos, la impertérrita e impasible mirada de la guardia de la Tumba del Soldado Desconocido, cuyos bajorrelieves proyectan la figura de un soldado hoplita que se muere y, caído ya, se confunde a lo lejos con la marea de manifestantes.

En Madrid el otoño empieza a tomar su color de gris hastío. Las calles se agitan bajo la banda sonora de un tango triste, que tanto recuerda al Buenos Aires de las cacerolas y los corralitos, y, a ratos, bajo consignas de otros tiempos que sólo reivindican hambre, violencia y cainismo. Se mezcla “La Cumparsita” y “La Internacional” en una ciudad que es todo y nada. Como este país.

Sobre la desesperación de la gente se siembra la cizaña, como tantas veces hemos visto en estas tierras. Políticos irresponsables y kamikazes llaman al enfrentamiento con proclamas autoritarias y antidemocráticas. Todo vale para asegurar la poltrona, cueste lo que cueste. El problema es que, como dijo “Guerrita”, “hay gente pa tó”, y lo mismo a unos cuantos les da por creerse lo que éstos les dicen.

En la Asamblea de Madrid un socialista culpa al partido en el gobierno de ser nietos de criminales, cuando los abuelos malos, buenos y regulares, lo son de todos nosotros. En Barcelona, un consejero pide a los Mossos que se pongan del lado de la Generalidad en un hipotético conflicto con España, suponemos que armado. Están locos estos romanos, que diría Obelix.

Loquillo, un tío feo, fuerte y formal, de casi dos metros de altura y tupé inmortal, saca nuevo disco y dedica una canción a la crisis titulada, “Contento”, como solemne declaración con la que pretende dejar clara sus resistencia ante los agoreros y los apóstoles del desastre, aquellos que pescan cuando el río está revuelto. “Borra, si es que puedes, mi sonrisa de la cara. Prueba, no lo lograrás” le grita a la Merkel, a nuestros políticos, a los radicales. No conseguirán amargarnos.
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